Un día con Baltasar Garzón/Caso Julian Assange
(Crónica)
Mediante rueda de prensa, el 16 de agosto de 2012, a las 07:37, el canciller Ricardo Patiño anunció que se concedió asilo diplomático a Julian Assange fundador de Wikileaks, su defensor, un hacker distinto, Baltasar Garzón, más conocido como el “juez estrella”, el nombre más sonado de los periódicos y medios españoles y del mundo. Amado y odiado porque ha tocado los grandes temas que han agitado el contexto democrático de España y del mundo.

El reloj marcaba las 13:00. Yo aguardaba ansiosa en la sala de espera, mientras caminaba de un lado para el otro pensando: «¿Qué le pregunto primero?,¿Qué tal será su carácter?,¿Cómo será en persona? »
La pantalla de llegadas del aeropuerto de Quito indicaba que el vuelo Avianca número 7389 había aterrizado, tal como señalaba el itinerario a las 13:02.
Mientras revisaba mi teléfono y contestaba los intensos mensajes coordinando su agenda, con la mirada baja, totalmente distraída, él ya había salido y se encontraba frente a mí. Con cartel en mano y mi rostro de susto, di la vuelta a la pancarta que estaba al revés y me acerqué a saludarlo.
Luego de la presentación hice la pregunta más obvia en ese escenario:
— ¿Cómo estuvo el vuelo?
— Cansado — me respondió. Voy a pasar al baño.
Me quedé con su equipaje mientras pensé en los cuarenta minutos que nos tomaría llegar al hotel y las ansias de poder entablar una conversación con el afamado juez.

Este coleccionista de viñetas, de ojos vivos, mirada afable, cabello blanco, agobiado y con cara de cansancio me saludó amablemente en el aeropuerto y subió al auto.
— ¿Viaja solo?—pregunté.
— Sí, ¿pensabas que vendría con Abel?
Se me hacía muy raro que alguien de su nivel no viaje con su asistente personal, sin embargo, Abel mantenía contacto conmigo y monitoreaba todo a distancia.
— ¿Cómo estuvo Bolivia?
— Bien, estuve con Rafael Correa voy adelante, quiero estirar las piernas — contestó mientras subió al auto.
Enseguida se acomodó en el asiento, abrochó su cinturón de seguridad y tomó su celular. Con voz calma, con un ligero ronquido y acento andaluz daba instrucciones de trabajo durante el trayecto.
Mientras voy en el asiento de atrás, pienso en todo lo que supone tenerlo enfrente y todo lo que tiene que contar.
¿Cómo un hijo de agricultores que trabajó en una gasolinera y que fue expulsado de su colegio por presentar pensamientos comunistas, llega a convertirse en uno de los actores clave más relevantes de su país y del mío?
Baltasar Garzón tiene 62 años que se ven encubiertos por la energía que desprende; incansable, inquieto, no duerme, ve amanecer y anochecer viajando por todo el mundo buscando apoyos.
Es así que durante el trayecto del aeropuerto a su hotel realizó varios contactos, llamó a la Ministra de Relaciones Exteriores trataba de coordinar una reunión con el presidente Lenín Moreno.
A escasas cuadras de llegar, revisó su agenda, sacó su computador y me pidió que imprima su ponencia, la cual la grabó en un pendrive.
Es un hombre práctico, que viaja sencillo, con lo estrictamente necesario; lleva un maletín algo desgastado en el que tiene el gran peso de la información que maneja. Un apasionado lector, admirador de la obra de Guayasamín, que bebe café en los recesos y que toma apuntes con bolígrafo.
Durante la tarde de ese día, su agenda cambio más veces que un vuelo de avión con turbulencia.
Jamás perdió la calma frente a la variabilidad de los funcionarios del gobierno. Su último mensaje lo recibí cerca de las 22:00, con todos los estragos y tensión que sentimos por varias horas.
Me despedí acordando recogerlo al siguiente día para continuar con sus actividades.
Lo esperé en el lobby del hotel en la mañana. Salió con su maletín en la mano, camisa lila y corbata del mismo tono, listo para enfrentar la jornada. Una vez en el auto volvió a repasar la agenda, hablar por teléfono y a seguir trabajando.
Ya en la rueda de prensa mientras lo escuchaba hablar de forma muy tajante con los medios, hago una seña para salir a la siguiente cita en el centro histórico. Una vez en el auto inicio la conversación:
— Ha manejado muy bien las preguntas de los medios.
— Ya soy viejo lobo. Me contestó con una sonrisa.
— ¿Por qué defender a Julian Assange?
— Porque creo que lo que se ha hecho con él, es algo muy grave, es un delito inexistente, no hay pruebas, no hay ninguna causa real, tanto así que el Comité Legal de Naciones Unidas falló a su favor. Han primado intereses económicos dirigidos para silenciar a WikiLeaks.
El juez está convencido de que no defiende a un presunto violador, por esa razón aceptó la defensa pro bono, es decir, sin cobrar absolutamente nada.
— No me importa que carácter tenga si es agradable o egocéntrico, él como cualquier ser humano se merece un trato justo. Es una detención arbitraria que afecta a su salud emocional y física. Es una violación a los derechos fundamentales.

En el fondo pienso que se parecen y por esa razón el titular del documental “El juez y el rebelde- Hacking Justice”.
— En Ecuador existe un desconocimiento por parte de la ciudadanía sobre este tema. ¿Cómo hacer para que esto cambie?
— Pasa en todas partes, tiene que haber un uso responsable de la información. Una mentira contada mil veces se convierte en verdad. La expansión de la información es algo imparable. Desde FIBGAR hemos generado plataformas de protección y regulación para quienes se las juegan y desean desvelar comportamientos no éticos por parte de sus gobiernos y empresas. Por ejemplo Panamá Papers, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) , están sacando a la luz documentos, pero ¿y luego qué?, no se profundizan en los hechos que se denuncian, solo mandan a matar al mensajero. El ex-juez de la Audiencia Nacional habló con firmeza.
Mientras viajamos me transmitió sus puntos de vista de una forma didáctica y apasionada. Me comentó que no se postulará a la alcaldía de Madrid. Hablamos sobre la financiación irregular de los partidos políticos y la derecha española, sobre la libertad de expresión, los fondos reservados en el gobierno de Felipe González y el tiempo se me hizo corto.
Es un hombre a quien “han tocado pero no hundido” que tiene fe en la sociedad, y que lucha por una Justicia de verdad, más auténtica. Mantiene sus convicciones, coherente en sus intervenciones que tiene claro que el servicio público no es de aprovechamiento público, lo que le llevó a dimitir de su cargo en un momento de su carrera.
Luego de dar un largo repaso por temas como la expansión de la información, la globalización, la guerra sucia, su amistad con los Kirchner, el tiempo se nos terminó, y el día llegó a su fin. Siento que tiene tanto que contar y yo de preguntar. Y en ese momento Abel me envía un mensaje y me pide imprimir su pasaje de avión con destino México.
Con la nobleza que lo caracteriza, el último mensaje que recibo en mi celular el 23 de junio desde el aeropuerto concluyó con un “fuerte abrazo y a vuestra disposición”.
Y yo me guardo en la memoria una de sus frases. “lucha por aquello en lo que crees”.