Hipertextos: Black Mirror, 3 temporada (I parte)

[En la supuesta cultura de la información, o del conocimiento, o ambas, donde todo producto cultural es hipertexto, pretexto de algo más, ¿cuál es el futuro que nos espera?]

(Algunos datos expuestos a continuación podrían ser considerados spoilers).

Black Mirror (EUA.)

Creador: Charlie Brooker


Black Mirror es una serie que nos deja un mal sabor de boca. No porque sea mala, cuando es probablemente la más importante producción televisiva en lo que va del siglo, sino porque nos sentimos regañados. Y con justa razón. Aquí van algunos comentarios de los primeros 3 episodios de esta “segunda generación” (siendo la primera los 7 episodios producidos en Inglaterra).

Noisedive

En un mundo lleno de colores pasteles y donde insultar es un delito, Lacie es una entusiasta -como todos- usuaria de redes sociales. Después de cualquier tipo de interacción (como saludar en la calle, atender como meseros, o dar los buenos días a un ser amado), las personas tienen la posibilidad de calificar con estrellas al otro.

Esta calificación, lejos de ser motivo de juego, es un peligroso estándar de segregación: uno de los personajes bajó tantos puntos, que las puertas de su edificio no se puede abrir para él. Desesperados por mantenerse en altos rangos, todos los personajes llevan una monótona e hipócrita conversación, a tal grado que sólo porque Lacie está consiguiendo un alto puntaje es invitada a la boda de una amiga que tuvo en la infancia y con quien ya no se habla.

Lacie aprovechará la oportunidad de codearse con 4.7s o más (gente muy, muy influyente), y así subir su propio puntaje para poder comprar el departamento de sus sueños (que tiene descuentos para las personas con alto rango, es decir, irónicamente quien es muy influyente puede pagar menos dinero por un producto más lujoso).

Este mundo desalmado y ridículo no parece muy lejano a nosotros cuando compartimos con ahínco y euforia virtual imágenes y videos mientras morimos del aburrimiento, muy similar al último video de Moby (aquí), y muy similar también a un meme que circulaba hace unos años y que después de reírnos no podemos evitar sentir tristeza por nosotros mismos, que vemos en él un espejo de nuestra situación actual.

TÚ, en este preciso momento

Pues bueno, así es el mundo actual: mientras ponemos “jajaja” no podríamos sentirnos más tristes por dentro. ¿No acaso creemos que por tener decenas de likes en nuestras fotos de perfil somos realmente más populares, más aceptados, más reconocidos? ¿Acaso no necesitamos que una persona de like a nuestra foto para confirmar así el vínculo que podríamos sostener? ¿Realmente no podemos ser felices si no tenemos la expresa autorización y validación de los demás? Es tan idiota el modo en el que necesitamos expresarnos para los demás, que Lacie da un mordisco a una galleta (que luego escupe) para poder tomar una foto. Practica su risa frente al espejo, mientras lidia con una completa desesperanza e infelicidad por dentro.

Sólo una liberación violenta, una explosión de este mundo feliz, dejar de consumir este soma que nos tiene atrapados en una espiral sin fin, parecería ser la última salida. No es la salida más digna, pero con la gravedad de la situación, sí parece ser la única.

Playtest

Cooper es un joven “mochilero” nortemericano que ha estado viajando por el mundo. En Londres, su última parada antes de llegar a Nueva York, conoce a una periodista especializada en tecnología que le recomienda inscribirse como sujeto de prueba de una misteriosa compañía de videojuegos. Su conquista le pide que tome cualquier foto del lugar, y que con la publicación de esa imagen podrá ganar más dinero por el hermetismo de la compañía.

Cooper asiste al lugar, donde le implantan una especie de chip en la nuca, que lo conecta a una próxima generación de realidad aumentada. No se trata de usar un celular para poder ver pokemones en la calle: con el chip en la nuca, puede jugar Wack-a-mole en un escritorio vacío. Le indican que un nuevo nivel de juego está también probándose, y que deberá pasar la noche en el set similar a una película gótica de terror. El juego hará sinapsis en su cerebro para descubrir sus miedos y cómo usarlos en su contra.

