La Broma Asesina y el murciélago en la nevera

Cuando se trata de trocitos de cultura, siempre me parece más emocionante leer sobre lo bueno que sobre lo malo. Me gusta la gente que celebra las cosas que están bien y me transmite su entusiasmo, y siempre he pensado que si mi opinión no va a aportarle nada bueno a nadie más vale guardarla para mí. Sorpresa: resulta que lo primero que ha conseguido sentarme en una silla y concentrarme más de diez minutos en el mismo tema ha sido el recuerdo de mi larga enemistad con Un Gran Cómic de Culto y el enfado que despertado por La Adaptación Animada Que Lo Ha Hecho Todavía Peor.

Pero no voy a saltarme del todo mis principios, porque antes de protestar por La Broma Asesina, la obra que considero gran símbolo y ejemplo de todo lo que está mal con el tratamiento de los personajes femeninos en el mundo del cómic, tengo que hablar de un personaje que me gusta mucho y que se ha convertido en la víctima de esta historia: Barbara Gordon, Batgirl.

Barbara Gordon fue introducida como Batgirl a finales de 1966, en el número 359 de Detective Comics. Aunque el universo DC ya había visto a varias chicas murciélago entrar y salir de la vida de Batman cuando esta andaba falta de romance, Barbara respondía al deseo del editor Julius Schwartz de terminar para siempre con esa línea de mujeres en apuros y poner en su lugar a una chica perfectamente capaz de luchar contra el crimen. Su personalidad se alejaba también de los delirios vengativos y autodestructivos que movían a sus contrapartidas masculinas: la hija del detective Gordon se presentaba como una heroína altruista e independiente que, compatibilizando su actividad superheroica con una brillante carrera profesional en la biblioteca pública de Gotham, se erigió en los años 60 como un símbolo del empoderamiento femenino.

Pero a los años 80 no les cayó bien Barbara Gordon, y Batgirl fue apareciendo cada vez más esporádicamente hasta ser eliminada de la cronología del DCU en otro de los Grandes Clásicos de Batman, Batman: Año Uno. Esta decisión de Frank Miller obligó a la editorial a darle un nuevo origen, y la escritora Barbara Randall le quitó unos cuantos años, le dio unos padres nuevos y algo de entrenamiento en artes marciales y la devolvió brevemente a las andadas antes de ser retirada nuevamente en el one-shot Batgirl Special #1, preparando el terreno para La Broma Asesina.

La decisión de Barbara de colgar la capa vino motivada por las necesidades de la Oh Gran Obra de Alan Moore y Mejor Cómic de Batman de Todos los Tiempos, y nace de una charla muy agradable entre Moore, el editor Len Wein y el entonces director ejecutivo de DC, Dick Giordano. Planteándose paralizarla de forma permanente en una historia que poco o nada tenía que ver con ella, y no estando seguros de si sus dueños también considerarían a Batgirl lo suficientemente prescindible como para permitirles llevar la idea a cabo, Moore y Wein pidieron permiso a Giordano. Haciendo honor a su nombre, éste les dio vía libre para “lisiar a la zorra (no, de verdad, tal cuál) en un abrir y cerrar de ojos. Y voilá Batman: La Broma Asesina, o La Moderna Instrumentalización Del Sufrimiento Femenino.

En la historia, de sobra conocida, el Joker pretende usar a Bárbara para volver loco a su padre y con ello probar a Batman que la locura es relativa, el mundo un circo cruel y sabe Dios qué más. Alan Moore utiliza a Barbara para elevar a su máximo exponente la maldad del Joker mientras invita al lector a plantearse si no serán él y Batman dos caras de la misma moneda. En un inesperado giro de los acontecimientos, el cómic juega con la idea de que tal vez la locura no sea más que la lucidez suprema, la capacidad para ver las cosas tal y como son cuando no nos queda ningún deseo y ninguna expectativa, y el mal aquello en lo que nos convertimos cuando lo perdemos todo. El Joker ve a Batman tal y como es, y Batman ve en el Joker aquello en lo que podría haberse convertido, de forma que la moralidad regulera y las inclinaciones fascistoides de Bruce se ven reflejadas en la cara de un asesino de masas que ha encontrado su equilibrio particular en el caos, el crimen y los discursos expositivos superlargos sobre su propia locura.

