No entrevistes a Christopher Lloyd

Le dicen Estación Mapocho, pero el nombre completo incluye Centro Cultural. Los impecables arcos de piedra adornados con superhéroes y personajes de la televisión hacen olvidar que en algún momento fue una estación ferroviaria y el largo legado de las vigas en Chile. Sin embargo, no es la historia chilena lo que nos reunía a muchos aquel fin de semana de 2014, casi a mitad de semestre, me encontraba expectante a una de las visitas que traía la Comic Con Chile, Christopher Lloyd.

Con 75 años se había embarcado a Chile, la idea de conocer Latinoamérica lo emocionaba ya que sólo Buenos Aires era su referencia del continente. Los días previos, La Tercera logró un par de minutos de conversación con él, que el mismo periodista resumió como “herméticos y concisos”. Lloyd actuaba políticamente correcto.

Durante esas fechas, trabajé en un proyecto entre pares, siendo una compañera, de impecable ortografía y entusiasmo, mi editora. Le afirmé que yo estaría al menos un día en la Comic Con y que me sentía afortunado, sabía que iba a ver a Christopher Lloyd, sabía que podría hablar con él. La promesa sumó expectativas mediáticas, teníamos un medio web, pequeño y mayormente de opinión, una exclusiva era posicionar.

Ya en Santiago con mi familia, las quejas por el calor y los áridos vientos se esfumaron al llegar a Estación Mapocho. Centro Cultural lo describe a la perfección. Extensas filas de jóvenes y mayores vestidos para la ocasión. Un pequeño Joker corre en paralelo a las filas, seguro de que su madre guarda su puesto, buscando y disparando a cada hombre que parece usar más negro de lo normal, capa y orejas puntiagudas.

La ansiedad es uno de los sentimientos más difíciles de controlar. Mi familia me dio facilidad de expresión al decirme “ve y recorre”. Desligado, fotografié cada rincón del evento. Más tarde, indagaba sobre la ausente visita de 75 años, debía llegar en breve. Sin embargo, fue mi familia de nuevo la que me dio las facilidades, con un mensaje de texto me alerta “estamos en el café del segundo piso y viene Christopher Lloyd”. Los cosplayers, aterrados, afirmaban sus disfraces mientras me escurría entre ellos a máxima velocidad.

Tras un pendón, con no más de 5 personas, había un pequeño café incrustado entre la roca del centro cultural. “Los guardias dicen por radio que Lloyd viene al café” me confirman. Tras unos minutos, hay movimiento fuera del café. Alto y rápido, con dos guardias, entra Lloyd, el café se cierra al público y queda a menos de 5 metros de mí. Sin embargo, algo no iba bien. El café era triangular, tenía esquinas pronunciadas para los más solitarios, lugar donde estaba el actor, sin levantar la mirada, solo en un país extraño a sus 75 años.

En cualquier otra ocasión y en mi imaginación yo me levantaba, me acercaba y hacía una gran historia para mi corta vida, pero las piernas no me dejaban levantarme y mis ansías luchaban contra la preocupación. Tras unos minutos, Lloyd se levantó, agradeció a los meseros y paso por nuestra mesa, nos saludó con la cabeza y mi hermano que se encontraba más cerca pudo darle un fugaz apretón.

Hasta el día de hoy pienso que así fue como nos dio las gracias.

Esa noche, en Canal 13, Lloyd se sentaba con un Marty McFly que no era capaz de hablar inglés. Mientras veía lo que sería una entrevista calificada de vergonzosa en el futuro, me convencía que la decepción de mi editora no eclipsaba el haber dejado por diez minutos a Emmett Brown sentir tranquilidad.

El final de la jornada en Chile.