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Gustavo Cerati fue el esteta más importante de la música latinoamericana y su artista popular más desafiante: no dejó de obsesionarse por encontrar la belleza abriendo mundos desde las fronteras del pop de radio más hogareño mientras otros lo atacaban desde las trincheras del supuesto rock “auténtico”. No les salió: su obra es tan cercana que hoy millones lo despiden como se despide a un amigo.


De todos los pecados que el conservadurismo rockero rioplatense le atribuyó a Gustavo Cerati, el más estúpidamente ridículo fue el de llamarlo “viejo choto”. Así decían algunos stencils en Buenos Aires, en aquellos años en que sus discos eran quizá bien recibidos por la crítica, pero no así por el público. Eran tiempos en los que yo consumía con fruición adolescente discos prestados y grabaciones en casette de una banda llamada Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, banda que contaba con una cierta cantidad de fans a un lado y el otro del río que no dejaban pasar oportunidad -fuera fiesta temática o concierto de banda afiliada- para entonar el que quizá es el cántico más fascista que escuché en mi vida: “Luca no se murió/ Luca no se murió / que se muera Cerati / la puta madre / que lo parió”.

Tuve la fortuna de detectar en el momento en que lo escuché por primera vez que el canto no podía funcionar ni siquiera como chiste. Esa adaptación barata del original que opone Ramones y Rolling Stones -una imbecilidad que seguramente no se escuche en los países de donde vienen esas bandas- y que sigue siendo popular en algunos conciertos estaba en el costado más opuesto de lo que pasaba entre esas bandas. Todavía poca gente sabe, por ejemplo, que a principio de los ochenta, fueron los propios Sumo los que asistieron a Soda Stereo con equipos tras un brutal robo que los desplumó luego de que grabaran su segundo disco.

No recuerdo cuándo escuché el primer insulto o descalificación contra Gustavo Cerati. Lo que sí recuerdo es que nunca entendí la animosidad. Sí tenía una idea: en el escenario, en los videos, Cerati les parecía un hedonista, un pedante, una especie de ser superficial consagrado a flotar en una nube de música que sonaba etérea y sofisticada, arriba de todos. Porque hasta esos primeros discos de Soda Stereo con gusto a Police eran sofisticados para su tiempo. En ese entonces, lo que se hacía era ver a Cerati como una especie de extraterrestre: un tipo de otro mundo, un mundo de bienestar, droga y música moderna, ligera. Lo paradójico era que ese gran guitarrista que rendía examen permanente -largamente más que cualquier otro tótem de su época al que le costó mucho más dar saltos hacia lo moderno o hacia la tendencia, estoy pensando incluso en Luis Alberto Spinetta- no forjó su carrera musical en una agencia de publicidad.

“Me causa risa eso de ‘las bandas que salen de la gente’. ¿De dónde salen, si no?”, decía Cerati en 2006 recordando los años en los que tenían que salir a tocar a los bares de Buenos Aires para ganarse el público como todos. Ese año -es decir, 22 años después del primer disco de Soda- volvía a sacar un disco de una efectividad rockera, guitarrera, amplificada que muy pocas bandas (y ciertamente mucho menos la oleada punk y “estón” que brotaba en la región) estaban en condiciones de generar. Después pareció claro que además, ese trabajo llamado Ahí vamos era su suerte de preparación del terreno para el regreso de Soda Stereo -siempre enorme- con sus 22 estadios llenos en vivo y en toda Latinoamérica. Eso es apenas un dato que prueba lo obvio: que las canciones de Soda Stéreo definían a mucha más gente que esas autoproclamadas bandas del pueblo, de las bandas, de las tribus o de cualquier eufemismo empleado para justificar la competencia y la infradotada necesidad de definir por oposición futbolera un hecho cultural que alimentó verdaderas catástrofes musicales, y de las otras. Me gusta pensar que Cerati despreciaba todo eso. Que esos discos que destilaban buen gusto y sofisticación eran un elegantísimo fuck you al estado musical de muchas de las cosas que se hacían masivas en ese entonces en Argentina. Cerati no era un músico de Cosquín Rock y se notaba, pero también era un músico de 200.000 personas en la avenida Figueroa Alcorta.