En resumen: el Joker degrada, tortura, expone y paraliza a Barbara para probar que cualquiera puede convertirse en un mal tipo si le pasan cosas malas. Moore degrada, tortura, expone y paraliza a una superheroína para probar que el Joker es mal tipo, y a lo mejor Batman también.

Moore es el Joker en esta metáfora

Esa instrumentalización del personaje de Barbara es el primer argumento que todos los defensores de la alta calidad certificada de La Maravilla Primigenia de los Cómics de Murciélagos utilizan para echar por tierra mis quejas sobre La Broma Asesina.

La bilis que me sube por la garganta y el horror que se me marca en la cara forman parte de la reacción natural y esperada, es lo que prueba que el Joker es un gran personaje y un villano Real, y que Alan Moore es un genio. Porque La Broma Asesina no es la historia de Barbara Gordon. La idea es que, como mujeres, deberíamos poder lidiar con personajes masculinos realizando actos despreciables contra nosotras en la ficción siempre que nuestro sufrimiento no sea utilizado de manera gratuita, sino con un propósito lo suficientemente digno. Y en este caso el propósito es ayudarnos a explorar, conocer y reflexionar sobre tres de los personajes más aclamados del mundo del cómic.

Pero lo que hace mal La Broma Asesina no es el hecho de representar violencia contra las mujeres. Aunque rechacemos que se nos asigne ese papel por defecto, las historias de ficción en las que las mujeres son víctimas en un momento dado pueden servir para denunciar nuestro tratamiento en sociedad, para humanizarnos o desarrollarnos como personajes, para presentarnos con complejidad y con matices. El problema de La Broma Asesina es precisamente ese propósito que sus fans me explican y enarbolan para su defensa: desarrollar y problematizar sobre la personalidad de otros. La Broma Asesina no es la historia de Barbara Gordon. La victimización de Barbara Gordon no hace crecer a Barbara Gordon, no nos da información sobre Barbara Gordon, no centra nuestra atención en Barbara Gordon ni sirve para dar textura y voz a Barbara Gordon. Es la historia de tres hombres que reflexionan sobre sí mismos y el conflicto que provoca en ellos la explotación, la tortura y la parálisis permanente de un personaje aterrorizado que cuenta con más de veinte años de recorrido y aquí apenas se nos presenta con entidad propia.

Barbara Gordon se suma a la larga tradición de mujeres sin nombre, o con nombre y poco más, que son maltratadas por la ficción y se pierden a sí mismas en otras historias que sí se consideran dignas de ser contadas. Incontables personajes femeninos nacen y mueren sin otro propósito que justificar las acciones de un hombre, provocar reacciones en ellos e indagar en su personalidad, para pintar retratos de masculinidad interesantes, complejos y diversos. Lo que La Broma Asesina nos demuestra es que ni siquiera Batgirl puede confiarse. Que una superheroína, un personaje con agencia y entidad propia, puede perder su relevancia y el lugar que ha mantenido durante años en un abrir y cerrar de ojos y convertirse en otra mujer en la nevera. La Broma Asesina le roba su voz, su oficio y su traje. Es un cómic de cincuenta páginas que le dedica apenas cuatro y no ofrece ningún tipo de cierre a su trama, que lo último que nos muestra de ella es su rostro contorsionado por el dolor y su cuerpo desnudo y fragmentado.

