Corazones de maní y ojos de globo animado.

“How many baths?”, les preguntó y con una sonrisa pilla mueven sus deditos. “Seven”, dice la más grande y de inmediato una de las pequeñas la corrige y muy seria me dice: “ten”. Luego, ellas se ríen. Estoy en sus manos.

Es sábado y nuevamente cobra vida el pequeño pero generoso mercado callejero de Sukhothai. Luminosos carros de comida son el escenario desde donde los vendedores te invitan a comprar todo lo que tienen para ofrecer: carne de cerdo que nunca para de echar humo, jugos de frutas cuyo nombre jamás he oído, todo tipo de insectos de tierra y mar, extraños dulces luminosos que son como un anzuelo en la mirada y mucho más. Ahí, entremedio de esa organizada locura, surge la figura de tres pequeñas niñas. Están en el suelo, varios centímetros bajo el nivel de la mirada adulta, que simplemente pasa sin advertirlas. Su participación en esta obra, para nadie es extraña.

Mientras arriba cientos celebran el rito milenario del intercambio, ellas juegan, ríen, cuchichean y se cuidan. Casi como si no estuvieran trabajando. No piden a gritos que compren su maní añejo o sus globos de dibujos animados. Ellas solo deben esperar, simplemente estando ahí, a que un adulto las haga entrar en escena. Encarnando el papel de ser niñas que deben vender lo que un adulto les encomendó vender. Cooperando así a mantener en pie esa frágil estructura llamada economía familiar.

Algo de inglés conocen. Los números, saludos y despedidas. Suficiente como para poder vender y hablar a los extranjeros. Les enseño a contar hasta treinta, que es la edad que tengo; pero no les hace mucho sentido. Dos de ellas tienen diez y otra catorce. Me dicen sus nombres e intento memorizarlos y los repito y me equivoco unas cuatro veces, hasta que lo logro. Cada fallo, eran risas aún más sonoras. Acierto y aplauden. Les digo el mío y ahora soy yo quien celebra lo mucho que les cuesta pronunciar un nombre de cuatro sílabas. El de ellas tres, solo tiene una. La Mú, Nuí y Ngpun… Seguro que están mal escritos y quizá hasta no los recuerde bien. Pero no olvido lo dulce que suenan.

Y así levantamos un pequeño escenario detrás de ese otro grande, comunicándonos con risas y gestos. Una obra casi muda, donde nos olvidamos de la lengua adulta y utilizamos ese hermoso y universal idioma de los niños.

Me despido con un kop-kun-kháp y un good bye y ellas siguen riéndose de mí. Regalándome sus sonrisas. Han pasado un par de días y aún las recuerdo. Juego a imaginar cómo serán realmente sus incipientes vidas. Cuál será el color de sus miedos, penas, tristezas, desvelos y cómo sonarán sus verdaderas alegrías. ¿Preferirán el animé o Bob Esponja?

Espero que sus corazones de maní nunca se pongan añejos ni que la ceguera de los adultos reviente de golpe esos coloridos globos que tuve la suerte de mirar.

Todas las fotografías fueron tomadas por mí con una Fuji x100t.