IN MEMORIAM

Por Nicolás Eliaschev

Con mi familia, estuvimos aquí en esta casa, en el Templo de Libertad, en el último Yom Kippur, un día que parece por momentos perteneciente a un tiempo remoto pero que por momentos parece ayer.

Estuvimos en Yiskor y pudimos decir un Kadish en memoria de mi abuela, fallecida meses antes. En ese momento de recordación de quienes habían partido elevamos también una plegaria por la sanación y recuperación de quienes estaban entre nosotros, enfermos pero vivos.

Ese día, gracias a la invitación cordial del Rabino Sergio Bergman, mi padre pudo hablar ante esta Congregación. Él había ido a despedir a su madre pero el que se despidió en forma pública de la Comunidad y de su Rabino fue él, mi padre, que partió 45 días después de esas palabras.

Hoy, a un mes de su partida, estamos nuevamente en el Templo de la calle Libertad y lo vamos a recordar a él.

Debemos suponer que a él le habría gustado que lo recordáramos aquí, en la Sinagoga de la calle Libertad.

Mi papá fue muchas cosas. Hace unos días buscamos recordarlo en su condición de periodista pero terminamos hablando de él como padre, esposo, amigo.

Hoy empiezo este recordatorio mencionando su condición judía pero sé que ello es un punto de partida para una memoria más amplia, mi padre como padre, como ser humano.

Mi papá fue un judío laico profundamente orgulloso de su origen y de sus antepasados, inmigrantes judíos que vinieron a la Argentina escapando del hambre y de los pogroms en la antigua Rusia, hoy Ucrania.

Por su apertura mental y también por sus propias circunstancias personales (su mujer, mi mamá, el amor de su vida, no es judía) mi padre cultivó una visión del judaísmo que era necesariamente heterodoxa.

Mi padre no era observante pero había ciertas tradiciones que le interesaba mantener.

La principal, la celebración de Pesaj, la fiesta de la liberación, la fiesta de la libertad.

No en vano pienso que le gustaría que lo recordemos aquí, en la calle Libertad.

Libertad para decir y para hacer. Libertad para elegir y para cambiar.

Libertad para soñar.

De nadie aprendí como de mi padre sobre esa pasión por la libertad.

Esa libertad conmemoramos juntos muchas veces en un Seder de Pesaj.

Luego de una historia marcada desde el inicio por las persecuciones y por los exterminios, luego del holocausto nazi, la Shoah, mi padre pensaba que la única manera de garantizar la libertad de los judíos es a partir del reconocimiento de un Estado propio.

Por eso mi padre, aunque desde la diáspora, fue siempre, pero especialmente en sus últimos años, un sionista convencido: un convencido del derecho del Estado de Israel a existir dentro de fronteras seguras. Yo, que lo sigo firmemente en esa convicción, sé, con certeza, que a él le habría gustado que lo recordemos también así.

Pero aunque lo recordemos hoy lo cierto que la ausencia existe y es cierta. Y ese dolor no cesa.

¿Podemos hacer algo con el dolor?

El final de una vida pone todo en cuestión hasta el hecho mismo del sentido de vivir.

En las noches más oscuras uno puede preguntarse qué sentido tiene todo si finalmente nos iremos, si todo es efímero.

¿Qué podemos hacer con la muerte entonces, una vez que está entre nosotros?

No tengo, claro está, respuestas.

Pero al preparar estas palabras y al recordar a mi padre, tuve pistas, iluminaciones repentinas.

Esa luz la encontré en un libro. Y después de todo, qué más judío que un libro.

Ese libro es un libro que escribió mi padre y se llama “Reagan, USA y los años 80”. Su dedicatoria, escrita con su letra en imprenta clara y fuerte, vuelve a mí siempre:

-Hijo- me decía mi padre en 1981 cuando él tenía 36 años y yo seis. -Hijo: cuando tengas la edad de leer este libro muchas de las cosas que estén escritas en él podrán haber envejecido pero lo que siempre será nuevo y nunca envejecerá es mi amor por vos.-

Ahí lo tienen: El amor persistiendo desde las páginas por siempre y para siempre. Padres que aman a sus hijos. Hijas que aman a sus padres. Padres que aman a sus hijas. El amor de la pareja, la persona con la que te despertás al lado y que te recuerda, con una mirada, que la vida vale la pena. A pesar de todo.