“No sé por qué se producen los cambios. Creo que tienen que ver con los prejuicios: tengo prejuicios de volver a hacer una cosa que ya hice, quiero hacer otra. Y está eso de la investigación que uno tiene, que lo pongo entre comillas, como lo de la experimentación, porque sigue siendo una especie de juego. Uno se divierte abarcando nuevas cosas y, a medida que uno crece como compositor, tiene que crecer en cuanto a producir emociones y producirse emociones”

Pero decía que siempre tuve problemas con esa proyección colectiva de Cerati como un tipo lejano, elitista, porque en ningún caso eso lo definía del todo. Quizá tenga que ver con que conocí su música en el más familiar de los contextos: fue mi primo Marcelo, un día en la casa de mis abuelos después de pelotear en el pasto, que me acercó un casette que había traído llamado “Lo mejor del rock argentino”. Era el típico casette que uno compraba en la frontera, de esos que decían “ver información al dorso” y nada más. En esa ensalada estaban, cómo no, De música ligera y Cuando pase el temblor. Yo tendría 8 años. Y temas de Virus, de Los Abuelos de la Nada y otras de esas bandas que fueron mi puerta de entrada hacia lo que hoy recordamos como “rock argentino” y hacia esos tipos que en los 80 y los 90 hicieron otras canciones de esas que se nos quedaron pegadas. Esos temas que escuchábamos con mi abuela lavando los platos en la cocina fueron la puerta de entrada hacia discos que, una vez conocidos en profundidad, mutaban a inolvidables. Me acuerdo del primer sacudón que me dio el riff de Un millón de años luz la primera vez que lo escuché, en el CD del último concierto, mientras me aprontaba para ir a la playa en Santa Teresa.

Lo de Cerati, incluso en su costado más iconoclasta, estaba comprometido más con la belleza de sus canciones que con su modernez, concepto que durante mucho tiempo -sobre todo en su tramo solista- estuvo muy vinculado a su producción. Pero Cerati no era un experimentador nato, uno de esos pesados que fragmentan música inescuchable para colgarle etiquetas pretenciosas. Cerati iba a buscar ahí para en todo caso integrar cosas como esas a un mundo sonoro mucho más accesible. Y precisamente eso fue lo que descubrí: que el discurso ese de avant garde que buscaba en mucha de su música (como aquel futurismo entonces moderno de Soda Stereo que hoy parece viejo pero nunca rancio) tenía implícita la idea de buscar nuevos caminos permanentemente, algo con lo yo que me identificaba mucho más. Yo ya no quería ser parte de algo masivo per se ni de una misa o una fiesta: yo quería que un tipo me mostrara que con la música podés viajar a otro lado, podés conectarte con tu parte más sincera que es la que no imposta en lo que no tiene que impostar: en la forma de ver las relaciones, en la forma de asumir el deseo egoísta de placer, de bucear en el inconsciente hasta donde está lo peor. Y con el empaque, con la música, se podía jugar y saltar todo lo que se quisiera, de Sting a Bowie y el cuidado de la imagen, a Zeppelin, a XTC, a su adorado e hiperestudiado Spinetta y su filosofía más inasible (“limó el Spinetta más esotérico”, me decía hace un rato mi amigo Fernán Cisnero) y de ahí a la electrónica más cheta. A mundos musicales de los que yo no tenía ni idea y que la internet no me iba a ayudar a interpretar.

Era raro, pero los que criticaban a Cerati por “viejo choto” (seguramente muchos en Uruguay lo hacían porque Soda Stereo creció mirando a los Andes y no a Montevideo) lo disociaba de cosas como el Unplugged de Soda Stereo, de sus posteriores miradas sobre las relaciones, sobre la longevidad, sobre los hijos, sobre el goce, sobre todas esas cosas con las que nos percutimos la cabeza todos los días mientras acometemos la rutina robótica de las 8 horas.

“Mi filosofía, de algún modo, no ha sido traicionada, he sido fiel a mí. Otros sufren, padecen cuando abandonan su identidad o la traicionan al crecer. No hablo de los que tienen ideas políticas sino de los políticamente correctos que terminan haciendo jingles, que no superan la idea del estribillo”.

En ese camino musical frenético y convertido en una bestia de gira, Cerati se llevó por delante todas las vivencias de una vida rockera que lo obligó a “forzar la máquina” varios años, como él mismo decía de forma casi premonitoria. Lo que creíamos muchos -pobres tarados, caretas, outsiders- era que podía manejarlo con la misma sofisticación y audacia con la que trabajaba su música: dicen que días antes de su accidente cerebrovascular, Gustavo era un torbellino de cuatro horas de ensayo por día al que no podían parar ni los médicos que le aconsejaban que de una vez pisara un poco el freno.

Despedir a Cerati es, como dice Eduardo Fabregat en Página 12, decir adiós a una parte de nuestras vidas y encontrar cierto consuelo en que algunas cosas se quedan para siempre. El mejor remedio para los que miran a la muerte con terror es muchas veces decir que alguien “murió en su ley”. No sirve ni para pedazo de consuelo. En este caso, la muerte no será sponsor de absolutamente nada: Gustavo Cerati no tenía ni sesenta años y seguro que dentro suyo había una muy buena forma de seguir envejeciendo con gracia que ya nunca aprenderemos.