“Golpe y Estado en Venezuela” (Arturo Uslar Pietri)

Esta obra es, quizá, un profundo grito de angustia. O, dado el carácter sereno que se le adjudica a su autor ―si se quiere verificar, se puede tomar en cuenta estas dos biografías: (A) La vigilia del vigía: vida y obra de Arturo Uslar Pietri y (B) Arturo Úslar Pietri: biografía literaria ―, simplemente un intento nostálgico de re-construcción de la historia reciente (siglo XIX y XX) de Venezuela. Algo vital y necesario porque, como el propio autor señala en este libro:

La historiografía venezolana ha sufrido, desde los días mismos de la independencia, de una serie de procesos sucesivos de deformación, interpretación interesada y falta de objetividad que nos han llevado a no poder comprender con aceptable veracidad lo que realmente ha ocurrido en nuestro país, qué sentido ha tenido su proceso histórico, qué lo ha caracterizado y qué ha habido finalmente de acierto y desacierto en él, desde un punto de vista menos restringido y matizado de opiniones individuales en el que hemos tenido hasta ahora.
Literalmente ha sido una historia de negaciones y deformaciones. Sin excluir la etapa de la lucha por la independencia, no existe prácticamente ningún tiempo ni ninguna personalidad importante que haya podido ser apreciada y medida en su verdadera significación. Todas las etapas y los personajes han sufrido este proceso de erosión continua, que procede de la actitud retaliativa con que las facciones triunfantes han considerado las figuras de los periodos inmediatamente anteriores.
Casi siempre han sido los «enemigos», en actitud vengativa, quienes han juzgado las etapas históricas que los han precedido y esta característica no se ha detenido nunca hasta nuestros días, con los más graves daños para el valor formativo que debe tener la historia en la conciencia nacional (pp. 41–42)

Esta labor nostálgica, filosófica hasta cierto punto,[1] sin embargo, no la hace creyendo que luego se dirá de él lo mismo que decía Tomás de Aquino de Aristóteles (magister dixit: «el Maestro lo dijo»), sino que reconoce su propia parcialidad ante ciertos puntos relacionados con su intento de re-construcción. Y esta confesión se podría contar como un verdadero gesto de honestidad a tomar en cuenta, dado que no es algo común en trabajos como éste (ensayísticos):

No voy a analizar los años de gobierno corridos desde la toma violenta del poder en 1945 hasta la pérdida violenta del mismo en 1948, porque estoy demasiado mezclado con esos sucesos para poder opinar sobre ellos con la necesaria imparcialidad. (p. 88)

Aclarado esto, se puede decir que Golpe y Estado en Venezuela, si bien se enfoca principalmente en el antes ―gobiernos de Gómez (pp. 66–72), López Contreras y Medina Angarita (pp. 44–45) e, incluso, el período de independencia venezolano (segundo capítulo del libro)― y el después del golpe del 18 de octubre de 1945 ―es decir, tanto la decadencia posterior al derrocamiento de 1948 y el de 1958 (p. 29) como lo que acaeció el 19 de octubre de 1945 (primer capítulo del libro)―, además del análisis de sus principales dirigentes ―«curriculum vitae» de las influencias ideológicas de los mismos (pp. 54–56) y sobre Rómulo Betancourt (pp. 58–62)― y del propio partido AD ―Acción Democrática (p. 25, 30–31, 63)―, también señala los males generales de los demás gobiernos latinoamericanos ―hay que tener en cuenta, sin embargo, que el libro fue publicado originalmente en 1992, por lo que quizá la apreciación de conjunto de los demás países del continente se pueda considerar algo «desactualizada»―. Respecto a éste último punto, dejó escrito lo siguiente:

