Ojeras de coger.
Despertarme después de dormir un par de horas e irme. Tal vez un taxi o un bondi más tarde. El pelo mojado, el maquillaje corrido. Corregido al máximo a fuerza de fregar. No existe la crema desmaquillante en el hogar transitorio de la noche.
Despertarme después de llegar. Sacarme la ropa con ese olor particular, mezcla de pucho, transpiración, encierro, alcohol, faso. Decidir que no es necesario un segundo paso por la ducha. Desvestirme, si por segunda vez. Ahora con recuerdos en el cuerpo. Me siento laxa. Expandida. Sólo me contuvo la piel. Acostarme. Todo es un segundo intento.
Despertarme quizás por hambre. Quizás por sed. Dar una vuelta más. Tratar de adivinar la hora en un sábado de invierno que, nublado, me engaña. Podría ser muy temprano. Podría ser muy tarde. No importa.
Agarro el celular. 15:34. Voy a llegar tarde. Otra vez no importa. Porque la nostalgia que me domina y me somete, me pide que traiga de la noche un poco más. Los músculos un poco doloridos. Me sonrío. Puedo recordar cada momento. Cada parte del cuerpo que usé para gozar(te).
Por fin me levanto.
Agarro una crema, algodón y voy al baño. Me pregunto cómo hice para andar así en la calle. Me lavo la cara con agua y luego empiezo a pasar el algodón embebido en crema por mi cara. Se van los restos de la máscara de la noche. Ya casi no quedaba nada.
De a poco me descubro la cara, la investigo. Me duele un poco también. Vuelvo a sonreír. Porque sé cómo provoqué ese dolor (y ese placer). La piel me brilla, las mejillas coloradas, los labios rojos aún estando libres de cualquier color artificial. Y entre tanto fulgor, entre tanto rastro de vida, de memoria, en el espejo encuentro debajo de mis ojos unas sombras pronunciadas. Como si para disfrutar la vida fuera necesario matar un poco esa porción de mi. “Vaciar aquello que sostiene la mirada”, pienso, como buscando un sentido oculto en la literalidad de mi estado. Como si descifrando esa porción moribunda de mi carne pudiera encontrar alguna respuesta a preguntas que sólo mi cuerpo conoce.
Se mezcla en esa parte de mi cara el color violáceo del deseo y el negro de la máscara de pestañas que pareciera que más que a prueba de agua, es a prueba de años. No deja de asombrarme como esas ojeras, sólo esas son las que me delatan haber pasado la noche en tu cama. En tus brazos. En tu cuerpo y en el mío. En las bocas, la cintura, las tetas y las manos y las piernas y mi pelo y otra vez tus manos y otra vez mi boca.
“Mi cuerpo está fuera de servicio. En otro planeta. En otra galaxia por tiempo indeterminado”, resuelvo. Basta de pensar.
Y así consumida por buscar en cada rincón del tiempo escribir con agua de placer, me miro al espejo.
Otra vez las ojeras de coger.
