¿Soy una “feminista radical”? : Reflexión acerca del (des)apego a las normas

Fuente: The Huffington Post

Esta expresión, “feminista radical”, no es difícil de encontrar, y sin embargo creo que no existe una definición clara de lo que quiere decir.

No hablo de “radical” en el sentido de qué tan convencida estoy por mis ideales y qué tan grande es mi compromiso por ponerlos en práctica (en ese caso yo creo que soy bastante radical, sí).

Siento que se acusa (sí, porque la mayoría de las veces se usa con una connotación negativa) a ciertas mujeres y personas no-binarias –nunca he visto que lo hagan con hombres– de ser “feministas radicales” cuando incomodan.

Y creo que llegamos a incomodar cuando cuestionamos y/o transgredimos “demasiadas” normas, o incluso sólo unas pocas que tienen demasiada fuerza en nuestra sociedad.

Como la gente se siente incómoda por diferentes cosas, la expresión “feminista radical” puede variar de persona a persona. Hay gente que me va a considerar radical porque estoy a favor de espacios no-mixtos para personas que pertenecen a categorías discriminadas (incluso sí a mí me toca ser excluida, por ejemplo para las personas trans o de color); o porque a veces dejo que la gente me vea con vello en las axilas, en las piernas, y en cualquier otra parte del cuerpo donde no acostumbran ver vello; entre otras razones.

Hay otras personas que consideran que al contrario, soy una feminista “tibia” porque no cuestiono lo suficiente ciertas normas y/o practico ciertas cosas. Estas críticas vienen de personas que están más familiarizadas con las ideologías queer, anti-capitalistas, y/o anarquistas, por ejemplo.

Tengo la impresión que luzco más como una “feminista radical” cuando comparto ciertas opiniones y argumento en contra de algunas discriminaciones y maneras de pensar que mantienen sistemas de dominación. Éstas se apoyan seguido en normas que me parecen infundadas. Por supuesto, estas normas son legítimas a los ojos de la gente que no está de acuerdo conmigo.

Me doy cuenta que no adherir a una norma no depende simplemente de una cuestión de lógica. Cuando debato trato de ser lo más racional posible, pero es muy claro que eso no basta. La gente se sigue oponiendo incluso si no les quedan argumentos para contradecirme. No saben por qué pero no les gusta lo que digo, y entonces buscan una excusa “fácil”, como considerar que exagero, que estoy pidiendo demasiado, que estoy “loca”, que soy una “feminazi”, qué sé yo. Y así, se deshacen de la incomodidad que les causo.

Aclaro que me he sentido igual — no por nada soy “tibia” a los ojos de otras personas. Las ideas anarquistas me incomodan, y me es fácil considerar que es gente “extrema” sin tomarme la molestia de reflexionar/informarme mucho más sobre el tema.

También puedo ser “tibia” como feminista ya que, como dije, a veces dejo que se vea mi vello corporal, pero también uso estrategias para que no sea tanto el caso, a pesar de que preferiría no usarlas en lo absoluto. Aún quedo sorprendida con las mujeres que se dejan ver con mucho vello en las axilas y/o en las piernas. Racionalmente, me parece totalmente lógico (¿por qué las mujeres no deberíamos dejar que se nos vea, cuando los hombres no tienen el menor problema con su propio vello?). Entonces ¿por qué yo no me atrevo a romper con esa norma a ese punto? ¿por qué siento una mezcla de admiración, de miedo e incomodidad cuando veo a gente que sí lo hace?

Sin duda influenciada por el trabajo de Brené Brown, me queda particularmente claro que apegarse o no a las normas no tiene que ver simplemente con si nos parecen lógicas o no, porque tienen en realidad un lazo más o menos profundo con nuestra percepción de nosotrxs mismxs y nuestro self-worth.

Me explico: como seres sociales, hemos sido sujetos a tantos años de “condicionamiento” como tenemos años de vida. Desde que nacimos, hemos recibido mensajes de todos lados (personas de nuestro entorno, publicidades, series de TV, radio, música, libros, la escuela, el gobierno…) acerca de cómo deben o no ser las cosas. Sobre lo que es bien visto y lo que es mal visto. Sobre lo que nos hace ser una “buena” o “mala” persona. Lo que nos debería dar vergüenza, y lo que no. Lo que hace que merezcamos amor, y lo que no. Todo esto son normas. No necesariamente tienen que tener sentido, nada más basta con que parezcan tenerlo, y que nos las repitan lo suficiente (como un lavado de cerebro) para que nos apeguemos a ellas con lo más profundo de nuestro ser.

