¿Y si Messi es Lionel?
Diagrama imaginario de la locura que vivirá la Argentina si el 10 de la Selección no logra ocultar nuestras carencias.
Ahí está el chico de Rosario, con la frente apuntando al suelo, pero más enfilando hacia el centro de la tierra misma, lugar en el que adoraría enterrarse sólo para escaparse de lo que le pasará luego de que levante la mirada. El equipo de Alejandro Sabella acaba de quedar eliminado y Messi fue Lionel. No pudo. No supo. No era. O tal vez siquiera ninguna de las tres. El plan automotriz de ilusiones andante en el que depositamos todas las cuotas de nuestras esperanzas resultó en un coche a la medida de los sueños de una nación mucho menos ególatra que la Argentina. Perdimos. ¿Y ahora?
Que Messi sea Lionel es un escenario posible. Puede ocurrir mañana, pasado o en los cuartos de final. Puede definir mal, lesionarse, deprimirse, desaparecer o, simplemente, enfrentarse con un equipo en mejor forma que Argentina. Y es que la chance de una derrota es lo que realmente brinda el sentido a la victoria. Eso pasa hasta en el terreno de Messi, que ha concebido prácticamente todos los triunfos que un ser humano puede concretar jugando a la pelota. Perder no tendría razón de ser sin, aunque sea, una mínima chance de ganar. Y viceversa. Y es tal vez eso lo que hace del fútbol el factor democratizante más sencillo de emplear para esconder, en un par de goles, a un sinfín de injusticias mundanas.
Lionel puede perder porque Messi puede ganar. Y aunque parezca que es capaz de conseguir cualquier gesta solo, si no la logra, lo habrá hecho en un colectivo mucho más amplio que el de su talento o su momento. Allí, con el cuerpo caliente, Messi será catalán, amargo, irresponsable, frío, siempre menos que Maradona, plástico, jamás prócer y nunca ídolo. Sufrirá la inclemencia de los periodistas que no se animan a arruinarlo del todo, pero que dirán barbaridades que les “contaron” o “dijeron”. Incluso deberá fumarse las opiniones de mil conductoras de televisión octagenarias que hace rato miran la vida del balcón y no pisan la vereda. Pero eso, claro, no hablará nada de Lionel y sí mucho de las frustraciones cotidianas que un pueblo apila sobre las espaldas de uno de los únicos tipos que le hace creer a los pibes que en su terreno cualquier sueño es posible. Messi es un superhéroe por sus cualidades y porque nosotros necesitamos que lo sea en nuestro imaginario. Precisamos que gane. Pero también que pierda. Y gritamos desesperadamente corriendo a cualquier bondi que lleve ilusión. El que sea, que vaya al lugar que sea y con el costo que sea.
Digo que Messi puede perder porque tengo un enorme miedo de que no gane y, a la vez, una terrible angustia, porque creo que eso puede ocurrir en un contexto en el que de verdad Lio puede ganarle a todos. En algún punto, nos ha abrumado tanto de genialidad que necesitamos que un resultado suyo, bueno o malo, exponga nuestras miserias. Por eso, compañero 10, desde aquí le doy mi abrazo contenedor ante la caída evidente, la que puede ocurrir. Lloro de antemano con usted, miro con nostalgia las figuritas que no llevarán campeones y hasta intuyo a quienes odiaré si llegan más lejos que nosotros (y que usted sobre todo) en el Mundial. Pero vaya sabiendo, querido Messi, que si ocurre aquella locura de que nada de lo que digo en las anteriores líneas pase y que usted finalmente logre dibujar con su botín zurdo una sonrisa en cada rostro de mi barrio, no festejaré tan fuerte como mis amigos, ni tampoco gritaré tan alto como mis parientes. Lloraré de emoción, pero en silencio y sin que me vea nadie, por todos los injustos achaques que le hubieran jugado si perdía. Y por la felicidad y la vergüenza. De todos modos, lo amaré por siempre. Ojalá que usted sea Messi, Don Lionel.