“No quiero meterme en política”

¿Por qué tanta gente preparada y honesta prefiere alejarse de la política?

Cada vez que hablo con amigos o personas que tienen una trayectoria impecable y son realmente inspiradoras les pregunto ¿Si no les interesa apostar por ingresar a la política? Y por lo general recibo la siguiente respuesta.

- “No, no quiero, es que es demasiado, te hacen mierda, lo suelo pensar, pero después pienso en mi familia, en la vida intranquila que voy a llevar”

La conversación siempre suele girar en torno al estado de la política, al perfil poco prometedor de quienes ingresan y a la necesidad de que gente realmente decente ingrese a la política.

Cada vez que he planteado la misma pregunta a personas que realmente admiro, que sería un lujo tener en la política, principalmente para cargos electivos, la respuesta ha sido la misma. Que les encantaría…pero prefieren no arriesgarse.

Y no hablo de personas sin potencial, hablo de gente con coraje, gente emprendedora, líderes idealistas, personas que han montado proyectos y emprendimientos. Gente que ha llevado adelante sus ideas cuando nadie les creía. Gente que enfrenta el aterrador escenario de tener que conseguir todos los días fondos para que sus proyectos funcionen un tiempo más. Personas que han abandonado carreras profesionales exitosas, renunciado a sueldos millonarios, por sus convicciones. Gente con valores, que trabaja por los más desposeídos, que lucha a diario por crear un Paraguay mejor.

¿Cómo puede gente así tener miedo? ¿A qué le tienen miedo? ¿A la corrupción? ¿A la burocracia?

A nosotros.

Sí, a nosotros. Al pueblo. Porque saben que desde el anonimato pueden trabajar tranquilos; que con sus estudios y argumentos pueden convencer a especialistas; que en el uno-a-uno son fuertes, creíbles. Que pueden caminar tranquilos por la calle sin temor, sin que nadie los acuse injustamente de nada.

¿Pero qué pasa si entran a la arena política? ¿Si siquiera levantan un dedo para informar que serán candidatos o candidatas?

Pasa que les caemos encima como una manada de perros rabiosos. “Otro ladrón corrupto de mierda” “Otra aprovechadora corrupta” lo más suave que les vamos a decir. Da lo mismo lo que piensen, lo que hayan hecho, lo impecable de su trayectoria, lo serio de sus estudios, lo bien elaborado de sus proyectos, ahora son “políticos” y por lo tanto pasan automáticamente a ser “la misma mierda”. No estamos dispuestos a escuchar sus ideas, no estamos dispuestos a entender lo que nos están diciendo. Para eso tenemos nuestros prejuicios desinformados, nuestra prensa amarillista que transforma todo en un escándalo o conspiración y a nuestras redes sociales para dar rienda suelta a nuestro odio venenoso y confirmar nuestras sospechas. ¿Qué necesidad hay de confiar en ellos? ¿De creerles? ¿De darnos el trabajo de entender lo que dicen? ¡Naaaah! ¡Mucho esfuerzo! ¡Si yo, con mis cinco minutos de lectura distraída sé tanto como él o ella, con sus años de experiencia! ¡Él o ella debería hacer lo que YO digo!

Y así gente noble, brillante, gente que sería un lujo tener en el gobierno, prefiere dar un paso al costado. ¿Y quién puede culparlos? ¿Acaso nosotros estaríamos dispuestos a someternos a interminables agravios, descalificaciones y maltratos? ¿Nos gustaría meternos en una profesión en la que es aceptable que te escupan, te tiren huevos o te agarren a patadas en la calle? ¿Nos gustaría tener a 7 millones de personas juzgándonos por no hacer lo que ellos piensan que hay que hacer, aunque cada uno piense diferente? ¿Nos gustaría tener que vivir el resto de nuestras vidas necesitando guardaespaldas para nosotros y nuestras familias?

No, no los podemos culpar. Ante una descripción laboral así, el que entra a la política o es un idealista boludo o un verdadero cara de piedra, ansioso de poder y de saciar su ego. Y así, se transforma en una profecía auto cumplida.

Así que perdónenme si pongo en duda que cambiar el sistema electoral, la Constitución o la desaparición de partidos o la creación de nuevos partidos vayan a lograr por sí mismo que pasemos a tener esos políticos virtuosos con los que soñamos, o que en otras épocas de nuestra historia tuvimos. Porque esa gente no le tiene miedo a perder elecciones, nos tiene miedo a nosotros. Porque incluso los políticos virtuosos que están ahí dentro (sí, los hay) no los valoramos, los metemos al mismo saco que al resto y los maltratamos hasta que abandonan la política asqueados. Y así, en un proceso de selección natural, van quedando los peores.

Si realmente queremos que la gente que vale la pena llegue al gobierno, tenemos que empezar a tratarlos mejor. No se trata de creerles todo, de aceptar sin más cualquier cosa, pero tenemos que empezar a informarnos mejor, sin tantos prejuicios, desde más fuentes. Tenemos que dejar esa desconfianza enfermiza, esa fobia ancestral que sentimos hacia los políticos y empezar a actuar un poco más racionalmente, más respetuosamente, ser más comprensivos… más civilizados, a fin de cuentas.

Queremos convocar a los mejores ¿O no?

Entonces empecemos por ser mejores nosotros.

Fotociclo-
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