Los partidos políticos que, en el último medio siglo, han predominado en el gobierno o en la oposición en la América Latina tienen en común muchos rasgos importantes que se deben, sin duda, a sus comunes fuentes ideológicas. Entre estos rasgos figuran, con categoría de verdaderos dogmas, los siguientes:
a) el ideal político supremo al cual hay que tender es el socialismo;
b) el Estado no sólo debe dirigir la economía sino intervenir directa y predominantemente en todos los procesos económicos;
c) la presencia del capital privado es sólo tolerable dentro de ciertos límites y bajo el control del Estado;
d) el gobierno tiene por fin principal aliviar, por medio de subsidios y dádivas, a la población contra los efectos negativos del libro juego de las fuerzas económicas;
e) la presencia del capital extranjero es peligrosa para la soberanía;
f) la principal función de los gobiernos consiste en mantener su fuerza y su presencia por medio de todas las formas posibles de repartos y clientelismo.
Es así de simple y doloroso el cuadro y por lo mismo resulta tan difícil realizar las enmiendas necesarias porque equivalen casi a una tentativa de cambio de la mentalidad predominante. (pp. 102–103)

Estos puntos (a-f) son los que repite una y otra vez, quizá para hacer mayor énfasis, como las causas de que Venezuela, teniendo tanto potencial, ya en 1992 mostrara los peores signos de decadencia ―entre los que se incluyen, además, lo que denominó profilaxia moral (p. 150)―. Puntos que necesitan tomarse en cuenta para analizar las posibilidades reales de reformas que realmente logren en un cambio y no se queden solamente en el papel: publicadas y archivadas para llenarse de polvo. En esto es bastante claro el propio Pietri:

Los latinoamericanos, tradicionalmente, hemos tenido cierto fetichismo con respecto a las constituciones políticas y hemos incurrido reiteradamente en la falacia de creer que se puede modificar la realidad política de un país por medio de un cambio de normas en la constitución. El mal inveterado de las constituciones latinoamericanas consiste en que nunca se han cumplido por entero, ni de buena fe. Más que leyes fundamentales son proclamaciones de principios, expresiones de un ideal político puestas en el texto constitucional no para ser cumplidas estricta y rigurosamente, sino como un necesario homenaje, casi religioso, a ciertos grandes principios de una democracia ideal. Tal vez hay en ello algún rezago hereditario de la vieja tendencia, tan hispana, al nominalismo, es decir, a tomar el nombre por la cosa y a pensar que basta la proclamación de un principio para modificar una realidad social. (p. 162)

Es decir que, luego de presentar todos los argumentos, todo el análisis re-constructivo de la historia venezolana y de parte de la latinoamericana también, lo que había presentado desde el comienzo (la introducción) como una premisa a tener en cuenta, al terminar de leer la obra es a fines prácticos inevitable invertir su posición, por lo que pasa a ser la conclusión:

Lo que está planteado en Venezuela no es meramente un cambio de gobierno y de rumbo, que se necesita, sino un examen a fondo del concepto mismo del contenido, los objetivos, los medios y el rumbo necesarios para lograr la realización más completa de la Venezuela posible.
Esa Venezuela no puede ser otra que la suma de todas las posibilidades reales que sus recursos humanos y naturales y sus circunstancias geográficas e históricas le permitirían alcanzar a este país en un plazo razonable, si fuera capaz de hacer la revisión y la enmienda a fondo de los errores viejos y nuevos que han llevado al país a su presente estado (p. 18)

[1] Respecto a la relación entre la nostalgia y la filosofía, téngase en cuenta lo que dice José Rafael Herrera en su obra Principios de filosofía de la praxis (2009, p. 23):

El poeta Novalis, uno de los mayores representantes del romanticismo alemán, afirmaba que la filosofía se identifica con la nostalgia, ya que también en ella está presente el deseo ilimitado ―precisamente, nostálgico― de tener «el hogar en todas partes». En efecto, al igual que la nostalgia, la filosofía se sustenta en la escisión que se pone de manifiesto entre la vida interior y la exterior, entre la vida finita y la infinita, siendo ella, en cuanto tal, un «signo de la diversidad esencial entre el yo y el mundo, un signo de la incongruencia entre el alma y la acción». No es, pues, de tiempos felices el deseo de querer abrazar la filosofía.