De Barinas a San Carlos: viaje al interior venezolano (Día 11)

Urbano es un hombre que teme a Dios. Posee la única casa con dos pisos de todo el barrio de Los Jardines de San Carlos, modesta capital del Estado Cojedes, en el centro-norte de Venezuela. Compró el terreno hace 13 años y hace ocho que empezó a construir el segundo piso. Como casi todos en este barrio -aunque decir barrio puede hacer pensar en un núcleo residencial más organizado de lo que en realidad es- Urbano construyó su casa con sus manos. Ronda los 60 pero su aspecto es el de un gigante corpulento de piel oscura de unos ojos verdes penetrantes.

De vuelta a Caracas desde Barinas hacemos noche en San Carlos. Ha anochecido en una pesada y calurosa noche de agosto que nos invita a sacar las sillas a la calle. Hace solo un año que la calle fue asfaltada. De fondo suena vallenato, salsa y otros ritmos latinos que provienen de dos o tres casas a la vez: las canciones se confunden en el alboroto del barrio de un sábado por la noche.

Los Jardines es un barrio popular, pero no pobre. Aquí hay suministro eléctrico y corriente de agua, aunque cuando llegamos a la casa no había. “A veces se va y vuelve el agua a las 4 de la tarde, pero hoy no volvió”. Como muchos vecinos de este modesto barrio, Urbano tiene su propio tanque de agua para hacer frente a los imprevistos. Los cortes en el suministro eléctrico son también habituales y casi diarios en Venezuela. Pero es en este modesto barrio de Los Jardines de San Carlos el primer sitio desde que llegamos a Venezuela hace 10 días, donde nos permitimos el lujo de dar un paseo por las calles a la luz de un escasísimo alumbrado público. La inseguridad es uno de los grandes problemas del país desde hace décadas.

Foto: Silvia Cobo.

Paseo sin temor

En este inédito paseo nocturno nos acompaña Amanda, flamante esposa de Urbano. Es la primera vez que vemos niños jugar en la calle. Juegan a fútbol, grandes y pequeños, niños y niñas juntos. Apenas dos palos marcan la anchura de la portería. Algunos padres otean a los niños desde el portal enrejado de su casa. La mayoría de casas en Venezuela tienen una especie de porche enrejado que les da un aspecto de jaulas y son de una sola planta. Pero en Los Jardines excepcionalmente vemos otras casas que se atreven a no tener valla, o tienen unos humildes palos de madera unidos con un alambre a modo de valla. Las casas suelen tener dos habitaciones y un salón-comedor. Algunas casas lucen coquetas pintadas de colores llamativos. Otras se quedaron con el color ceniza del cemento y unas pocas enseñan sus tripas de color rojizo. Cuando haya dinero se cubrirán. Por el momento la prioridad es tener techo, algunos son todavía de hojalata.

Entre el griterío, la música y las motos que pasan encontramos algunos carteles de venta informal: “sí hay hielo”, “Sí hay helados”. Con frecuencia en las propias casas se improvisan algún tipo de venta o pequeño negocio con el que tener algún ingreso extra, o simplemente, un ingreso. También aquí podemos encontrar revendedores de productos de precio regulado, los llamados “bachaqueros”. Si un kilo de arroz cuesta 80 bolívares a precio regulado, en el mercado negro puede revenderse a 300 bolívares. Mucha gente humilde ha encontrado en la reventa la manera de obtener ingresos, ya sean como un ingreso extra para complementar los bajísimos salarios, o incluso como los únicos ingresos de una familia. El bachaquerismo se ha convertido en una forma de vida. Para comprar a esos precios subvencionados por el estado deben hacer cola durante horas, al sol, y a veces sin la seguridad de encontrar el producto más buscado y con una limitación semanal de numero de productos.

Algunos muros muestran apoyo a los candidatos chavistas de Cojedes pero conviven con otras llamadas al temor de Dios: “No hay tiempo, conviértete a Dios”. Pasamos por delante de la iglesia del barrio evangélica. Es una sencilla construcción prefabricada en un amplio terreno. Pregunto a Amanda si hay alguna iglesia católica en el barrio. “No, en San Carlos, lejos” me dice.
Preguntamos qué opinión tienen en el barrio sobre la situación de escasez y la subida de precios. Aquí, dicen, la gente está contenta porque el gobierno ha dado materiales a muchos de sus vecinos para que puedan construir sus casas.

Foto: Silvia Cobo

Urbano pacta con Dios

Urbano va todos los días a la iglesia de Los Jardines de 19 a 21 horas, pero los sábados respeta el descanso semanal. Los domingos, sin embargo, toca sesión extra del servicio evangélico que empieza a las 8 de la mañana y acaba a mediodía. Urbano me cuenta que “cantan, oran y se predica la palabra de Dios”. Urbano es un devoto cristiano que no duda en tratar de evangelizarme y mostrarme qué dice la Biblia, en el libro que saca de su biblioteca donde se puede leer en la portada: “Este ejemplar es para usted”.
Su actividad evangelizadora es intensa: la comunidad evangélica visita a enfermos, presos y atiende las necesidades de la gente del barrio. Regularmente tienen campañas de 3 días donde se dedican a predicar en medio de la calle o casa por casa.

Urbano no fue siempre un hombre de virtudes. Nació en el estado llanero de Apure, en el suroeste del país en una familia de 9 hermanos. Su padre se fue y su madre tuvo que sacar adelante a sus 9 hijos. No pudo estudiar y con 16 años empezó a trabajar en una carnicería. Se mudó a Caracas en busca de trabajo y allí pasó 20 años. Se dedicó a la construcción. En la capital frecuentó malas compañías y empezó a beber. ¿Cometiste delitos? le pregunto. Sí, me contesta, pero no entra en detalles. Llegó un momento en que no podía pasar un día sin beber.

Según me cuenta “un siervo del Señor” le explicó el sentido de la Biblia. Como su madre, también convertida a la Iglesia evangélica, Urbino fue educado como católico. Urbano empezó a leer la Biblia con un nuevo interés e hizo un pacto con Dios: si le “libraba del vicio, yo viviría como un hijo de Dios”. De eso hace casi 15 años. Dejó Caracas y se instaló en San Carlos donde su anciana madre todavía vivía. Siendo un hombre nuevo, construyó su casa y pidió a Dios una buena mujer. Amanda había trabajado durante 30 años en el servicio de una familia en Caracas. Volvió a su localidad natal y reencontró a un viejo conocido. A pesar de sus reticencias a casarse, Urbano la persuadió diciendo que Dios “la había mandado para ser su mujer”. Llevan casados 3 años.

Hoy Urbano sigue trabajando en temas de construcción y participa en la vida de su Iglesia. Tiene el piso superior de su casa alquilado y cultivan algunas hectáreas de maíz en un terreno en el estado vecino, sin suministro de agua y luz, que su mujer Amanda heredó de su familia. Urbano practica el diezmo: de todo lo que ingresa ofrece un 10% a su Iglesia. Se acerca mi y casi a modo de gran secreto revelado me susurra: “Cuanto más das, más recibes”.

Crónica 6: Isla Margarita, cuando los venezolanos se van a la playa.

Charlando con Urbano. Foto Andrea Daza.
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