Una Utopía Llamada Creatividad

“Y cuando tengamos oficinas, tendremos un gato llamado Utopía” — dijo mi amiga.

Como muchos en estos países tropicales, terminé en publicidad por accidente. De pequeña nunca anhelé ser publicista. Tampoco soñé con hacer anuncios de televisión. Tampoco deseé viajar a Francia todos los años para recibir alguna estatuilla dorada, de esas que terminan empolvadas en repisas de agencias con delirios de grandeza. No. Tan poca imaginación tuve, que lo único que se me ocurrió desear era nadar junto a delfines igual que un tal Jacques Cousteau, y cuando la realidad golpeó a mi puerta allá por los 12 años, solamente atiné a querer ser artista y aprender el oficio del diseño para crear cosas buenas, funcionales — y por qué no, estéticas. Nunca han sido las ideas mi problema, sino que la ambición. La ambición de creer en el diseño para transformar la realidad.

En fin, comencé este viaje “hacia la creatividad” en un estudio de diseño y producción digital en El Salvador hace 10 años. Mi jefe, antes que un jefe, era un mentor. Un guía. Un amigo. Para ese entonces, yo tenía 21 años y, aunque no fuese un cheque soñado, era el salario emocional y la satisfacción de trabajar junto a amigos lo que hacía que todo ese esfuerzo fuera priceless. Fuimos pequeños, pero nos impulsaba soñar, crear, hacer.

Juntos diseñamos marcas, escribimos guiones, tomamos fotografías para enaltecer los productos de artesanos salvadoreños. Conectamos a negocios con usuarios a través de Internet. Soñamos con crear el primer cortometraje en animación tridimensional de El Salvador. ¿Por qué no?

Pero como toda historia creativa, el sueño no era rentable. Llegó el 2009 y la crisis golpeó fuerte en El Salvador. La planilla dejó de producir y, como muchos otros, fui de las suertudas en quedarse sin trabajo.

Así comenzó el éxodo creativo.

Un Éxodo de 10 años

Nunca aspire trabajar en una agencia de publicidad. Tampoco sabía con certeza qué era lo que hacían. Yo solo sabía hacer diseño para pantallas. Yo solo sabía de Internet.

Pasé 6 meses desempleada, pero como no puedo quedarme quieta, encontré amigos que me abrieron sus puertas para hacer pasantías y aprender el oficio de la producción audiovisual.

Todos los días después de las clases de la universidad, terminaba las noches en una sala de postproducción, aprendiendo de composición, animación y edición. Nunca me dejaron tocar un proyecto en la computadora, pero sí me dejaron asistir la producción.

Así que ahí iba yo, haciendo y aprendiendo. Aprendiendo y asistiendo. Asistiendo casting. Asistiendo pre-producción. Asistiendo vestuario. Asistiendo dirección. Recibiendo las especificaciones del equipo técnico a llevar. Presentándome a las 3 de la mañana para entregarle al gaffer-boy aquella lista de equipo que nunca supe diferenciar. Terminando el día a la media noche, descargando el material, tan cansada para moverme, pero tan atenta escuchando historias personales de aquel storyboard artist, soñador igual que yo, entendiendo que es la amistad lo que une al gremio — el ghetto, mientras al fondo sonaba la música de Pink Floyd. Si. No tener anillos de oro puestos en las manos y trabajar junto a la gente ha sido mi super poder.

Claramente entendí que mi futuro no era trabajar en una productora. Dentro de un mercado saturado, ellos también luchaban por mantener a las agencias contentas y a los clientes felices a pesar de tener que filmar todo de nuevo, editar todo de nuevo y producir todo de nuevo en menos 24 horas, todo esto sin pago adicional, sin horas extras. Sin ni siquiera un “gracias” de por medio.

Apliqué en estudios digitales y aunque no me contrataron, me recomendaron. Un buen día me llamaron para una entrevista, y para mi sorpresa, era uno de los directores creativos que había visto desfilar por la productora. Me contrató para hacer el trabajo que sabía hacer: digital.

