Quiero contarles la historia de un pueblo, un pueblo imaginario que nace de mi mente. Este pueblo pensaba que conquistar era una forma de victoria, que conquistar obtenía algo a cambio. Fue la memoria colectiva de su pasado que les llevó a pensar que la sobre-vivencia significaba violencia. Después de que el pueblo llegó a imponer su visión del mundo a través de la violencia, los demás pueblos se dieron cuenta de su estupidez al creerle un día como modelo a seguir. Y justo cuando la desintegración del pensamiento humano se lleva a cabo, justo cuando hemos superado los límites del cielo, el espacio, y la intercomunicación, justo ahí, justo ahí, nos llega el cambio climático y es game over para esta civilización.
Hemos creído inútilmente que éramos los dueños de algo que física y lógicamente era un organismo más grande.
Yo siempre he dicho que a la tierra no le servimos para nada. Si el humano desaparecería, la vida continuaría. A veces me siento mal por no sentir esa empatía tan grande que nuestros activistas animalistas muestran al ver un animal extinto. Es triste. Pero… me acostumbré un poco a la apatía citadina.
Mi lado menos citadino está tan enojada con todo lo que hemos hecho como sociedad, que siente un placer medio maligno al saber que todos nos vamos a morir, y que está bien porque lo merecemos.
Mi lado humanista se para y me reclama que a pesar de ser tan nihilista, aún hay personas sufriendo el día a día que no pueden preocuparse en algo más que sobra-vivir. Entonces me preocupo por la gente, por sus miedos y me olvido de nuestra madre naturaleza.
Por eso vamos a decaer como sociedad, como pueblo. Cientos de civilizaciones han caído, por pequeños eventos que tomó a todos desprevenidos.
