La persecución de la mosca

Una historia inventada, con situaciones que podrían ser reales

¡Me fastidian las moscas! Hay muchas en Yangaba. Me desesperan.

Estoy comiéndome un mango en el patio de la casa de Kilha, la mujer que me adoptó por unos días para conocer su ciudad. El mago está dulcito, su hija recién acaba de tumbarlos con un palo y me regaló varios.

“Donde hay mango, hay moscas” decía mi mamá.

Yangaba, es caluroso casi todo el año. Para protegerse, los Yangabaianos siempre tienen su típico sombrero de paja. Si el sol penetra mucho tiempo en la piel, salen manchas violetas. No es malo, pero a nadie le gustan.

El barrio de Kilha es Bjih, es humilde, “pintoresco” dirían los más exóticos. Las casas están falta de cariño, asumo que los colores de las paredes alguna vez fueron más vivos. Ahora la casa de Kilha es “amarilla gris claro”, la de Guyhú, el vecino es “azul rey color ceniza oscuro”, y la del abasto de la esquina es “tan rosa como tu colilla de cigarro”.

Pero de la gama de “verdes naturaleza” está completa. Los árboles están más vivos que nunca, las montañas gritan salud y rugidos de animales que deben vivir allí y el lago central de la ciudad está bordeado de plantas de un verde tan fluorescente, que los guías dicen que pueden traspasar hasta el alma.

El pueblo de Yangaba es creyente. Para ellos todo es energía.

Guyhú, el vecino, tiene un capo de girasoles tan grandes que puedes dar una siesta recostada en sus hojas. Pero hay que tener cuidado con las abejas, porque a veces se posan en las hojas y te pueden tumbar. Guyhú, dice que si caes de pie, es porque te vas a casar, si no, es de mal augurio.

Ya voy por el segundo mango. Yo hablándoles de Guyhú, y acaba de asomarse por la ventana de su casa mostrándome los dientes que le quedan y me hace un gesto en forma de saludo. Yo le devuelvo el saludo con la misma mano con la que me como el mango.

Ya espanté todas las moscas que pude, pero hay una que no me deja en paz. ¿Hay un botón para dejar el cuerpo en permanente movimiento espanta moscas?

La hija de Kilha me ve y se ríe en tono cómplice, no conmigo, con la mosca. Como si ella controlara todo.

La llamo, le preguntó qué puedo hacer para que se vaya, ya dejé el mango, ya me lavé las manos, estoy bañada y mi ropa solo tiene 3 días puesta, pero en comparación con las ropas de los natuvos, estoy impecable.

Se ríe, “Ella te eligió”, me dice.

¡Ah! ¿Es que las moscas en Yangaba eligen personas?

Asiente con la cabeza.

Respira -me dice-. Ella te está acompañando en tu aventura, guiándote. ¿Ya te preguntaste qué es lo que tienes que sacudir de tu vida?

Se me hiela el cuerpo. El temblor para sacudir la mosca desaparece. Ya no escucho el zumbido, no escucho a la hija de Kilha, no escucho a las abejas en los girasoles de Guyhú. Dejé de escuchar a las montañas, los mangos y el viento.

Encontré el control para poner en mute mi sentido de la escucha, y encendí el del corazón, para sentarme a ver qué es lo que tengo que sacudir.

Yangaba, Yangaba, Yangaba, así empieza este viaje.