Stalin en el crepúsculo

1.

Stalin pasó la guerra encerrado en el Kremlin, rodeado por los comisarios del pueblo y los generales del Ejército Rojo. Sólo muy de vez en cuando iba a reconocer el terreno. En sus memorias, el canciller Molotov -que por entonces era uno de sus hombres de máxima confianza- cuenta que un día Stalin salió con su comitiva a visitar a las tropas que conformaban el cerco de protección contra la Wehrmacht, en las afueras de Moscú. Además de Molotov lo acompañaban el jefe del servicio secreto Lavrenti Beria y Gueorgui Malenkov. Stalin, que acostumbraba a trabajar hasta altas horas de la noche, había madrugado y es probable que también tuviera resaca. Media hora después de salir, con evidente malestar, le susurró algo al oído a Malenkov, que le retransmitió el mensaje al general Zukhov:

-El Camarada Supremo tiene que ir al baño.

Zhukov, que a esa altura ya se había transformado en el héroe máximo del Ejército Rojo, empalideció.

-¿Acá?

La caravana de tanques y camiones se detuvo. Se improvisó un cónclave entre Beria, Molotov, Malenkov y Zhukov. Los tres primeros le reprochaban al general su desconsideración, típica de los militares de carrera hacia los jerarcas del Partido, e incluso lo amenazaron con llevarlo ante el pelotón de fusilamiento. Sin perder la paciencia, Zhukov les explicó que no podía garantizar la seguridad del Camarada Supremo si éste salía a hacer sus necesidades fisiológicas al costado de la ruta, debido a la cantidad de minas antipersonales que habían colocado los alemanes. La discusión no se había saldado cuando alguno de ellos percibió que Stalin se había bajado los pantalones en medio de la ruta.

Se hizo el silencio en la caravana. Un silencio blanco, de nieve y frío. Ante el desconcierto de sus funcionarios, generales y tropa, Stalin cagó agachado sobre el asfalto.

El pudor del Camarada Supremo era legendario. Algunos miraron. Otros, temerosos de su furia vengativa, desviaron la vista.

El primero en reaccionar fue Beria, que desnudó su culo blanco en el frío y se sentó a cagar a unos metros de Stalin. Lo siguieron Molotov, Malenkov y algunos funcionarios de menor rango. Sólo Zhukov se mantuvo con los pantalones puestos, quizás porque era el único imprescindible para ganarles la guerra a los alemanes.

Stalin se tomó su tiempo, se limpió con nieve y caminó satisfecho de vuelta al camión que lo había llevado hasta ahí.

-Rápido -le dijo a Beria cuando pasó a su lado-. No tenemos todo el día.

2.

-¿Quién es? -preguntó el escritor y dramaturgo Mijail Bulgakov, aturdido por el sueño.

Eran las tres de la mañana. Afuera había una tormenta de nieve. Elena Bulgakova le pasó el auricular del teléfono con un gesto de terror en la cara.

-El camarada Stalin -dijo.

Se abrazaron en la oscuridad.

Unas semanas atrás, en un ataque de desesperación por las malas reseñas que Pravda les dedicaba a sus relatos y obras teatrales, Bulgakov le había escrito a Stalin una carta. En ella, se quejaba por el desprecio del que era objeto por parte de la crítica, que repercutía en sus posibilidades laborales. Al final de la carta, le pedía al Camarada Supremo que los expulsara a él y a su mujer de la Unión Soviética, dado que la Unión Soviética parecía dispuesta a prescindir de su obra.

-¿Hola? -dijo Bulgakov con un hilo de voz al teléfono.

-¿Realmente quiere abandonar el país? -preguntó Stalin del otro lado de la línea- ¿Qué pasa? ¿Tanto le aburrimos?

Bulgakov pensó la respuesta durante un largo rato. Al final dijo:

-Después de escribir la carta, he meditado mucho sobre si puede un escritor ruso vivir sin su patria. Y me parece que no.

