401: recorrido popular

Sebastián Correa
Sep 7, 2018 · 3 min read

Gabriela Alegría, maipucina de nacimiento, tiene 35 años y es chofer de la empresa Express del Transantiago desde 2013. Hoy por hoy, además de conducir las grandes máquinas multicolores, toma el manubrio del sindicato y deja a los trabajadores en la parada contra lo injusto.

Guitarras y bombos cumbieros acompañan a Gabriela en los trayectos semanales. Dejando atrás las largas jornadas de conducción, de 4 a 5 horas, distribuye su tiempo libre para participar como dirigente del sindicato y disfrutar la compañía de sus tres hijas. Tomó el trabajo tras ver un aviso. Años atrás, jamás pensó que terminaría manejando en Transantiago; ser dueña de casa, una vida tranquila, una casa y un auto eran los sueños de una Gabriela de antaño.

Gabriela hacía refuerzo escolar a niños de escasos recursos de Padre Hurtado y organizaba la Teletón de la comuna. “Era bastante rural y pobre, pero era nuestra, había un ambiente de comunidad”, comenta. En cuanto a su ocupación como chofer y el nuevo ambiente al que tuvo que adaptarse, asegura que siente bastante plenitud. Le gusta conducir y convive gratamente con sus compañeros, de aquellos, conoció la otra cara del típico chofer de micro. “Uno los ve tan rudos desde afuera. Algunos tienen que trabajar para Navidad, año nuevo… De a poco la gente ha ido empatizando con los conductores”.

Ha hecho notar, a nivel nacional, la precaria preocupación de la empresa de transportes por sus trabajadores. Hace casi un año abandonó un bus en Plaza Italia para cumplir sus horas de lactancia y recientemente ayudó a Denisse Figueroa a subir el coche de su hija que acompañaría a la madre en su recorrido. Afirma que hay mucha ilegalidad e incumplimiento de las normas: “Cuando hay empresarios chilenos, a diferencia de los extranjeros, cuesta un mundo trabajar con ellos. Se ahorran costos y nosotros sufrimos la precariedad”, comenta Gabriela.

Tiempo atrás, debía seguir trabajando con varios meses de embarazo, pero, por aquello, no podía ejercer como chofer. La empresa tampoco le asignó un puesto de oficina debido a su condición de dirigente sindical. Una silla de plástico sobre la tierra, un vientre floreciendo y un viento fríamente violento. Reiteradamente debía levantarse a validar el tótem que permitía la salida de los buses a recorrer Santiago. Quiso tirar la esponja. Luego de casi un año, de pasar las épocas de heladas y calor en el exterior, obtuvo su pre natal. Regresó con las pilas recargadas.

Ocupar parte de su fin de semana en el sindicato la compensa emocionalmente. Sergio y Felipe, ambos también dirigentes sindicales, padre y pareja de Gabriela respectivamente, la han ayudado en su crecimiento de liderazgo social. Participa en la enseñanza de los trabajadores sobre sus derechos. Se les muestra como calcular su finiquito y cuentas, tener noción de los días de vacaciones, informarles sobre posibles injusticias, orientarlos. “Si somos ignorantes, somos vulnerables”, afirma. Recuerda lo felices que se ven sus compañeros cuando marchan por sus derechos, sus ojos destellan sutilmente y sonriente prende un cigarrillo.

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