
CRÍTICA: “Rosa Mística”
CALIFICACIÓN: 3/5 | Por Sandro Mairata / CINENSAYO
¿Quién fue Santa Rosa de Lima, la mujer? La pregunta persigue al director peruano Augusto Tamayo desde hace unos treinta años, según cuenta la propia protagonista de Rosa Mística, Fiorella Pennano; todo este tiempo le habría demorado al cineasta darle forma definitiva a su guión. El trabajo final en pantallas es posible gracias a la dupla de Tamayo con la productora Nathalie Hendrickx, su compañera en títulos como El Bien Esquivo, otra cinta de época estrenada en 2001. (Nota: Tamayo y Hendrickx son catedráticos en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima, donde yo también enseño).
En Rosa Mística, Tamayo apuesta por la solvencia actoral frente a los desafíos presupuestales de toda reconstrucción histórica: pesos pesados de la actuación peruana como Alberto Isola, Hernán Romero, Gianfranco Brero, Carlos Tuccio, Miguel Iza, Sofía Rocha, Jorge Chiarella o Bruno Odar garantizan autoridad en pantallas, en una historia que se anuncia como interior, puesto que esta vez no tenemos abundantes escenarios como en El Bien Esquivo, pero sí locaciones elegidas de modo estratégico para ubicarnos en una Lima colonial.
¿Cuán buena es Rosa Mística? Un obstáculo para evaluarla es la ambigüedad de cómo se nos vende la historia. En los tráilers, se habla de “la historia de la mujer detrás de la santa”, dando a entender un registro fidedigno de la vida real de Isabel Flores de Oliva. Esto nos llevaría a emplear un lente acucioso buscando la veracidad al interior de la obra de arte. Sin embargo, al iniciar la película — contradiciendo al trailer — se incluye una extensa advertencia explicando que el filme no es ni un documental ni una reconstrucción meticulosa de la vida de Rosa. Tenemos que entender entonces que Rosa Mística es una interpretación personal de Augusto Tamayo sobre quién pudo haber sido Santa Rosa de Lima en sus años de vida, más no una biografía en toda la regla, como ha explicado el propio director.
Desde este punto de vista, Tamayo acierta al enfocarse en explorar lo que sus lecturas e investigaciones le revelan sobre la joven mujer detrás del mito. La precoz quinceañera que hasta los últimos días de sus 31 años de vida creó controversia con su radical religiosidad en la fervorosa Lima del siglo XVII. Hubo quienes veía en ella a una loca. Otros a una santa (la Iglesia Católica estaba en el segundo grupo y la canonizó en 50 años). En 2018, a siglos de los días de Santa Rosa, estamos en los tiempos de Con Mis Hijos No Te Metas y de un renacido conservadurismo pro-vida en toda Iberoamérica, y hay respuestas que Tamayo deja en manos del espectador, con una entendible cautela.
Pero entonces habría que convocar a analistas modernos para catalogar los estados de trance de la santa o sus obsesiones con el daño corporal autoinflingido. En una de las escenas más reveladoras — sobre la que no se vuelve a hacer hincapié — Rosa bebe la sangre de una enferma terminal fijando su mirada en una imagen que contiene un retrato del Demonio. La mirada desafiante de Pennano/Rosa parece decir “yo tengo a Cristo de mi lado, tú nunca podrás vencer”. Poco después, la santa está enferma y vomita, y su desmejoría física es notoria hasta que la vemos morir. ¿Se insinúa que a causa de beber sangre con una enfermedad no explicada, la santa indujo su propia muerte? ¿O fue la sumatoria de hechos como este y sus controversiales castigos corporales — que preocupaban a su familia y a buena parte de la curia — lo que acabó con su vida?
La idea de un planteamiento alejado o desprovisto del elemento aleccionador, evangelista o casi propagandístico del añejo género de “biografía de santos” es interesante, aunque no siempre desprovisto de riesgos. Luc Besson tropezó de forma estrepitosa en 1999 al filmar a Juana de Arco (Milla Jovovich) como una estridente e insensata fanática para intentar explicar las motivaciones y hazañas de La Doncella de Orleans. Besson pudo haber tenido puntos válidos, pero su terca caricatura de Arco destruyó el argumento.
