Mareas

Hay un crujido que estremece a los tripulantes, a los soldados que se agazapan unos contra otros debido al movimiento interminable del barco. El olor a humedad, a pis, a sudor penetra los huesos, carcome los pulmones en cada respirar. La ratas se pasean de un lado a otro, están buscando una salida de este pedazo de madera el cual parece se perderá en las profundidades del océano. Todo alrededor se mueve de un lado a otro, no hay nada en su lugar, es un vaivén sin final de objetos. Afuera, la marea está agitada, la tormenta pareciera que el mismo dios de los océanos la dirige. Y el océano, el océano está hambriento de carne humana.

Sí, carne humana de este pelotón que intenta surcar el océano en búsqueda de nuevas batallas, nuevas glorias, nuevas conquistas. Pero se encuentran recluidos en este espacio tan pequeño y a la deriva. Sus rostros no expresan emoción alguna, están pálidos, ojerosos, en cada latido de su corazón la vida se les está escapando. Pero a pesar de ello ninguno parece inmutarse o intentar hacer algo para cambiar esta situación deprimente, permanecen rígidos, sus músculos parecieran no responderles, son presos de algo que no tienen el poder de controlar. Su suerte está echada, su destino es una moneda que gira en el aire y el azar lo decidirá, sus vidas no les pertenecen, no aquí, no en los mares. Solo deben esperar a que la moneda caiga, a que la tormenta se los trague o que por algún capricho de la misma los deje llegar a su destino.

Sí, no expresan vida alguna y es porque no están en su territorio. Son soldados atrapados y sin oportunidad de defenderse, como animales acorralados los cuales no tienen ningún lugar a donde escapar. Son guerreros que no tienen, en esta ocasión, el control de su vida. Esto mientras estén recluidos en este pedazo de madera a merced de la furia del océano.
Pero a pesar de todo esto, no hay miedo, no temen morir, ya que son tantas las veces que se han topado antes los ojos de la muerte que le han perdido todo el respeto que un humano cualquiera debería de tenerle. Su anhelo es abrazar a la muerte en el campo de batalla, rodeados de los suyos, ya que será lo más cercano que estarán de abrazar la gloria, de alcanzar el destino para el cual nacieron.

Y ahí, donde todos esos soldados viajan como ganado, hay un personaje solitario. Un personaje enigmático, se encuentra sentado, casi sin respirar, parece muerto. Los vaivenes no le afectan, se mantiene estático, como esperando algo. Se encuentra aislado, no porque él lo haya decidido así, sino porque nadie desea acercarse, hasta las ratas rehuyen encontrase con él. Una atmósfera de miedo y terror lo rodean. Todos los tripulantes son guerreros adiestrados en el arte de matar, de la guerra. Todo son excelente asesinos, excelentes soldados, son parte de un todo que forma la punta de lanza del imperio. Pero a pesar de ello le tienen respeto a este personaje tan enigmático.

¿Quién es?
¿Por qué le tienen tanto respeto?
¿Qué hace en ese lugar?
¿Qué lo hace tan siniestro?

Está cubierto por un capa que tapa su rostro, se ve húmeda, roída. Sentado sobre la madera y con los brazos en sus rodillas, sus manos le cuelgan. Sobre su cintura tiene dos espadas que parecen colmillos, afilados, pulidos, listos para probar la sangre humana que tanto desean, de la cual se alimentan.

Debajo de ese pedazo de tela se encuentra el cuerpo de un hombre que al candor de las batallas ha esculpido cada uno de sus músculos los cuales parecen ser los de un dios. Pero no sólo son músculos los que se ocultan, también hay cicatrices que cuentan sus andares en batallas. Son intentos que le han querido arrancar la vida, pero que no lo han logrado. Cada cicatriz es una enseñanza, un recordatorio de que puede morir. Una forma de recordarse a sí mismo que la muerte es solo cuestión de un error, cuestión de una mala decisión que significa exhalar su último aliento.