Cuando leí por primera vez La Broma Asesina, no fui capaz de entender su posición en las listas de ventas y su lugar como cómic de culto dentro y fuera del ámbito de los superhéroes. Antes de intercambiar impresiones con amigos, conocidos y extraños de internet, no se me había ocurrido pararme a analizar la calidad del dibujo y del color, la habilidad de Bolland y Higgins para la narración visual, el análisis personal de Batman. No me enfadó, como a otros detractores y no-fans, la simplicidad de los orígenes del Joker, la rapidez con la que se desprende de sus valores y su esencia, ni la poca consistencia clínica de sus rasgos psicopáticos. No me paré a contextualizar, a valorar la influencia posterior de estas cincuenta páginas en el tono del cómic de superhéroes ni en el rumbo que tomaría la historia del murciélago en los años posteriores. No me planteé las implicaciones del final, ni me hice preguntas sobre la naturaleza del héroe. Cerré el ordenador con las manos temblando y el estómago al revés. Solo fui capaz de ver y de sentir a Barbara Gordon.

Juro que cuando se anunció la adaptación animada de La Broma Asesina no albergaba grandes esperanzas. He aprendido a vivir con el hecho de que esta cosa que aborrezco es una Gran Obra de Culto y el Comic que Marcó el Rumbo de los Superhéroes Oscuros y Profundos, que la lectura centrada en Barbara no es la más común y quizá tampoco la más justa por ignorar todo lo demás, y que al fin y al cabo su tratamiento es un síntoma de un problema que trasciende este cómic y su equipo, además de una decisión de la que Alan Moore dice arrepentirse.

Lo que sí me despertó cierta curiosidad fue lo referente al material extra que contendría la película para ampliar la historia, y la noticia, algo más adelante, de un prólogo protagonizado por Batgirl que prometía un arco más complejo y mayor trasfondo para el personaje. “A lo mejor los Señores de Cómics han escuchado mis plegarias, o han leído todas mis protestas en mayúsculas, o han visto esa crítica tan enfadada de goodreads y van a darme algo que suavice el trago de ver sufrir a Mi Superheroína en nombre del crecimiento personal del Señor Murciélago”, me dije.

Al fin y al cabo, el final de Barbara en La Broma Asesina no es su final, y ya se han encargado otras señoras y señores de arreglarlo. Aunque nunca fuese la intención de Moore, Wein y Giordano, su decisión de paralizarla permitió, en un panorama superheroico con poca diversidad funcional, que otro colectivo maltratado por la ficción se viese representado en Oráculo (nuevo alter-ego de Barbara Gordon, que brilló en Birds of Prey y que, por cierto, debe su existencia a una editora que también se enfadó un montón con el cómic de Moore: Kim Yale). Chuck Dixon y Scott Beaty nos recordaron sus orígenes en Batgirl: Año Uno; el reinicio del título como parte de The New 52 la trajo de vuelta, y aunque lo acontecido en La Broma Asesina quedó fuera de su cronología, Gail Simone la enfrentó de nuevo al Joker en el arco Muerte de la Familia. Yo no estaba preparada, pero Barbara aguantó bien el tipo.

“Quizá si la adaptación de La Broma Asesina le devolviese su papel en la historia, y si se esforzase un poco en darle la importancia que se merece, podría reconciliarme un poquito con esta Oh Gran Obra y perdonar a los 80 por haber cometido un error tan común en tantísimos ámbitos de nuestra cultura.”

Y entonces llegamos al presente, el estreno de la adaptación animada de La Broma Asesina y la revelación de que la adición a la historia, pensada para dar trasfondo y complejidad al arco de Batgirl… es una escena de sexo con Batman en una azotea.

No os preocupéis, el prólogo no consiste solamente en eso. La voz de Barbara es la narradora, Batgirl aparece como superheroína y se enfrenta con Batman en un par de ocasiones, defendiendo su validez y su independencia y criticando la actitud paternalista y egocéntrica de Bruce… hasta que éste le deja claro que no es su igual, que él está por encima de ella, y que cuando le ordena que no vaya detrás de los malos lo hace por su bien. Entonces es cuando ella lo besa y tienen sexo en una azotea.

