Pabellón de quemados I

Hace diez años tuve la oportunidad de realizar mi internado en el Instituto Nacional de Salud del Niño, mejor conocido como Hospital del Niño, durante los dos primeros meses del año. Mi buen lugar en el ranking académico de mi promoción me permitió poder elegir dicho lugar — los cupos eran limitados — para afianzar los conocimientos de nutrición clínica que recibí durante los anteriores ciclos. Fueron dos meses llenos de experiencias únicas, más allá de lo académico.

Llegué al hospital el primer día de enero, un día en el que la mayoría de personas descansaba luego de disfrutar de las fiestas de año nuevo, pero los internos no podíamos darnos ese lujo, así que llegué temprano a hablar con la Lic. P. — la nutricionista encargada de asesosarme — quien me presentó ante las enfermeras como la “interna de nutrición del mes”. Las miradas fieras de éstas no me intimidaron, más aún al encontrarme luego con la amigable bienvenida de la Dra. T., la encargada del pabellón y de apenas 27 años, “estoy aquí para ayudarte en lo que necesites”, me dijo con voz muy dulce.

Luego, la Lic. P. me llevó por un tour en el cual recorrimos cada cuarto del pabellón; en algunos, yacían bebes pequeños, dormidos, y cubiertos de gasa en distintas partes del cuerpo, en otros, habían niños ya más grandes, viendo televisión, leyendo cuentos, o entreteniéndose con juguetes. Pude ver que varios de ellos tenían la piel del cráneo colgando hacia afuera, después entendería por qué.

Hubo algunos pacientes que me llamaron la atención desde un primer momento por diversos motivos, como Amber, una niña de unos 9 años quien se rehusaba a hablar, o Carla y José, un par de pequeñitos abandonados por sus padres después de quedar con el rostro desfigurado tras un accidente.

Encontré también a Marilyn, la interna de Terapia Física de otra universidad, con quien entablamos una bonita amistad. Ella se dedicaba al “trabajo sucio”, tenía que curar y limpiar las heridas de cada niño, cambiarles las gasas, y ayudarlos con algo de ejercicio. Mi labor como interna de nutrición consistía en pasar revisión de cada cuarto del pabellón, es decir, registrar si algún paciente fue dado de alta o si alguno nuevo ingreso, revisar ciertos datos clínicos en sus historias dejados por las enfermeras, determinar qué tipo de dieta necesitaban y si había que darles algún suplemento especial, además de realizar charlas informativas acerca de nutrición para los padres.

Cada vez que necesitaba hablar personalmente con “mi” nutricionista encargada, tenía que cruzar medio hospital y bajar al sótano donde se encontraban las nutricionistas — usualmente riendo, comiendo frutas o hablando de quién sabe qué — cuya oficina quedaba al lado de la cocina general del hospital. Usualmente me cruzaba con Mario, el otro interno de mi universidad y encargado de los niños de Gastroenterología, quien solía quejarse de cuán flojas eran las licenciadas y que prácticamente teníamos que hacer todo el trabajo por ellas. “Un día me vengaré, tendré mis propios internos a quienes explotaré como ellas lo hacen con nosotros, ya lo verás”, me decía, medio en broma y medio en serio.

Recuerdo que después de haber terminado mi internado en el pabellón de quemados, hablábamos con una amiga que había hecho internado en el mismo hospital acerca del tema. Ella se sorprendió mucho y me dijo que no podía creer que yo le contara con tanta naturalidad lo que veía, pues el primer día que entró al pabellón, salió muy asustada y llorando, pidiéndole a la Lic. P. que la cambiase de pabellón, que prefería estar en Gastroenterología, y que era muy sensible para las cosas que vio con los niños de quemados. Después que ella me dijo eso, empecé a cuestionar el hecho de que quizás no sea yo tan sensible como siempre asumí, pero luego entendí que las cosas que en realidad tocaron mi corazón fueron otras, y no las heridas, sangre o cicatrices.

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