Hipertextos: Morgan
[En la supuesta cultura de la información, o del conocimiento, o ambas, donde todo producto cultural es hipertexto, pretexto de algo más, ¿cuál es el futuro que nos espera?]
(Algunos datos expuestos a continuación podrían ser considerados spoilers).
Morgan (EUA, 92 min.)
Director: Luke Scott
Escritor: Seth W. Owen

Lee Weathers (Kate Mara) conduce hasta un complejo científico en el bosque. Allí llega con una actitud bastante dura. Escuchamos su conversación en el teléfono con su jefe, quien le da total autoridad para efectuar con éxito su misión.
Ella va conociendo al grupo de científicos (apenas un puñado de ellos) que trabaja en un experimento sumamente costoso y de serias implicaciones. Ha llegado enviada por la compañía que financia el laboratorio, a causa de un incidente del que deberá evaluar los riesgos para saber si el dinero se ha utilizado correctamente y si el experimento está siendo o no un éxito.
Al poco tiempo entendemos qué es este misterio: en el laboratorio han logrado crear un ser orgánico no natural. Con ADN artificial han “dado a luz” a una joven, que si bien sólo ha cumplido 5 años de haber “nacido”, tiene la apariencia de una adolescente, y una inteligencia aún mayor. Se llama Morgan, y a pesar de que todos los científicos se dirigen a ella como una persona, Lee insiste en llamarle “eso” para no olvidar que es una cosa.
Morgan es un thriller de ciencia ficción que plantea serios problemas éticos a los que se debe enfrentar la comunidad científica con los avances en manipulación genética de la actualidad, cuya semilla sin duda fue la clonación de la oveja a finales del siglo pasado.
Nos queda claro que Morgan es orgánica pero, ¿eso la hace humana? Tiene 5 años de estar viva, pero luce como si tuviera 20. Habla más de un idioma con perfecta fluidez. Su pálida piel, a pesar de vivir también en las afueras de la pecera donde la tienen observada luce como el acero de un robot.
Por supuesto, Morgan no es humana. Aún. No lo es en la medida en la que somos humanos cuando nos relacionamos como tales. En la actualidad, no somos humanos porque tengamos órganos o hayamos nacido a partir de concepción natural — frente a la fecundación in vitro, imposible y muy polémica décadas atrás, nadie cuestionaría hoy que quien nace por ella es menos humano — . Mientras que en El hombre bicentenario (Chris Columbus, 1997), Andrew fue considerado humano por su comportamiento, por encima del hecho de que seguía teniendo partes de robot, Morgan no es considerada humana a pesar de ser toda orgánica: no siente empatía alguna, no puede comprender metáforas, no entiende el complejo juego social que sólo entendemos nosotros porque lo hemos vivido a la fuerza.
Ella podrá tener una inteligencia y fuerza sorprendentes, pero nunca será humana si no está viviendo en humanidad. Es por ello que el único modo de entender al sujeto y a la individualidad es en lo social: uno es sujeto individual si y sólo si mantiene relación alguna con la sociedad.
A lo largo de la cinta, es la soberbia lo que hace caer a los personajes. El psicólogo del interrogatorio no quiere leer el informe antes de saber a qué se enfrenta. Los doctores sienten una ciega confianza al resultado de su experimento. “Es un éxito”, repiten sin cesar. Éxito que termina atacándolos a todos.
Esa soberbia con la que parece operar la comunidad científica es una de las causas de varios de los desastres ambientales y financieros en los que nos hemos metido los últimos lustros.
Si bien los científicos de Morgan no sienten aprecio por la organización que les paga, e incluso pretenden sabotear a la agente enviada para evaluarlos, su ingenuidad no es menos peligrosa. Habrá que recordar que la ciencia no responde a posición ética alguna, pero los científicos sí.
La disyuntiva ética entre la labor científica y la actividad empresarial que la soporta nos lleva a pensar en los intelectuales corporativos, aquéllos individuos de las ciencias exactas o sociales pagados para responder y procurar el interés privado, aún si este interés está en contradicción con el interés público. Pensemos en aquéllos científicos que asesoran gobiernos o que hacen cabildeo en Congresos de todo el mundo para defender intereses de empresas petroleras o de alimentos.
Incluso fuera del ámbito de las ciencias exactas, en la planeación de políticas educativas también es evidente la terrible consecuencia de confiar ciegamente en intelectuales corporativistas (muchos de ellos al servicio en think tanks o nodos de coworking). Pensemos en los que son contratados por gobiernos para elaborar planes y evaluaciones educativas que una y otra vez han probado su inutilidad y arcaísmo, como el CENEVAL en el caso de México, avalado en su uso por la SEP y cientos de universidades, públicas y privadas, en todo el país.
En este camino de la construcción del saber científico, por supuesto que la ética no puede quedarse de lado. Y si bien la ciencia no tiene un sentido moral al cual responder, por supuesto que quienes hacen ciencia, le pagan a la ciencia, o a quienes nos afecta la ciencia — es decir, la humanidad entera — , tenemos una voz y debemos usarla en este asunto.
La revelación de Lee como un otro del otro (ambos en minúsculas), en el que nos damos cuenta de que ella es un otro, es el perfecto ejemplo de cómo la competencia voraz por el éxito científico no responde a moral mayor que la del dinero. Quien crea que al menos la producción de conocimiento está exenta de esta lógica lo cree por una de dos razones: o en ingenuidad ignorante, como la de los científicos de Morgan, o en cinismo depravado, como la corporación que pagó por Morgan. Y en ambos casos, las consecuencias no son agradables, pero cuando se juntan, son catastróficas.