-Tiene razón -contestó Stalin-. Opino igual.

Le contó a Bulgakov que recordaba con placer su obra de teatro Los días de Turbin, que había sido censurada. Cuando terminó la comunicación, le ordenó a Beria que se encargase de que el Teatro del Arte de Moscú le diera un empleo a Bulgakov. Además indicó que debía levantarse la censura que pesaba sobre Los días de Turbin.

-Sólo sobre esa obra -aclaró-. No las otras. Y quiero que se lo vigile día y noche.

Aunque en los días de la revolución Stalin había sido internacionalista, e incluso impulsó algunas medidas que proponían al esperanto como lengua universal, después de la guerra su discurso y sus medidas de gobierno se volvieron cada vez más nacionalistas. Una vez el presidente Truman le envió una caja con seis botellas de Coca Cola. Stalin convocó de inmediato a un equipo de bioquímicos para que elaborasen una bebida análoga a base de pera, que le mandó a Truman pocas semanas después. En 1950 publicó su libro El marxismo y los problemas de la lingüística, donde desacreditaba las tesis de Nikolai Marr, que era por entonces el lingüista oficial de la Unión Soviética. En su ensayo teórico, que pretendía sentar las bases para la lingüística soviética, Stalin descargaba su ira contra los escritores que no sabían usar la lengua con propiedad. Elevar el idioma ruso era, en su opinión, una tarea fundamental del escritor. Su interés por la literatura no era nuevo. Él mismo había sido poeta durante sus años de seminario en Tiflis. A diferencia de Bulgakov, su obra había recibido buenas críticas. Podría haber tenido un futuro como poeta, pero sus estudios de marxismo y leninismo lo alejaron de ese camino. Una de sus novelas preferidas era “Germinal” de Emile Zola. Entre los rusos le gustaban Gorki y Dostoievski, aunque no autorizó la publicación de las obras de este último en la Unión Soviética. Después de la guerra, Beria consultó a Stalin acerca de la publicación de sus Obras Completas.

-No hagamos más de treinta mil ejemplares -sugirió Stalin con modestia-. El pueblo está muy ocupado como para ponerse a leer eso.

Finalmente, las Obras Completas fueron publicadas con una tirada de cinco millones de ejemplares. Stalin no opuso resistencia.

Una vez llegó a sus oídos el rumor de que un joven poeta moscovita, Andrei Andropov, había leído en público un poema donde se burlaba de su figura. Pidió a Beria que le consiguiera un ejemplar del último libro de Andropov, que leyó de un tirón. Luego llamó por teléfono al escritor Boris Pasternak.

-¿Considera usted que Andrei Andropov tiene talento? -preguntó.

Pasternak estaba en un problema: si su respuesta era afirmativa, corría el riesgo de ser fusilado junto con Andropov. Si la respuesta era negativa, tenía la sensación de que estaba firmando la sentencia de muerte del joven poeta.

Pasternak optó por una salida ambigua.

-¿Qué es el talento? -se preguntó en voz alta- Algo escurridizo, que parece que se tiene pero nunca llega…

Habló durante tres o cuatro minutos. Al final temblaba. Sólo había silencio del otro lado de la línea. Stalin cortó la comunicación. Esa noche se fue a dormir sin haber tomado ninguna decisión al respecto. Al día siguiente ordenó a Beria que trasladara a Andropov y a Pasternak a la cárcel de la Lubianka.

-Un escritor ruso también debe conocer el aburrimiento -dijo.

3.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Stalin se propuso darle impulso al desarrollo nuclear en la Unión Soviética, que venía muy atrasado. Quería que sus científicos construyeran una bomba atómica. Le encargó el asunto a Beria, que reclutó a los mejores físicos soviéticos. Poco después de iniciado el proyecto, Beria se acercó con temor a Stalin.

-Camarada supremo, el equipo ya está trabajando -dijo.

-Qué bien -murmuró Stalin sin levantar la vista.

