Hola vos

Hoy quiero escribirte.

Lo hago pensando en la sonrisa que se dibuja en tu boca, que se pinta en tu cara.

Te escribo aún sin conocerte.

Estoy en un tren con destino a Florencia y a la estación llegué temprano, como es sabido, como siempre lo hago.

No quería que esto fuera así: me senté de espaldas a la dirección en la que va el tren.

Y aunque el paisaje es verde-increíble, así miro todo lo que voy dejando atrás.

Sabés, a mi me parece que siempre hay que mirar para adelante, y que el camino se abra enorme, que se venga encima, que me lo bailo todo.

No sé como será la gente que se llama igual que yo, ni porque el helado de dulce de leche está tan sobrevalorado.

Se termina Mayo y las vías del tren siempre me ponen a pensar.

Existe una sensación de gracia divina, de cielo oscuro, ropa liviana y vino en mano, en donde nos decimos todas-las-palabras. Te respondo sabiendo que lo que viene me va a dejar paralizada mirándote a los ojos, pensando como contraatacar. Es como un tenis-textual, una guerra de los textos. Y la pelota nunca pica afuera.

Casi como hablar un nuevo idioma que en realidad, ya sabemos. Y que sacamos a relucir porque así lo decidimos, esa noche estrellada de veintitrés grados, ojos achinados y cientos de minutos regalados para no dormir.

Entonces no existe en ese estado ser alguno que juzgue ni el cómo ni el porqué: este mundo ya ha juzgado demasiado.

Y me servís más de lo que haya porque se disfruta ese preciso momento en el que jugando con los dedos agarro el vaso, y te sorprende la manera en la que giro la mano. Mis dedos bailan a toda hora y me repetís, con un nivel de seriedad inquietante, que ojalá vos pudieras hacerlo con tanta categoría.

Deseo te hayas encontrado con el sabor inabarcable de sentirse libre, atado a nada.

Y se sabe que todos en esta estación, en esta vida, en todas las vidas, se dirigen hacia algún lugar. Y aunque yo no sepa con certeza a dónde, tengo claro que voy a llegar.

Es obvio a esta altura notar que e s t o que lees es indudablemente mío.

Hay cosas que nunca te dije y sin embargo las supiste poner arriba de la mesa con la misma rapidez con la que comés una tostada. Y eso, es justamente lo que esperaba que hicieras.

Sabemos que durante estas tres horas de recorrido me perdí un par de veces, y que nunca las fotos que saco le pelean a lo que ví. Que vuelvo distinta esta vez, como aquella vez, como todas las veces. Es por esto último que siempre me voy a atar fuerte las zapatillas pero nunca los pies.

Hoy te escribo. Y mientras el tren llega a la estación, imagino la sonrisa que dibuja tu boca, que se pinta en tu cara.