El carnaval y la inutilidad de su risa

Imagen tomada prestada de El País

Dejo el título para el final. Empiezo a escribir sin conocer el destino de estas líneas. Pienso en conformar un bloque de texto único, rompiendo con la estructura que utilizo habitualmente de separar las ideas en párrafos. Tal vez porque hoy me levanté con necesidad de unidad. Mientras lo hago, y el post crece en términos cuantitativos, escucho este disco de Migala, una banda a la que no conocía ni de nombre. Pero ayer viernes, Kanirasta, en lo que podría pensarse como un acto de iluminación, compartió, en la plataforma web que utilizamos para planificar el viaje, comunicarnos y calmar ansiedades previas al despegue, el disco Restos de un Incendio (que estos muchachos publicaron en 2002). Antes de compartir ese álbum compartió otros que asoció a un “rock instrumental introspectivo” pero que ahora, por más bonitas creaciones que sean, no voy a mencionar para no distraer la atención sobre la banda española. En este instante suena la canción Fade into you y me parece un ejemplo que condensa la belleza y la propuesta creativa del grupo. Las guitarras no evitan los rasguidos simples pero en el fondo, y a veces en el frente, aparecen sonidos que pueblan la composición como si fuese un subte en el que los pasajeros se suben, se bajan y dejan sus registros en la mirada de los otros pasajeros que continúan arriba y, cuando el subte arranca, se siguen con la mirada hasta desaparecer. Aunque sin tanta poesía puedo decir que estos sonidos amalgamados generan un ambiente con mucho oxígeno, y el bienestar que uno siente al escucharlos proviene de la sensación de amplitud, de sentirse en un lugar sin paredes ni muros, no es que las imágenes sugeridas sean de campos y vastas praderas, no. La ciudad está ahí presente con sus grises y sus esquinas, pero la música propone una caminata donde los semáforos juegan a apagarse y prenderse pero, cuando se encienden, vemos luces de colores que no imaginábamos encontrar en un semáforo, y ahí radica la sorpresa, el truco de magia, la creación, el arte. Por eso, dando respuesta a mi primer post, creo que el viaje ya comenzó. Ahora recorro paisajes sonoros, mañana recorreré puentes, montañas y bahías. Tal vez, por eso, en estos días siento muchas ganas de caminar, quizá la mente le pide (¿o le ordena?) a los músculos, que se muevan. No lo puedo afirmar, pero mis piernas quieren salir. Y ayer no caminé. Quiero decir: no lo hice sin rumbo predefinido. Caminé para cumplir una agenda pero no para caminar por caminar. Por ejemplo, ahora escribo por escribir. Para que el virus de la palabra me alimente y no me envenene. Y hay mucha gente envenenada. Recuerdo ahora la mujer que ayer de tarde entró al bar donde yo estaba. Un bar ubicado sobre 18 de Julio, la principal avenida de Montevideo. Ella estaba vestida como vedette, es decir, casi desnuda. Se daba el lujo de mostrar sus carnes fofas y con celulitis porque pocas horas después, en esa misma avenida, tendría lugar el desfile de escolas de samba, un evento que se realiza luego del desfile inaugural de carnaval, una de las fiestas más populares del Uruguay que algunos asocian a expresión artística pero que, personalmente, no encuentro en el carnaval ni raíces expresivas ni artísticas, igual, este post no tiene lugar para invocar al dios Momo. La cuestión es que la vedette entró al bar a los gritos, pidiendo una cerveza para “regar esos 68 kilos de puro sabor”. Si bien la intensidad de esos gritos y la voz chillona interrumpieron la charla que mantenía con mi amigo, cuando me di cuenta que, además de escandalosa era mentirosa, me percaté de toda la infamia que existía en sus palabras y dejé de charlar para recordar a Burroughs y su idea del lenguaje como virus. La mujer medía más de un metro setenta. No tenía un abdomen chato ni nalgas delgadas. Era imposible que tan solo pesara 68 kilos. ¿Por qué mentía? ¿Por qué mentirme a mí y al resto de quienes, sin desearlo, escuchábamos el chirriar de su voz? No era necesario y no se explicaba, excepto, porque necesitaba llamar la atención aún en un ámbito equivocado. Entonces, ya que indago en las causas de sus actos, puedo suponer que la vedette, sólo alcanza esa condición si todo el resto de quienes la rodean centran su atención en ella. Sería algo así como si tuviese el complejo de La Gioconda, donde todos los visitantes del Louvre se paran durante algunos minutos a contemplarla aún sin llegar a comprender qué es lo que tienen frente a sus ojos. Y creo que por ahí viene mi desconfianza hacia el carnaval como disciplina expresiva. Mis pocas, y efímeras, experiencias como espectador de estos desfiles me llevan a pensar que el carnaval es una fiesta donde hay que reírse porque hay que reírse y alegrarse porque hay que alegrarse sin ningún otro sentido. O sea, en términos teóricos, creo, sus adeptos lo defienden como una época del año en que la prisión de la rutina opresiva del trabajo y la explotación abre sus puertas, por arte de magia, y cede el paso a la alegría innata de reconocernos animales con instintos altos y bajos, sobre todo bajos. Y ahí todos están juntos, bailando, saltando, sonriendo, cantando (y gritando, en los bares, gritando). Pero lo que me parece que esa visión aún no logra ver, es que el sistema de consumo logró, para incrementar ingresos y rentas, que la fiesta sea todo el año, sin parar. Si prestamos un poquito de atención, podemos comprobar que, a través de las redes sociales y los medios, continuamente llegan estímulos para celebrar, cantar y gritar. El fútbol, el carnaval, el pueblo. Por eso me interesa la idea de tratar el avance de las comunicaciones como un adelanto que dejó obsoleto algunos rituales basados en la sonrisa como elemento de resistencia. Pensemos, con un poco de lógica económica liberal, que si la risa abunda entonces la risa no vale. Y la verdad es que ahora no tengo ganas de reírme. El disco de Migala llegó a su último tema. Suena Cortázar. Se escucha la voz del autor de Rayuela recitando el Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj y me pregunto: ¿podría existir otro texto mejor para cerrar un post que pide un poco de introspección y pensar sobre la inutilidad de la risa en el sistema de consumo? Creo que no. Y, por cierto, encontré título para el post.