Volver a Caracas (#Día 1)

“Irán está más cerca, Silvia”, me dijo un amigo peruano-venezolano cuando le dije que me iba a Venezuela. No hay mucha gente que entienda porqué vale la pena este país. Hace tres años que pisé por primera vez Venezuela y algo debió gustarme para querer volver. Venezuela fascina.

Nos metimos en un vuelo de Iberia repleto de venezolanos que volvían a casa. Poco turista. Debe ser que Venezuela no “provoca” como dicen ellos, comparado con otros destinos caribeños y amazónicos de alrededor. Pero a mí me apetecía mucho volver para viajar por el país y conocer una Venezuela más allá de su caótica capital.

¿Nuestros miedos? Mi amiga llevaba su maleta llena de regalos para su familia tan distinguidos como champú, pasta de dientes o una prosaicas compresas. Llevaba eso más encargos de amigos que querían enviar a su familia medicamentos que son difíciles de encontrar en Venezuela. Algunos para dolencias serias, otros, algo tan sencillo como un paracetamol.

El vuelo pasó rápido. Ahora en los aviones de largos trayectos tienen en cada asiento una pantalla individual donde cada uno ve lo que le plazca. Eso de la personalización dicen que es la solución para tanta opinión, pero también nos libra de tener que llegar a un consenso, como diría César Rendueles. Miré delante de mi y me pareció tener ante mí una escena muy orweliana: nadie hablaba con el del al lado porque todos estaban aislados y a su rollo con su pantalla.

Superado mi pensamiento filosófico -y rindiéndome a la evidencia que me quedaban unas 6 horas de vuelo todavía-, decidí ver una peli y dejar de interrumpir la peli de mi amiga con mis reflexiones existenciales.

Nos repartieron un impreso para entregarlo a nuestra llegada donde explicar qué llevamos “nuevo” en la maleta y qué importe tenía. Yo llevaba un par de kilos de Harina Pan (harina de maíz, ingrediente base de la quinta esencia del venezolanidad: la arepa), que mi amiga me había pedido que yo llevara por overbooking en su maleta, junto a una botella de vino y un disco duro. Lo mío no sumaba mucho, pero a ella le entró el temor: ¿debía decir que llevaba 400 euros en compresas (montañas de ellas), un paquete de pañales para una persona muy mayor, pastas de dientes, jabón, tampones y medicamentos? Pues sí, lo hizo.

Al salir del avión nos esperaba una muy social espera de una hora (por lo que no habíamos hablado en el vuelo por las pantallitas, por fuerza sería en la cola), para pasar el control de inmigración.

Y allí estaba él de nuevo: aquel mural de Chávez rodeado de niños que tanto me impresionó la primera vez que llegué. Era algo así como “dejad que los niños se acerquen a mí”. Tenía curiosidad por saber si seguía allí y efectivamente, incluso después de su muerte, la imagen de Chávez es lo primero que ve un extranjero cuando llega a Venezuela.

En la cola conocimos a un chico de Maracaibo que estudiaba en España. Tenía 22 años y parecía que tuviera cuarenta: camisa azul cielo, americana azul marino y pantalones kaki. Pero yo lo miraba fascinanda preguntándome cómo conseguía mantener a raya su negra larga melena después de 8 horas de vuelo. Era como para preguntarle que qué marca de gomina utilizaba… Nos avisó que en Maracaibo -capital petrolera de Venezuela- de 10 a 3 de la tarde no se puede salir a la calle del calor que hace y que probemos la especialidad local, la arepa cabimera: una montaña de sabores y salsas que solo de oírlo dudabas que te fuera a entrar en la boca. Ok, gracias. Allí iremos.

Al final el funcionario de migración le cayó en gracia mi amiga y yo estaba por dejarles solos… Nos preguntó qué profesión teníamos, dónde nos quedábamos y qué día nos volvíamos. Fue más agradable que mi primera vez. Esta vez soy “profesora”. Y con golpe de sello y un alegre “Bienvenidas, muchachas!” Venezuela se abría a las contrabandistas de la Harina Pan.

El susto fue cuando fui a recoger mi maleta. Un sospechoso polvillo blanco se entreveía en la cremallera. Y yo, que soy muy peliculera, ya me veía en chirona. ¡Uff! no: la Harina Pan explotó en mi maleta. Nada más pasó y al cruzar el umbral una gran muchedumbre ansiosa por ver a sus familias nos inundó de euforia. Entre carteles de bienvenida, lágrimas y abrazos habíamos llegado a Venezuela. Por fin.

Crónica 2: Las muchas venezuelas (Viaje al Zulia)

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