“Las teorías salvajes” de Pola Oloixarac

Pabst y Kamtchowsky son los hijos inevitablemente bobos de una generación que prolongó sus sueños revolucionarios de juventud en el kitsch político de la izquierda urbana de Buenos Aires. “Los diarios de la tía Vivi”, una conversación con registro subnormal de una simpatizante erpiana con Mao Zedong, es el punto más cruel de esta sátira de los géneros literarios psicobolches. La vigencia en clave de consumo irónico que recibieron textos como ese durante la llamada “decade won” debe haber instado a Oloixarac a ajustar cuentas con este material involuntariamente cómico.

Esta novela de ideas se atasca frecuentemente en convulsiones discursivas y escorzos teóricos sobre ideas fijas encarnadas en algunos personajes. Oloixarac compone un panorama desolador del ambiente académico en el que mendigan atención mediocres notables como Augustus García Roxler o en el que, en años precedentes, intentaron abrir nuevos mercados Fodder y Fischer. La formulación de una nueva teoría y la adopción de conceptos propuestos por predecesores prestigiosos tiene algo de entrepreneur pirata, sugiere:

“Como ves, amigo mío, tomar prestada la noción de trauma infantil de los freudianos insertaría nuestra teoría en el contexto de una teoría en discusión, lo que excitaría el interés de los freudianos y sobre todo el de sus detractores, asegurando duración y crecimiento” … Fischer había encontrado un mercado para el consumo de la teoría; el tamaño máximo de un mercado disponible aumentaría gracias a la penetración de la temática del sexo como pièce de resistance medicinal.

Duración y crecimiento, atributos igualmente aplicable a conceptos académicos psicoantropológicos como a los flujos de caja que desvelan a los analistas financieros.

Queda una sensación de nihilismo, aunque dirigido contra un perfil muy preciso de charlatanería, pero que de todos modos no termina de imponerse sobre el panorama compuesto. Los personajes en este novela son todavía voceros de los distintos discursos que Oloixarac ofrece al lector, un aspecto que mejora bastante en su segundo libro. Si bien funciona como una novela, “Las teorías salvajes” se lee mejor como manifiesto personal.