El fin del mundo

Sábado, ocho de la mañana. Suena el timbre del citófono.

— Buen día, hermano.

— Sí, buen día.

— ¿Cómo amanece?

— Pues… Bien.

— Ah, me complace escuchar eso. Le cuento. Mi nombre es Johan y pertenezco a la iglesia del Salón del Reino. Junto a varios hermanos estamos recorriendo el barrio y esta mañana acudimos a usted con una interrogante.

— A ver, qué será.

— Es una cuestión de la mayor importancia, hermano.

— Bueno, láncela.

— ¿El fin del mundo está cerca, o sobrevivirá nuestra civilización? Dígame, ¿qué piensa usted?

— El mundo está condenado, amigo.

— ¿Cómo así?

— La última gran guerra estallará hoy por la tarde. Hoy mismo. Y la razón es simple: nosotros, la gente decente que trabaja toda la semana, desataremos una cruenta venganza contra ustedes, los necios que interrumpen nuestro descanso con preguntas inoficiosas. Prepárense. Adiós.

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