La ciudad en otro ritmo


Hace pocos días me tocó terminar unos trámites cerca de casa y, para no complicarme, decidí ir sin el auto. Cuando salí, me puse a buscar un taxi para volver, pero sin buenos resultados. Comencé a caminar para casa como para ganar tiempo, pero sin taxi a la vista y ya estando a mitad de camino, decidí volver caminando para aprovechar el lindo día.

Fue ahí cuando pasó… descubrí que hay otra ciudad ahí afuera.


Todos los días paso con el auto por un viaducto que me permité cruzar las vías de tren sin perder tiempo. Vidrios cerrados, siempre apurado por llegar a algún lado. Y, no voy a negarlo, puteando a más no poder por los peatones que parecen vivir con una parsimonia insoportable.

Esta vez, al pasar caminando, todo sucedió a otro ritmo. Vi, por primera vez, la plaza que hay al lado y el aire puro que nunca pude disfrutar. Hice un camino distinto, directo, sin respetar manos ni contramanos porque al caminar no hacía falta. Pasé por los mismos lugares, pero con otro aire… como si fuera otro mundo.

De golpe, desapareció el apuro. Disfruté cada paso, ver los espacios verdes y respirar el aire puro. Me tomó solo 5 minutos, pero fueron suficientes para entender un montón de cosas que nunca había podido percibir en los 10 segundos que me toma pasar en auto.

Cuando llegué al final del viaducto vi un vecino saliendo de su casa con su hija. Apenas asomó a cruzar, bajó a la calle y un auto pasando a toda velocidad casi los atropella. El conductor frenó, pero insultó a medio mundo.

Y yo lo entiendo… Es que realmente no podía comprender cómo aquel “idiota” vivía a otro ritmo.