Sus manos, con las venas que parece querer salirse de su contorno, demuestran que ha arrancado muchas vidas. Tal vez miles, tal vez más. Han sido tantos los cuerpos que ha mutilado, tantos los incrédulos que pensaron que podrían acabar con aquel guerrero. Es por estas razones que sus propios compañeros le respetan, esa es la razón por la cual no se acercan a él. Es un solitario, un asesino especializado, un recolector de almas. La muerte es su única compañía y desprende un olor a muerte, a sangre, a infierno. Alza la mirada, se pueden apreciar sus ojos. Son de un color negro tan profundo que te pierdes, caes en la desesperación al verlos. Se hiela la sangre ante esa mirada, que es como la noche más oscura donde ninguna criatura con vida se atrevería a salir porque sería engullida al abismo que representan. No proyectan sentimiento alguno, sólo un vacío enorme. Parecen ser los ojos de un demonio, sediento de sangre y hambriento de almas. Pocos saben su historia, el cómo llegó a ser parte de este ejército, pero callan por temor a ser asesinados o sufrir algo peor, sí, hay destinos peores que la muerte. El emperador es el único consciente de su pasado, él lo enlisto en su armada, sabía que ese personaje sería su mejor soldado, su mejor asesino, su mejor arma.

Afuera la tormenta continúa, el barco sigue a merced de las mareas, de la furia del océano. Las vidas de este pelotón no significan nada para la tormenta que desata su furia sobre la embarcación del imperio, olas tan grandes capaces de borrar todo rastro de ella. Suben y bajan, no hay piedad, no para el dios del océano.

Un crujido a estribor del barco hace que todos mantengan silencio, hace que mantengan la respiración, expectantes a lo acontecido. Un instante después el agua ha empezado a entrar, una ola gigantesca rompió a estribor del barco, es tiempo de que hagan algo, deben intentar evitar que entre a la galera. Se empiezan a escuchar órdenes de los oficiales para hacer lo necesario y evitar que siga entrando, todo transcurre sólo en unos cuantos latidos, latidos que se convierten en minutos, minutos que se convirtieron en horas. Sí, horas, horas en los que esos soldados lucharon para evitar que la galera no naufragara.

Después la neblina se traga al barco, un ruido a la altura de la proa hace que todo vuelva a estar en silencio, una vez más. Unos cuantos soldados salen a cubierta para ver el panorama que los rodea. La neblina se esparce hasta donde la vista alcanza. El sol hace su presencia, el amanecer se pinta de un rojo carmesí, un rojo que anuncia las próximas batallas que están en puerta. La olas tranquilas, serenas, como si la tormenta nunca hubiera existido, una pesadilla de una mala noche

Una pequeña estela se dibuja cerca de la costa. De entre la penumbra aparece una especie de barco fantasma, de velas negras, parece que es tripulado por muertos vivientes. El palo mayor ladeado y todas las velas están roídas como harapos de un mendigo. El silencio embarga la escena, el pavor que representa aquel navío se hace presente. De alguna manera o por algún capricho, la tormenta no se lo trago, dejo que llegará a su destino. Los tripulantes han dejado de ser estatuas, han arribado a su destino, saben que ahora les corresponde hacer su trabajo, para que lo están, para lo que nacieron, ir a la batalla, derrotar a todo aquel que se interponga a los deseos del imperio.

Al fondo, aquel personaje por fin da signos de vida, se pone en pie, se cepilla la capa, elimina todos sedimentos que se han acomulado en ella e inicia su andar para salir, todos se hacen a un lado a su paso. Los soldados lo miran al pasar, le tienen más respeto que a sus propios oficiales al mando. Él, que siempre es el primero en entrar en batalla y último en salir.

Han llegado, han llegado a su destino
Este continente perdido y olvidado
Dividido por varias sectas y pueblos que saben que por mucho que peleen e intenten repeler a estos intrusos no lo lograrán
Son la avanzada del mayor ejército conocido en la historia de este mundo
Comandados por grandes generales y sobre todo, acompañados de un personaje de leyenda, épico, sobre el cual todos saben y cuentan sus hazañas
Un asesino de sangre fría, de pocas palabras, un danzante de muerte.
Es el último de un linaje ya casi extinto.
Es el último de un reino olvidado.

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