-Sólo hay un problema… -dijo Beria.

Stalin se puso tenso. Por primera vez, lo miró.

-¿Cuál?

Beria tragó saliva.

-Los físicos dicen que tienen que usar las ecuaciones de Einstein.

Stalin asintió. En Materialismo y empiriocriticismo, un libro de 1908 que ambos conocían muy bien, Lenin había declarado que el tiempo y el espacio eran absolutos. El padre de la revolución condenaba como abstracciones burguesas a cualquier otro tipo de especulación.

Se hizo el silencio en el despacho del Kremlin. Beria, que no había dudado en ejecutar a sus propios compañeros del seminario durante la época del Gran Terror, temblaba como un chico ante las posibles consecuencias de sus palabras.

-Que hagan lo que sea necesario -dijo después de un rato Stalin, a quien los años habían vuelto más pragmático y razonable-. En todo caso, los fusilamos cuando hayan terminado.

4.

Después de más de veinte años en el poder máximo de la Unión Soviética, Stalin andaba desolado. Una parte importante del problema era que nadie lo notaba. Todos los que se acercaban a él eran inútiles o conspiradores. Con este ánimo, puso a prueba a sus guardaespaldas. Les había dado severas instrucciones de permanecer afuera de su despacho, sin importar qué escucharan adentro. Un día pidió auxilio como si se estuviera muriendo. Los guardaespaldas tardaron más de cinco minutos en ingresar en su despacho. Ordenó a Beria que los ejecutara de inmediato.

La anécdota refleja que Stalin tal vez sólo estuviera buscando comprensión. Se había acostumbrado a trabajar de noche, pero con el fin de la guerra sus madrugadas perdieron el sentido. Para colmo, desde el suicidio de su última esposa, ya no disfrutaba de la compañía de las mujeres. Tenía una relación cercana con los Alliluyev, su familia política, a quienes conocía desde los años mozos de la revolución bolchevique. Una noche invitó a cenar en el Kremlin a la hermana y a la madre de su Nadezhda. Ambas llegaron puntuales y lo saludaron con cortesía distante, pero el ambiente estaba enrarecido. Hablaron poco y de temas sin importancia. Stalin brindó por la hospitalidad de la señora Alliluyeva cuando él era un joven revolucionario perseguido por la policía del zar. El brindis fue recibido sin entusiasmo. Aunque Stalin se esforzó por ser amable, nada era lo mismo desde que envió a su suegro y a su cuñado ante el pelotón de fusilamiento. Desencantado por el individualismo de las dos mujeres, las despidió antes del postre y dio la orden de que se las trasladara a Siberia.

A Stalin le gustaba cantar. Algunas noches invitaba a Molotov y a Beria a su despacho. Tomaban vodka y cantaban viejas canciones del Cáucaso, que le recordaban a Stalin sus días de juventud. Beria y Molotov habían aprendido el idioma georgiano sólo para acompañarlo en los coros. A veces se sumaba Kaganovich al piano. Pero a Stalin estas reuniones ya no lo complacían como antes. Tiempo atrás había condenado a cinco años de trabajos forzados a Polina Zhemchuchina, la esposa de Molotov, debido a las conexiones secretas que ésta mantenía con la futura primer ministro israelí Golda Meir. A pesar de que consiguió el respaldo del propio Molotov en el Sovnarkom, la relación entre ambos se resintió. Stalin ya no confiaba en él. Y en cuanto a Beria… no dudaba de su lealtad, pero todos sabían que era un pederasta y eso le resultaba desagradable.

Nunca dejaba de trabajar, aunque a veces pasaba algunas semanas en su dacha de Blizhnyaya, cerca del Mar Negro. Durante una de esas estadías mandó a llamar a Peter Kapanadze, Mijail Titvinidze y Mijail Dzeradze, los tres amigos con quienes había compartido su infancia en el pueblo de Gori. Aunque apenas se vieron desde entonces, no había perdido el contacto con ellos. Poco después de la cálida bienvenida del Camarada Supremo, para romper el hielo, Kapanadze dijo:

-Siento mucho lo de Yakov. Pobre muchacho.

