Anjanuca y el calabobos.

Me ha tocado sacar a Anjanuca solo. Sin Amelia, ni Susana, ni los chicos, nadie. Y lloviendo. A oscuras. Las ocho y media de la noche de este asco de invierno que está llegando. He salido y no había ni cristo en la calle. Lógico. He llegado al parque, nadie. He abierto la puerta del campo: no es coña, hay una puerta que separa la urbanización en la que vivo del olivar de detrás. He soltado a Anjana y he echado a andar. Ha comenzado a caer calabobos, sirimiri, muy suave. Había una luna gorda que iluminaba nubes de algodón grises. Anjana corría alrededor, conjugando su trabajo de cuidarme con su necesidad de correr 10 km diarios. Los árboles se recortaban en la luz tenue, en el reflejo de las nubes grises y moradas. He echado a andar y he pensado en que esta mañana había leído que nadie quiere que se vaya Pablo Iglesias. Yo. Yo sí, me parece un cadáver político, un nuevo Anguita. Una decepción tan grande como Paco Jémez. Y pienso en el vídeo de Bustinduy sobre el fascismo que vi ayer y lo fácil que es ser firme y educado. Y en el vídeo que he visto hoy de PI y Soraya y el revolcón que le da. Qué duro es ser un héroe pop y que vayas al parlamento y te digan que no tienes ni idea. Pero que no pasa nada, que luego se recorta sólo el fragmento de él y ya no se nota. Total, nadie ve las sesiones completas. He pensado en que Anjana no se aleja de noche tanto como de día cuando vamos por el campo y en que me está cuidando, sin que se note mucho. He pensado que no tenía ningún miedo, que los olivos estaban impresionantes, mojados y majestuosos y que haberte criado en un barrio de mierda con más yonquis que olivos te servía ahora, cuando ya te daba igual. He pensado que, joder, iba a ir hasta la encina grande y he hecho el paseo grande por el olivar y al final, Anjana ha venido y hemos ido andando juntos el último trecho. Cuidándonos porque, aunque ella no lo crea, la he sacado a pasear. Yo. O tal vez no.