Círculos.

despertarse a la mañana no es difícil. el problema aparece en el momento de levantarse. salir de la cama se vuelve comparable con escalar una montaña. Prefiero escalar una montaña, así por lo menos no estaría acostada. no quiero moverme. o no puedo moverme. no tengo energía ni para tratar de decidirlo.

me quedo un rato más, a primera hora ya decidí que este día existe en vano.

anoche me quedé despierta hasta muy tarde, otra vez. no puedo acostarme a menos que esté al borde de desmayarme del sueño, porque me pongo a pensar, y pensar me hace mal. tengo que pasar todo el día sin detenerme a pensar. las series y los juegos ayudan. diseñar también, pero es peligroso, porque si llego a frustrarme, todo se derrumba, no sirvo para nada, necesito meterme en la cama.

hoy tengo cosas para hacer y ningún tipo de voluntad para hacer ninguna.

no hacer nada no ayuda, por supuesto. es el primer paso adentro del círculo vicioso que se convierte en ponerse triste, tener aún menos ganas de hacer cosas, ponerse aún más triste, y así continuamente. a medida que doy vueltas al círculo me voy hundiendo más en la tristeza y pierdo la capacidad de moverme. voy abandonando todo lo que hago y tengo que hacer, hasta que lo único que me queda por abandonar es a mi misma.

y me abandono, dejo mi cuerpo en la cama y mi mente apagada. de cualquier otra manera, sigo dando vueltas en el círculo.

hace años que voy a la psicóloga, hace años que hablo de esto. ella le resta importancia, me demuestra que exagero, me recuerda que cuando hago cosas me siento bien, que entrar en ese círculo no tiene sentido. tiene razón, y me ha ayudado muchísimo, estoy mejor que hace unos años. pero es una mejoría engañosa.

con el tiempo fui logrando que los círculos viciosos sean menos graves, que no me arrastren hasta el abandono, que duren menos tiempo. dejo cosas, pero me esfuerzo por aferrarme a las que realmente no quiero dejar, recordando que muchas las puedo retomar. pero esto no significó dejar de sentirme mal. sólo dejé de sentirme TAN mal que no podía hacer nada.

me acostumbré a la sensación de pesadez, de tristeza y de no-ganas. aprendí a no sentir culpa por eso. me acostumbré a levantarme cuando puedo, y a no levantarme algunos días, sin que eso me ponga tan mal. aprendí a no sentir culpa por no poder. me acostumbré a que la emoción por haber hecho algo bien dure un día. aprendí a no sentir culpa por no saber disfrutar por más tiempo. me acostumbré a desear que me pasen cosas horribles. aprendí a no sentir culpa por estar mal sin una razón.

y me acostumbré a seguir igual, a pesar de no tener ganas, a pesar de todo lo demás, porque aprendí que es una trampa elaborada por mi misma, para abandonar todo, una vez más, y no sentir nada.

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