Se refería al hijo mayor de Stalin, que se había suicidado en un campo de concentración alemán luego de que su padre se rehusara a intercambiarlo por el general Von Paulus, de la Wehrmacht, que había sido tomado como prisionero por los soviéticos (“Rusia no intercambiará a un soldado por un general”, había dicho Stalin en ese momento).

-Soy uno de los tantos padres soviéticos que perdieron a sus hijos en la guerra -respondió Stalin tras un segundo de reflexión.

Tomaron vodka, comieron mucho y entonaron canciones de la adolescencia. Después de unos días Stalin notó que sus amigos se sentían incómodos y les preguntó la razón.

Se hizo el silencio en la dacha.

-Es que sabemos que el Camarada Supremo tiene mucho trabajo -respondió Dzeradze al final.

Stalin los despachó de vuelta a sus casas.

-Ya no son los que eran antes -le confesó a Beria cuando volvió al Kremlin-. No entiendo qué les pasó.

5.

Aunque Lenin había dedicado algunas palabras al tema, no existía en el Partido una posición unificada acerca de la naturaleza de la muerte. Algunos -Stalin incluido- la entendían como un cese biológico de actividades. En el marco de una institución altamente burocratizada como la Unión Soviética, esto significaba que la muerte determinaba el final de una función, como cuando se rompen las piezas de un motor. Una vez sustituidas las piezas, el motor vuelve a funcionar igual que antes. Lo contrario es el individualismo, que Lenin había enseñado a combatir. Aunque no compartía este pensamiento con nadie, Stalin estaba convencido de que algunas piezas no eran reemplazables. Lenin, por ejemplo, no lo era. Stalin había ordenado embalsamar su cuerpo y exhibirlo en un mausoleo en la Plaza Roja. Para estudiar el origen de su genio, contrató al neurólogo alemán Oskar Vogt, que se puso al frente del Instituto del Cerebro de Moscú, donde se investigaban las conexiones neuronales de Lenin. Durante la guerra, cuando la Wehrmacht amenazaba con tomar la ciudad, Stalin ordenó el traslado preventivo a Siberia tanto del cerebro como del cuerpo embalsamado del padre de la revolución. Como un Jesucristo ateo y materialista, la leyenda de Lenin generaba en el pueblo una cohesión que no se podía reproducir con la fuerza.

En sus últimos años Stalin aumentó la frecuencia de sus visitas al mausoleo de Lenin, Ya no eran recorridas protocolares durante los aniversarios de la revolución, sino que algunas madrugadas se escapaba del Kremlin para sentarse en un banco a observar el cuerpo embalsamado, como si éste todavía fuera capaz de incorporarse y darle algún consejo.

La verdad era que lo necesitaba como nunca antes. Aunque sus ministros hicieran de cuenta que no pasaba nada, el deterioro de su salud en los últimos tiempos era evidente. Su memoria fallaba, a veces no podía levantarse de la cama y tenía hipertensión. La desconfianza de Stalin hacia los médicos era legendaria. No quería ser paciente de nadie, y por lo general se automedicaba. Olga Patrovna, médica del hospital de Moscú, contaba que una noche le llevaron a un paciente en una camilla, cubierto por una sábana. Sólo tenía permiso para levantar la sábana en la parte de abajo, sin descubrir su cara. La razón de la consulta era un eczema genital, al que Patrovna realizó algunas curaciones mientras el paciente permanecía en silencio. Sólo al día siguiente se enteró de que había tratado nada menos que al Camarada Supremo. En su último año de vida, Stalin había consultado también al médico Vladimir Vinogradov acerca de sus dolencias. Tras una revisación meticulosa, Vinogradov concluyó que Stalin corría peligro de muerte si no abandonaba las presiones que suponía el ejercicio del poder. Alarmado, Stalin ordenó la deportación inmediata del facultativo a Siberia.