Y así fue como empecé en esta industria. Produciendo banners web. Escribiendo contenido. Editando contenido. Diseñando sitios web. Administrando sitios web. Animando comerciales de televisión. Animando para OOH “digital”. Diseñando contenido para redes sociales. Adaptando estrategias creativas para redes sociales.

“He ahí una millennial, ella debe de saber”.

Así que ahí me tenían, en un turning-point sin retorno, emprendiendo el oficio digital. Estudiando sobre estrategia, sobre redes sociales. Descifrando la incógnita del Engagement Rate, la broma de los KPIs y los maliciosos algoritmos. Trabajando en Facebook, Twitter, YouTube. Diseñando app móviles. Aprendiendo a regañadientes junto al equipo de la agencia y junto a clientes. Remando, no sé para dónde pero remando. Administrando equipos de community managers. Gestionando el trabajo del día a día. Actualizando status. Negociando con clientes. Peleando con proveedores. Generando ideas informadas gracias a los insights recolectados en redes sociales. Contratando. Contratando desde communities y project managers hasta asistentes de gerencia y tráfico. Diseñando no sólo estrategias sino que estructuras de “nuevas” agencias. Dirigiendo equipos creativos. Desarrollando talento. Quitándome de en medio para que otros presenten sus ideas, desarrollen su potencial y brillen. Emigrando hacia otros mercados. Conociendo a publicistas de otros países para concluir que, ¿esta broma de publicidad? No. No vale la pena hacerlo.

¿Eres idiota? No Señor.

10 años han pasado. Hoy, estoy “de vacaciones” sentada en una cama rentada, en una habitación rentada, en una casa rentada, en una ciudad rentada. Una ciudad donde soy una extranjera más. Una extranjera lo suficientemente ingenua para continuar creyendo que algo se puede cambiar. Que se puede hacer de la creatividad un negocio, una comunidad, una amistad. Es la ingenuidad mi mayor virtud y mi mayor debilidad. Es pesada la maldición de los “dreamers”.

Pero nada de lo que escriba acá importa. Porque aunque los sueños sean míos, la tangibilización de las ideas no. Porque aunque el entusiasmo sea compartido por algunos, el entorno es duro, escéptico, temeroso. Porque no importa lo que suceda, el campo de juego tampoco es mío. — Y sumemos a la lista de ingredientes el sencillo hecho de ser mujer, de ser minoría.

¿Por qué es eso importante? Porque, por poner un ejemplo, dentro de un entorno creativo de 6 personas, hoy apenas hay 1 mujer. En un equipo de 9 personas, con suerte hay 2 mujeres. La relevancia no es ser mujer, es ser minoría. Minoría pisoteada porque es la industria es un Torre de Babel donde cada quien habla su propio idioma, porque no hay grupos que apoyar, ni role-models que seguir. Tampoco hay sistemas en práctica impulsados por la minoría, por el ghetto. Es simplemente una realidad donde, a nivel mundial, las mujeres apenas representan el 3% de la industria.

Y si has leído hasta acá, espero entiendas que no se trata de una queja pública, se trata de una descripción de una realidad que no vivo solo yo, sino que viven muchas personas más. Una realidad donde los pocos talentos adentrados en sus 30 años comparten el mismo sueño: salirse del sistema. Crear sus propia “empresa”. Ser sus propios jefes.

¿Para qué? ¿Para terminar desangrándose junto a los demás peces que conforman esta industria? ¿Para terminar comprometiendo sus ideales porque hay que generar flujo de caja porque el sueño no es rentable? ¿Y al cabo de 6 meses, terminar sacrificando el sueño para aceptar eso mismo que te hizo salir del juego?

Ridículo.

Nadie tiene la respuesta sobre lo que se debe hacer. Todos están como pollos sin cabeza corriendo de un lado a otro, imaginando sistemas, diseñando visiones con la promesa — la promesa!, que esta vez será diferente.

Mientras tanto, seguiré repitiendo lo que dijo un tal Bert Cooper: “Tu trabajo consiste en tolerar ciertas cosas para conseguir lo que quieres”

¿Y qué es lo que quiero?

¿Abrir los ojos?

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