07-09-2018
Hace diez años que empecé la Universidad.
Estaba pensando si algo había cambiado en mí desde aquel momento. Me veo más vieja, quizá sé alguna cosa más… Pero en general me siento casi tan perdida como hace diez años.
Pensé en 2008. Estuve trabajando en verano para una agencia que manda adolescentes al extranjero para aprender inglés. Los horarios de llegadas y salidas de vuelos y trenes eran una mierda y yo dormía poco, mal y a horas intempestivas.
El día de antes de hacer la matrícula tuve que despertarme a las tres para estar en algún sitio. No era Septiembre en realidad, creo que era Julio, pero a efectos prácticos qué más da. Dormí vestida, me desperté con un zumbido en la cabeza por la falta de sueño acumulada y me fuí tal cual me levanté a la Universidad.
La palidez de mi cara y unas amplias ojeras quedaron para siempre retratadas en la foto del carnet universitario. Ese día tenía los labios del mismo color que el resto de la cara y hasta salía mejor en la foto del DNI.
Entré en una sala para hacer la matrícula e instantáneamente me cayó mal todo el mundo. Me sentí muy fuera de lugar. Por qué había decidido que ese iba a ser mi sitio si claramente no lo era. Me sentí muy autoconsciente. De mis rastas -una de ellas rubia, del pelo de un amigo-, de mis pantalones comprados en la sección de “chico” con unos parches cosidos, de la camiseta de la camiseta cortada y de manga larga porque estaba destemplada. Todavía tengo esa camiseta. Derecho y Ciencias Políticas. ¿En qué estaba pensando?
Los asientos estaban asignados, así que me senté en primera fila. Yo era la número tres de la promoción y a mi derecha había una chica muy nerviosa de la que sólo recuerdo eso, su nerviosismo. Y su nombre: Rosa. Rosa era la número dos y venía de Albacete.
Me reí por dentro del nerviosismo de la desconocida, nada de eso me parecía tan importante como para ponerse nerviosa. ¿Por qué tanto drama si algo salía mal? Sí algo salía mal quizá era una señal de que podías salir corriendo, o el universo diciéndote que puedes irte, que te has equivocado. Supongo que ella estaba nerviosa y yo estaba asustada.
A día de hoy sigo igual. Excepto por las rastas y por -casi toda- la ropa: duermo mal, la gente no me gusta mucho en ciertos ámbitos y no sé qué hago en ningún sitio.
Sé que han cambiado muchas cosas en diez años y que yo misma he cambiado, pero a veces me cuesta mucho encontrar las diferencias. ¿Dónde están los cambios significativos? ¿Qué me ha dado la vida en realidad? Y entonces pienso en Rosa.
Hace diez años entraba en una sala llena de desconocidos preguntándome qué hacía allí, con miedo a que me echasen porque no me correspondía ese sitio y que antes o después lo descubriesen. Hoy entraría tranquila porque estaría Rosa al fondo esperándome, nadie cuestionaría si es o no mi sitio. Ni siquiera yo, por lo menos un ratito.
Así que sí hay algo que no tenía hace diez años, a Rosa. Y si eso es lo único que he conseguido en este tiempo, no sería tiempo desperdiciado. Una vez visto esto mi cabeza sigue sumando cosas. Vale, vale, sí que han cambiado las cosas desde hace diez años, estaba siendo un poco fatalista.