¡Dinosaurios! : Chris Squire y Yes.

Hablar de Yes es hacer que muchos levanten sus cuerpos de la mesa y se vayan. Fue tanta la buena prensa que tuvieron en la década del 70 y fueron ellos tan punta de lanza del rock progresivo-sinfónico que cuando apareció el punk, en respuesta, comenzó un largo trabajo de erosión sobre la banda: aún hoy para pegarle al rock sinfónico hay que caer sobre Yes, como símbolo de pesadez, aburrimiento, pomposidad, soberbia musical y conservadorismo en las costumbres. Hay que decir que las criticas tuvieron su asidero; la música de la banda, si bien nunca dejó de ser compleja en lo técnico, pasó de la frescura, el talento, la profundidad y la mugre sonora de Close To The Edge (1972) a detenerse sólo en la elaboración y el barroquismo de arreglos exigentes construidos y tocados con la cínica intención de que quien escucha se arrodille frente a tanto virtuosismo técnico. Resumiendo, la banda se movió por un puente errático hacia la afectación. También aportó la saturación del sonido sinfónico en cuanto género, que ya se iba convirtiendo en un mandato superyoico de pretensiones estéticas altas solo apoyadas, insisto, en la autoridad del buen ornamento. Es curioso, aunque lógico al mismo tiempo, que gran parte de esos músicos haya saltado en los ochenta hacia el pop, con la desesperación y el riesgo de quien se toma cualquier colectivo que lo aleje del lugar en el cual solo quedan cenizas.

Chris Squire es un caso un poco distinto. Coqueteó, sí, con esas zonas de la complacencia pero se mantuvo fiel a su proyecto de toda la vida: Yes, el progresivo, lo que maliciosamente se nombra como música para músicos. Transitó todas las etapas de la banda y se encargo de reclutar a varios de sus miembros entre ellos a Rick Wakeman, pomposo tecladista que tensaba los ensayos ñoños de la banda con su afición a las hamburguesas y la cerveza. Hábil, también cargó con el armado pop sesudo de los ochentas sumando con ojo de marinero a Trevor Rabin, guitarrista sudafricano actual compositor de numerosas bandas sonoras.

El sábado pasado leí que se había muerto y no pensé en tanta biografía sino en las líneas rítmicas y melódicas del bajo en Close To The Edge, que empieza por un elaborado recorrido de figuras largas a través de todo el diapasón del instrumento en un contrapunto con el resto de la banda y desemboca en una base de dos riffs entrelazados, como anticipo del lugar hacia el que va a ir la guitarra enferma e inmanejable de Steve Howe. Lo sigue otro motivo que acompaña en los graves a veces al bombo, otras al tambor, y es respondido por ligados en la siempre cuestionada zona aguda del bajo eléctrico para resaltar la acentuación de la métrica irregular. No estoy lejos de la verdad si digo que esta canción conforma uno de los máximos ejemplos de construcción de bases; bajo y batería, Squire y Bruford, siempre bailan en la homogeneidad y llevan a tierra el complejo pulso del tema, aun en los momentos en que sus líneas rayan el contrapunto, la fuga y la distancia. Con esa solidez paraguaya como substrato la cálida y hoy odiada voz de Ian Anderson puede contorsionar tranquila y buscar las imágenes etéreas junto a Wakeman y Howe, todo el tiempo que lo deseen.

Pensé en esa línea de bajo y volví a escuchar el disco entero. No dudo, es uno de los que me llevaría siempre. Y me detuve en el sonido de Squire. Ahí hay una clave. La púa pulsando las cuerdas del Rickenbacker, haciéndolas chocar contra las pastillas imantadas, devuelve el inconfundible sonido cremoso y brillante que se escucha por los parlantes. Esas cosas para el rock en general son importantes. Por eso existe toda una gran industria y enormes cantidades de tiempo invertidas en elegir instrumento. La electricidad hace que hable y suene la madera y el músico confía encontrar a través de ese maridaje su idioma particular. Ahí el progresivo olvida rencores, se hermana con el purista, y juntos discuten horas acerca del orden de los pedales o tipos de micrófonos. A través de esa Moncloa técnica Squire saltea la inconmensurabilidad de los paradigmas y llega al presente: ecos de su estilo se pueden encontrar en momentos de Michael Shuman y Claypool; de su sonido en algunas cosas de bajistas como Olivieri, Flea, Arnedo, Rafanelli y el Fernandez de “La Máquina de Hacer Pájaros”; pero poco y nada de él en Trujillo, Roger Waters o Aznar: como vemos, la paleta de influencias no apunta ni es directamente proporcional al nivel de virtuosismo.

Sacó discos solistas; cantaba bien, lograba buenos agudos en falsete. Pero podemos compartir con la opinión rocker que todo lo que vino después fue una porquería, que Yes es un bodrio, un dinosaurio irrecuperable y pomposo. Con todo, sobrevive firme ese disco verde con letras psicodélicas en azul que vuelvo a escuchar pensando que los Clash están bien, pero esto también; como el pensamiento firme de que existe Dios en aquel que ya releyó a Nietzsche.

Primero se fue el sinfonismo y después Chris Squire, como un ciudadano más. Claudio Gabis recomendaba con intuición de músico vivir en la cautela de no anunciar muertes definitivas; para el ex Manal el sinfonismo está muerto hasta su próxima resurrección. Pero también esa segunda instancia pasó hace un par de años en las manos de Mars Volta, el Pez del quinteto y varias bandas stoner. Ninguna caminó hacia Yes del todo, sin crítica. El filtro del punk es certero y además se sabe, volver es imposible. El tiempo de la cultura no es un círculo, se parece a un espiral que roza los mismos puntos pero a otra altura, modificado, atravesado por mediaciones y negaciones estables. Ninguna de estas razones elegantes inmutó a Squire, que siguió firme levantando una bandera a la cual no podemos negarle nobleza. Recomiendo honrar su gusto escuchando cada tanto la base de Close To The Edge así sea solo como un ejercicio de curiosidad. No por eso deja de ser también una buena oportunidad para darle una chance a lo complejo, al sonido que logró expandir y variar por un rato los fenómenos accesibles al hombre que inclina su oído hacia el rock.

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