Su paranoia estaba, en cierta medida, justificada. Cualquier señal de debilidad podía ser tomada como excusa para desatar una conspiración que le arrebatara el poder. A fines de 1952 ordenó “la purga de los hospitales”, como se la llamó en aquel momento al traslado masivo de médicos a Siberia y a la cárcel de la Liubianka. La justificación oficial era que estaban involucrados en alguna especie de conspiración, pero todos los jerarcas sabían o sospechaban la verdad: Stalin se estaba muriendo. A pesar de ello -o quizás por ese motivo- mantuvo bajo amenaza de purga también a sus más estrechos colaboradores, aquellos que tenían argumentos para sucederlo en el poder: Beria, Molotov, Malenkov, Jruschchov.

Fue en esa época, y en medio de esas presiones, que realizó una visita en secreto a la oficina de embalsamamiento. Lo recibió el profesor Ilia Zbarski, que había sido uno de los encargados de la momificación del cadáver de Lenin, y desde entonces dirigía el equipo de casi 200 personas que se encargaba de su mantenimiento.

-Camarada Supremo -dijo-. Es un honor. ¿Qué lo trae por acá?

Stalin, que había tenido poco trato con él desde la muerte de Lenin, miró a su alrededor. El despacho de Zbarski era casi tan amplio como el suyo, aunque la decoración le pareció de mal gusto: un esqueleto, láminas con ilustraciones de cadáveres y sobre el escritorio, un cráneo como pisapapeles. De guardapolvo blanco, Zbarski lo observaba con curiosidad. Stalin no encontró miedo en su mirada y eso, por algún motivo, lo inquietó.

-Yo debería estar sentado de ese lado del escritorio -le dijo.

Zbarski se acarició el mentón.

-¿Del lado del embalsamador? -dijo- Créame, no es agradable.

Esa respuesta lo descolocó primero y lo irritó después. ¿Quién era ese profesor gris, que pasaba sus días en ese sótano de lujo, para hablarle de esa manera? Todo lo que Zbarski había conseguido en su vida se lo debía a él. Sin embargo, mantuvo la calma y le pidió que le explicara, paso por paso, cómo era el proceso de embalsamamiento de un cadáver.

-Depende de qué cadáver -respondió Zbarski-. Hay muchos procedimientos, pero…

-Un cadáver de la máxima importancia -dijo Stalin con firmeza.

Como si de repente hubiera entendido todo, Zbarski asintió.

-Primero le retiramos la tapa del cráneo y extraemos el cerebro. Luego lo evisceramos -dijo-. Esto se realiza a través de un corte longitudinal en el torso. Después cosemos la herida, con cuidado de que no quede a la vista. Al final introducimos al cuerpo en una solución de glicerina y acetato de potasio creada por el profesor Vorobiov para…

Stalin lo interrumpió.

-¿Cuánto tiempo puede permanecer el cuerpo en buen estado?

-Con la debida atención, muchos años.

Stalin hizo un gesto de desprecio con la mano. Ya sabía a qué se refería Zbarski. Desde la muerte de Lenin, había invertido una cantidad enorme de recursos en el mantenimiento de su cadáver. Se había ocupado de él como se ocupa un hijo de un padre indefenso.

-No quiero depender de nadie -dijo-. Necesito que el cuerpo permanezca en buen estado para siempre. Sin ningún tipo de mantenimiento.

Por primera vez, se hizo el silencio entre los dos.

-Nada es para siempre -replicó Zbarski con naturalidad.

Esa noche Stalin atravesó la Plaza Roja sin guardaespaldas. Beria lo recibió en las puertas del Kremlin.

-¿Qué le pasa, Camarada Supremo? -preguntó.

-Algunas cosas son eternas -contestó Stalin, enigmático, y en representación de sus palabras ordenó la ejecución del embalsamador.

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