Lo lindo de ese libro de mi padre es que me gustó siempre, mucho antes de su partida. Lo leí cuando era adolescente y sus imágenes siempre han persistido en mí.

En ese libro mi padre canta una oda de admiración y amor por los Estados Unidos, país donde nació mi hermano.

Estados Unidos fue un punto de contacto con mi padre a lo largo de los años. Y cuando yo recorrí ese país fui, de alguna manera, tras sus pasos. Y tuve la suerte de poder contar esos viajes en páginas y tuve la suerte de que esas páginas fueran leídas por mi padre, antes de partir.

En ese libro suyo mágico él relata sus viajes por los Estados Unidos y los momentos que ocurren en sus viajes. Y algunos momentos son tal vez los más bellos de su vida.

Llegando a la ciudad de Natchez en el sur profundo y viendo el sol que se pone en el río Mississippi mi padre escribirá:

y, a medida que avance el tiempo, la ciudad junto al río crecerá con potencia como una sensación de placer tan intenso que nunca podrá desaparecer

Y dirá:

Me entrego a la situación sin quejas, poseído por el momento.

Y ahí la segunda pista. No importa que nos vayamos si quedan esos momentos.

Estar presente en el momento, estar presente en el presente. Tomar consciencia de que nuestra vida transcurre en ese momento y que, siempre es ahora, momento a momento a momento. Esa es una manera de vivir que podemos enarbolar frente a la muerte.

Vivir con intensidad cada momento es vivir esa intensidad cuando es la hora de disfrutar. Una puesta de sol o una canción o una tonalidad del cielo o una charla con amigos o el hecho de comer una hamburguesa con tu hija o ir al cine a ver la película de tu vida con el amor de tu vida.

Y mi viejo tuvo esos momentos vividos con intensidad. Con su mujer, con sus hijos, con sus nietas.

Vivir con intensidad cada momento va mucho más allá de disfrutar. Vivir con intensidad cada momento es también luchar, pelear por vivir, pelear por lo que uno cree.

Y mi viejo tuvo también muchos de esos momentos.

Su última lucha fue contra la enfermedad.

Los médicos, a quienes agradeceremos eternamente, tuvieron la sabiduría de no decirle a él lo que se sabía. La inevitabilidad del final.

Sabían los médicos que la vida es, al final, una suma de momentos y que ello es más cierto que nunca en la víspera de la partida.

Y cuando supe que se iría mi padre, eso perseguí. Vivir en el momento, en el presente absoluto.

Podría contar muchos de esos momentos ocurridos en su lucha contra la enfermedad, pelea que mi padre dio con valentía y cubierto de gloria. Lucha hasta el final con el espíritu de Winston Churchill en su batalla y la de su Isla contra la opresión nazi.

Elijo solamente, uno. Un momento, una tarde. Era octubre y mi padre estaba débil pero todavía se mantenía relativamente bien y pasamos una tarde de sábado, juntos. El día era gris, tan gris como gris puede ser una tarde.

Sentados en los sillones de la cocina hablamos por horas y escuchamos jazz. Luego pusimos la televisión. Pusimos la BBC de Londres, ese canal que mi viejo amaba, la misma BBC que nunca dejó de sonar como un ícono de la libertad en la noche más negra de la historia.

Pusimos la BBC y había una escritora que era entrevistada y que leía sus textos.

La escritora era Hilary Mantel y esto fue lo último que leyó:

There are no endings. If you think so you are deceived as to their nature. They are all beginnings. Here is one.

No hay finales, solo hay comienzos.

Nos miramos con mi padre en ese momento. Y permanecimos en silencio. Ese momento no se irá jamás. Ese momento es y será sagrado.

Y entonces, es el momento de terminar (pero en verdad, comenzar) con una plegaria:

Bendito eres Tú, Dios nuestro, Rey del universo, que nos has dado la vida, nos has sostenido y nos has permitido llegar hasta este sagrado momento.

Baruj Atá Adonai Eloheinu Melej Haolam Shehejeianu Vekimanu Vehiguianu Lazman Hazé.

Amén.

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