Removiendo el café

Estoy sentada en el Café Barbieri frente a una taza, dando vueltas a una cuchara en el sentido de las agujas del reloj. Suelo pedir dos sobres de azúcar y procuro que éste sea moreno. Es necesario que la cuchara realice varios giros para poder diluirlo en la amarga cafeína.

Al levantar la vista de la mesa miro alrededor. En frente hay un chico con gafas de pasta. Sobre la mesa descansa Anna Karénina abierto por una página que se encuentra más cerca del fin que del comienzo de la obra. A su izquierda dos chicas charlan, una parece preocupada, la otra inventa excusas para calmar su tensión.

La camarera, que parece una estudiante Erasmus proveniente de algún lugar del norte europeo, se acerca al chico de las gafas. Le pregunta, con un español no muy logrado, qué va a tomar. No escucho lo que quiere. La Eramus lo apunta en una libreta de hojas carcomidas y se vuelve a la barra. Puede que lleve apenas unos meses aquí, que estudie ciencias o letras en la universidad o que haya venido a trabajar a este país en busca de los días de sol que no disfruta en su país, o de noches despejadas que le permitan observar la luna. Pero también puede que no busque nada que se encuentre en el cielo, sino en la tierra.

El chico de gafas de pasta dirige la mirada al libro. Parece tímido. Es posible que en su casa se apilen los libros sin ningún cuidado, porque seguramente el chaval sea desordenado. No debe vivir lejos de aquí.

Las chicas siguen charlando cuando entra por la puerta un viejo con pelo largo. Le conozco. Hace tiempo que no le veía. Solía acudir a las conferencias republicanas y enfadarse en el turno de preguntas, aportando un punto de vista normalmente algo contradictorio. La última vez que le vi fue en una charla del Ateneo organizada por Ciudadanos por la república. No sé que edad tendrá, parece soltero y tiene el rostro serio.

La camarera Erasmus sirve un café al chico del libro de Ana Karenina.

Vuelvo a las chicas. La que tiene el “problema” busca algo en el bolso. Saca un móvil, sonríe y le enseña la pantalla a la otra. Comienzan a reír. El viejo del pelo largo las mira con semblante extrañado y el gafapasta le observa. Mientras, buscan a la camarera Eramus para pedirle la cuenta. El viejo dirige su mirada a mí y yo vuelvo la vista a la taza.

Sigo dando vueltas al café como la tierra sobre sí o como las vidas sobre las personas, qué más da. Porque la vida no es más que vueltas, no es un camino, sino continuas rotondas. Y no es que el ser humano sea el único animal que tropieza dos veces sobre la misma piedra, sino que es el único que desea que esto suceda, pues más vale piedra conocida en la que tropezar que barranco por el que resbalar. Y basta ya de refranes que nunca fueron mis amigos.

El círculo que dibujaba la cuchara crecía como crece el de nuestra perspectiva cuanto uno quiere, y en ese momento se abría hasta al siglo XIX, cuando en ese lugar a esa hora, un grupo de personas discutían sobre un proyecto, una novela o un “problema”. Mientras, otros les observaban y escribían aquello que veían en un bloc de notas.

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