En el caso de Santa Rosa de Lima, en el rubro pedagógico sobre “vida de santos” destacan la producción española Rosa de Lima (1961), dirigida por José María Elorrieta y protagonizada por María Mahor y Frank Latimore. También se encargó de recoger muchos estereotipos sobre la santa la miniserie televisiva peruana Rosa de América (1989), protagonizada por Emily Kreimer, que también contaba con Hernán Romero en su elenco (quien a su vez también participó en El Bien Esquivo).
Por otro lado, pese a su valiente enfoque humanista, Rosa Mística padece el asedio de desaciertos técnicos y de omisiones demasiado grandes como para dejarse de lado. En múltiples planos que se presentan como fijos, la cámara tiembla; en momentos de diálogo hay ajustes innecesarios en el mismo instante de registro — en otras instancias, parece como si alguien golpeara al lente — que distraen de lo que se está viendo; encuadres imperfectos cortan la cabeza a los actores en diversas secuencias. Varios paneos en horizontal y vertical se hacen con descuido. Las limitaciones de grabar en digital de noche quedan expuestas, sobre todo en las secuencias de la huerta, donde el ruido visual es notorio: el cielo nocturno se llena de pixeleados y de líneas causadas cuando se lleva al límite la sensibilidad de las cámaras empleadas para filmar. Lo que en YouTube o un televisor no molesta, en pantalla grande es flagrante. La iluminación nocturna — de nuevo, en todo lo que concierne a la huerta o la hermita — también parece tomada de conceptos televisivos y le da un acabado desigual a esas secuencias frente a lo que se consigue durante el día. Es una pesadilla legendaria querer representar el color de la sangre en el cine, pero en Rosa Mística además esta tiene diversas texturas. A veces brota a chorros por la frente, a veces parece mermelada, en otras un tinte desgastado. “Rosa Mística” es asimismo un término que denomina a un tipo de devoción específica de la Virgen María, pero parece que no se ha tomado este detalle en cuenta.
Algo más: la división en “capítulos” adolece de falta de consistencia. El espectador debe deducir el significado de cada uno de ellos; el más desconcertante de los títulos empleados es “Una Teoría del Dolor”, que recuerda de inmediato a Atacada: La Teoría del Dolor (2015) de Aldo Miyashiro. Hablar de “teoría del dolor” será un concepto médico válido pero parece que hay una obsesión con lo intrigante y oscuro de la frase que pudiera haberse evitado.
Las biografías coinciden en que desde niña, a Isabel Flores de Oliva ya le decían “Rosa” por su belleza física y una visión de su madre en que su hija se volvía una rosa. El filme descarta las alusiones al nombre “Isabel” y se la presenta como Rosa, una hija quizá con tres hermanos presentes en una cena. La verdadera Isabel Flores de Oliva tenía doce hermanos. La casa de los Flores en Quives se presenta como cercana o a poca distancia de Lima, cuando en estos días aún se requiere pasar buen tiempo en auto para acceder a este pueblo desde la capital, y debería haber sido toda una expedición en aquellos tiempos. La presencia del contemporáneo y quizá amigo de Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres también es minimizada. Y el transcurrir del tiempo de la historia (unos dieciséis años), a no ser por las canas de María de Oliva (Sofía Rocha), madre de Rosa, no se percibe salvo por los hechos puntuales elegidos para contar la historia, que sumados juntos darían unos cinco años .
Pennano es una prodigio de entrega a su rol en gran parte del Rosa Mística, y en especial en algunos momentos clave — la escena en que le vocifera a un viejo enfermo en quien cree ver a Satanás encarnado, por ejemplo, es notable — pero exagera su interpretación cuando sus enormes ojos transmiten una posesión cuyo origen no parece divino (diabólico, sexual o psiquiátrico son términos que vienen a la mente). En otras escenas, el texto que brota de sus labios es plano, sin matices, y queda en un nivel menor al de experimentados pares como Odar e Isola. Pero su actuación sostiene un filme que pudiera haberse desbarrancado en manos de una actriz de menor carácter.
Rosa Mística es un filme imperfecto y personal de Augusto Tamayo, una visión que al salir de su lista de pendientes le garantizará algunas horas más de sueño apacible; siempre es una victoria tachar algo de la lista de pendientes de vida. Provocadora en sus ideas y atrevida en su concepto, la cinta aporta en la construcción de una historia revisada y con menos cuentos de hadas en torno a los personajes que contribuyeron a algo que no tiene forma concluyente, pero que aún porta el título temporal de “identidad peruana”.
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