Como una especie de Espantapájaros de Batman, el juego se torna cada vez más violento, más real, más siniestro, al ir tomando sus propios miedos y fobias. Rápidamente, Cooper -y nosotros, por extensión- perdemos la noción de lo que es real en el juego y lo que es real en la realidad fuera del juego. Después de todo, ambos mundos pueden estar ya tan conectados que la frontera es una cuestión subjetiva.

Cooper ruega por ser desconectado, pero algo ha salido muy mal: el chip ha completado una simbiosis con su cerebro, y desconectarlo del juego significaría matarlo. Y aún no ha acabado el capítulo.

David Cronenberg soñó esto con eXistenz, pero hoy es mucho más tangible que el onírico universo de la cinta en 1996 (hace apenas 20 años). Bien deberíamos de preguntarnos si realmente estamos yendo con precaución en este violento mar de realidad virtual. Deberíamos de preguntarnos si vale la pena detenerse un momento para entender las implicaciones de la tecnología que nos estamos poniendo en el cuerpo antes de buscar su última actualización.

Shut Up and Dance: Cállate y Baila

Cual marionetas, un joven mesero, un padre de familia, y varios otros personajes secundarios, bailan para sus celulares y los mensajes de texto que reciben. Están siendo extorsionados por quién sabe quién, por una persona -o personas- que tienen videos o fotos altamente comprometedoras de ellos. Ahora deberán cumplir sus instrucciones, que irán desde inocentes tonterías (llevarle un pastel a alguien) hasta situaciones de alto riesgo (asaltar un banco).

Kenny, el joven que atiende un restaurante como mesero y lavaplatos, es nuestro protagonista. Ha sido atrapado en un perverso juego a raíz de masturbarse frente a su computadora. Un hacker ha grabado todo a través de la webcam de la laptop, y ahora usará a Kenny para que “baile”.

El anonimato con el que se esconde este hacker (o hackers) es la clave con la que no pueden enfrentarle los desafortunados extorsionados. Nosotros también hacemos conjeturas todo el tiempo, sin éxito, pues nunca sabremos quién es.

Podríamos irnos por la vía más cómoda, aquélla que ve el mundo con un sentido infantil de justicia: esos extorsionados eran pedófilos, pervertidos, criminales que merecían un castigo, pero no podemos evitar preguntar “¿y quién vigila a los vigilantes?”, es decir, ¿qué clase de autoridad moral tiene investido ese fantasma que escribe mensajes de texto y los amenaza con revelar información vergonzosa de los demás? Si consideramos como paladín de la moral a quien les envía esos mensajes, ¿no deberíamos considerar así también de los troles y bullies virtuales que se burlan sin cesar de quien comete faltas ortográficas, o llegar al punto en que agradezcamos la pornografía de venganza (la de subir fotos y videos sin autorización de quien aparece allí), porque está haciendo ver a los demás lo “mal” que está compartir imágenes eróticas? Podrá parecer una exageración, pero siguiendo con esta lógica, la diferencia está a solo un paso.

La “democratización” del internet (en palabras muy claro, en los hechos, aún queda por ver) nos hace creernos verdaderos justicieros, jueces que no necesitan más que escuchar su propia voz para saber que están en lo correcto. Esto es peligroso en dos sentidos: creernos de mayor calidad moral para juzgar a los demás (porque besó a otra persona en la fiesta, porque baila ridículo, porque luce de tal aspecto), pero también por que aplaudimos a quien se asume como ese defensor de la moral, con darle like, con compartir, con seguir. Incluso compartir para quejarse es seguir el juego. La lección del capítulo no es que Kenny y los demás no debieron de haber hecho lo que hicieron, la lección es hasta qué punto nuestra libertad es una libertad real y no virtual (libres hasta que lo decida otro).