Navegando el Egeo

Veo mujeres que miran al horizonte mientras sonríen y pretenden que escuchan a sus maridos. Veo hombres actuar de niños buscando la aprobación de sus parejas madres. Veo conformidad, comodidad, conciliación. Algunas veces veo descontento. Esa cara de “cómo fue que terminé aquí”. Si no sabés vos, no lo sabe nadie.

Prisioneros de sus circunstancias, como si la vida se les impusiera. Como si no fueran otra cosa que responsables absolutos del lugar en el que están parados en la vida, aunque casi nunca están de pie.

Los veo atormentados, excelentes actores, tan buenos que hasta ellos mismos compraron la ilusión que se fabricaron.

Veo convenciones culturales respetadas al pie de la letra, estructuras erigidas a costa de todo, monumentos insostenibles condenados a derrumbarse de una u otra manera.

Sin brújula interna, a la deriva, aunque todo funciona como relojito: la casa, la carrera, el matrimonio (ahora también igualitario como si la mentira del heterosexual no fuera suficiente), los hijos, la familia, las vacaciones en Europa (o en Mar del Plata, da lo mismo), el ascenso, el auto, la mac, el celular inteligente que nunca se apaga, los amigos (cómplices de la desolación), el shopping (por Dios, el shopping), como si esas innumerables valijas colmadas solucionaran el vacío. ¿El qué? Cómo saber qué es el vacío si no hay toma de conciencia, ni reflexión, ni siquiera se escuchan cuando hablan. Se miran al espejo incapaces de verse como quien realmente son: seres perturbados por el miedo … y la culpa no ayuda.

¿Enojada yo? Por supuesto que estoy enojada, porque no encajo y entonces, uf!, no saben en qué cajón guardarme, pero eso sí, que me quieren guardar y no verme nunca más seguro. Los veo desconcertados. ¿Qué le pasa que está sola? ¿Por qué no habla? Mientras tanto mira, escucha, piensa. No! Horror!

Tengo más malas noticias, ahora también siento. Y a veces la angustia se pone más que cómoda en la boca del estómago y se queda ahí, regodeándose en mi desinterés por combatirla y mi voracidad por desmenuzarla y comprenderla, y cuando ese momento llega, o me pierdo en el laberinto de disparadores que sugiere ese vacío de mierda, desaparece. Si claro, sería mucho mejor hacer ruido, cualquier ruido y hacer de cuenta que no está ahí.

Escuchame bien cuando te hablo: no, no es más fácil, y las consecuencias son devastadoras.

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