Sweet Tobago

Era el último día para pagar la renta de alquiler de la habitación, pero no tenía tiempo para esperar a que todos se levantaran, así que tomé un billete de US$100, lo empujé por debajo de la puerta del cuarto de los dueños y me fui.

¿A quién se le ocurre? A una adolescente de 18 años, sola y con la certeza de la vida a flor de piel

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Estábamos paseano por el Downtown de Port of Spain en Trinidad, cuando pasamos frente a puerto, sin saber por qué, decidimos entrar y a ver algunos precios para ir en ferry hasta Tobago. Después de 7 años no recuerdo bien el costo, pero sí nuestra expresión de asombro quizás por lo caro, quizás por lo barato.

De cualquier modo, al siguiente día embarcamos.

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Lloré.

Mi papá dice que “La felicidad viene en pequeñas dosis”, si esta fue la dosis de felicidad que la vida me dio, tengo dudas. A veces pienso que tomé la dosis errada y abusé de la fortuna que me dió la vida aquel día.

Rentamos un auto para darle la vuelta a completa a Tobago y nos fuimos. “No hay viaje si no pasas roncha”, dirían en mi pueblo. La roncha, es el evento desafortunado, la piedrita que rompe el vidrio, la pierna mal hubicada que te hace tropezar, el cable de la computadora atravesado a mitad de la sala, el infortunio típico de algunos momentos del viaje.

En Trinidad y Tobago los autos son como en inglaterra, el puesto entre el copiloto y piloto están invertidos, por ende, las vías están hechas en ese sentido. Mi amigo no estaba acostumbrado, yo tampoco, Pum! chocamos.

¿Y ahora?

Perdimos más de medio día tratando de arreglar todo para que la empresa no se diera cuenta de lo que había pasado. Corrimos de acá para allá, hablando inglés, pensando en español, sudando lagota gorda en idioma universal y gastando un dinero que teníamos reservado para el placer.

Y llegó. El placer llegó cuando íbamos rodando por las venas artificiales de las montañas y vimos el Mar Caribe a sus pies. Sereno, infinito, poderoso, transparente, compartiendo su color azul turquesa, su virginidad, su magia, su olor a salitre.

Recuerdo que estábamos hablando a todo gañote, riendo, escuchando música a todo volumen, bebiendo cerveza y creyéndonos los dueños, hasta que el show del trópico subió el telón y nos presentó aquel paisaje.

Silencio. Estábamos percibiendo la unión de 3 elementos de la naturaleza, mar, tierra y aire. El corazón latía fuerte, con ganas, con la certeza de que había algo que estaba reconociendo, que amaba y que, probablemente, no vería más por un largo tiempo. Corazones pintándose de azul Caribe, corazones latiendo de amor, y Tobago introduciéndonos en nuestras vidas, para siempre.

Las lágrimas salieron, las palabras se hundieron en ellas y solo quedó espacio para la admiración.

Tobago, definitivamente, hay que llorarlo.

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