Barbara entiende que no puede ser Batgirl, porque Bruce se preocupa por ella y le resulta muy difícil concentrarse en ser Batman cuando sabe que está por ahí haciendo lo mismo que él y no puede refrenar el impulso de protegerla. Esta es la decisión que Azzarello, tan convencido que no duda en lanzar insultos sexistas a quien lo pone en duda, justifica como muestra de la agencia recuperada de Barbara: es ella quien considera que su actividad es incompatible con la de Batman y que la de él es más importante, y quien, de manera independiente y autónoma, toma la decisión de retirarse. Así que cuelga la capa, se va a casa, le prepara la merienda a su padre, llaman a la puerta, el Joker dispara y le destroza la columna vertebral paralizándola permanentemente, y las fotos que hace de su cuerpo desnudo y su cara de dolor son lo último que vemos de ella en la película. Esta vez con música.

Y yo que nunca pensé que la frase “La Broma Asesina estaba mejor tal cuál” saldría nunca de mi boca.

Lo curioso es que no es el contenido del prólogo lo que ha despertado a todos mis demonios. Sorprendentemente, ni un villano tirándole los trastos a una superheroína, drogándola, tratando de besarla y contratando a una prostituta a la que viste como ella (sí, todo eso también pasa), ni una superheroína desnudándose encima de un Batman rancio, paternalista y completamente vestido, son imágenes lo suficientemente infrecuentes en el panorama actual como para empujarme a gritar tanto rato a un folio en blanco.

Lo que me dejó dándole vueltas al asunto es la idea que subyace a esa intención, declarada por sus creadores, de amplificar la intensidad dramática del terrible final de Barbara Gordon. Lo que no acababa de tener sentido en mi cabeza era la idea de que alguien pueda leer La Broma Asesina en 2016 y pensar que lo que le falta es aún un poco más de exploración del dolor de un hombre mediante la explotación del cuerpo femenino. ¿Obviarlo? Bueno. ¿Perdonarlo? Vale. Pero no puedo concebir que ese destino de Barbara Gordon y esas imágenes que no soy capaz de sacarme de la cabeza ni de separar del resto de la obra no sean lo suficientemente poderosas en sí mismas y necesiten ser reforzadas. Que esa degradación y ese sufrimiento tan evidente a mis ojos no sea suficiente para despertar la empatía deseada en el espectador, y que no haya otra manera de darle importancia que no sea mostrándola a través de los ojos de Batman. La idea de que convertirla en su objeto de deseo y que nos preste su mirada es la única forma de lograr que nos importe su tragedia.

Supongo que si no puedo entender que se trate con indiferencia la despersonalización de un personaje femenino es porque no puedo evitar identificarme con ella. Porque mientras otros están programados para identificarse con Batman, y pueden permitirse una ficción que juegue con ese tipo de violencia para llegar a extremos de emoción tan intensísima sabiendo que, en el fondo, ellos no están en peligro, yo soy Barbara. Que la amenaza con la que se juega en la obra no es una a la que todos ellos están expuestos día tras día, banalizada y puesta al servicio de un personaje masculino que siempre va a ser considerado más importante y central, por defecto, en cualquier historia.

Pero yo estoy viendo a una superheroína que me ha permitido empoderarme perder toda su agencia en un abrir y cerrar de ojos en una historia que no es la suya. Una mujer cualquiera a la que un hombre convierte en instrumento, a la que un hombre destroza y que, en el esquema general de las cosas, no pasa a la Historia como nada más que una anécdota triste, un personaje secundario al que no merece la pena prestar atención mientras dos hombres están hablando. A lo mejor otros tienen el privilegio de no verse reflejados en Barbara Gordon, de no ser susceptibles de terminar en su posición y, por ello, son capaces de mantener la tercera persona. A lo mejor sus ojos llenos de miedo no son los vuestros. Yo, sin embargo, no soy capaz de quitármelos de encima.

Y aunque toda la teoría narrativa, la crítica cultural y la opinión de conocidos y extraños de internet trate de venderme La Broma Asesina como obra maestra, y me presente argumentos con los que puedo estar o no de acuerdo, no soy capaz de perdonarle a Moore no haber contado la historia de Barbara Gordon. Aun respetando el contexto todo lo que puedo, en mi recuerdo, La Broma Asesina es esto:

Y me vuelve loca la idea de que, leyéndolo hoy, pueda ser otra cosa en el vuestro.