Como seres humanos, necesitamos amor, especialmente amor-propio, pero ése es tan difícil de construir que nos recargamos muchísimo sobre aquél que nos dan las demás personas. Entonces actuamos de manera a conseguirlo y no perderlo; seguido, esto se hace a través nuestro apego a las normas. Romper con ellas, significa entonces exponerse a que ya no nos quieran, que no nos aprecien por quienes somos realmente. Y la idea da comprensiblemente miedo, porque no sólo están nuestras emociones y self-worth en juego, sino también, en ciertos casos, recursos que pueden cambiar nuestra vida. Por ejemplo, muchxs jóvenes no revelan todas las dimensiones de su persona a sus madres/padres/tutorxs legales por miedo a que lxs corran de donde viven. Mucha gente que trabaja también se siente obligada a entrar a casillas bien particulares para conseguir o conservar su empleo.

Y el amor-propio que tenemos seguido se construye también según las normas. Pensamos: “si soy inteligente, guapx, amable, chistosx, etc., soy una buena persona, que merece amor, y mientras cumpla con esas condiciones, yo mismx me daré amor y estaré tranquilx con quien soy”. Cuando sentimos que no tenemos alguna de esas características que valorizamos, es cuando nos sentimos insegurxs y generalmente mal.

Creo que las personas que refuerzan particularmente ciertas normas y castigan sus transgresiones (vía burlas, comentarios despectivos, miradas, exclusión social, etc.) es porque dependen mucho de dichas normas en su apreciación de sí mismas. Pienso, por ejemplo, en las mujeres que critican mucho a otras porque no se depilan/no son delgadas/se visten “mal”, etc. O sea, que tienen una apariencia que se aleja del “ideal de belleza”. Estas mujeres son particularmente críticas de los movimientos body-positive que justamente buscan luchar contra tales normas de belleza.
Esto a mí me costaba mucho entenderlo: ¿no sería benéfico para todas que dejáramos de tener tales estándares? ¿Que ya no tengamos que pasar tanto tiempo, dinero y energía para sentirnos cómodas con nuestra apariencia física ante el mundo?
Me parece lógico que las personas que luchan por mantener las cosas como están, es porque benefician de estas normas. ¿Cómo? En este ejemplo yo creo que son mujeres para quienes su “buena apariencia” es un pilar de su auto-estima; y gracias a que son conformes al ideal de belleza, su auto-estima es relativamente buena. Si la gente llega y les dice que su ideal de belleza no vale nada, es muy desestabilizante: si el hecho de que son “guapas” no importa, ¿qué otros argumentos tienen para sentir que merecen amor? No creo que este razonamiento sea explícito para ellas, pero para mí explicaría que prefieren que todo el mundo se adapte al estándar que les acomoda, y mientras más luchen con fuerza por esto, es porque mayor es el miedo por perder este pilar.

Apegarse o no a las normas depende entonces, en parte, de qué tanto afecta nuestra auto-percepción y la creencia que merecemos amor.

Si regreso a mi ejemplo personal sobre la depilación, tengo esta memoria muy clara de mi familia discutiendo, mientras comíamos, de una maestra de mi escuela que usaba siempre camisas sin manga y que tenía vello en las axilas muy largo. Burlas, comentarios despectivos y “fuchi”s eran la esencia de lo que se decía sobre el tema. Todo el tiempo que viví con mi familia la idea de dejarme el vello en las axilas no me cruzó una sola vez la cabeza. Al contrario, esperaba con ansias reunir suficiente dinero para depilármelas permanentemente. Mi madre fue quien me dio la idea y me lo quería ofrecer como regalo. Y no era sólo mi familia quien me hacía creer que era importante apegarme a esa norma, en México recibía mensajes a diestra y siniestra que iban en el mismo sentido. En ciertas ocasiones llegué a contribuir a esta norma, cuando por ejemplo una amiga me señaló a una chava que tenía unos milímetros de vello en las axilas, la criticó diciendo que “ni estaba bien depilada”, y yo asentí con la cabeza. O cuando reía en la mesa con mi familia que se burlaba de la maestra.
Creo que mudarme relativamente sola a Francia, donde vivo con mucho menor exposición a la publicidad, a la tele, y a ese pensamiento “mainstream” que se taladraba en mi cabeza todos los días, me dio el espacio suficiente para cuestionar normas como ésa. Eso, y mi exposición progresiva a ideas que precisamente se oponen a ella.
Hoy por hoy me atrevo más a romper con esa norma, pero me requiere mucha seguridad en mí misma, y no es fácil de conseguir tras tanta construcción en mi cabeza de que “se ve mal no estar depilada”. Entonces no lo hago “por completo”. Pero aliento a que se cuestione esta norma y admiro a quienes lo hacen.


En resumen, considero que hace falta que se eduque a la gente a amar y amarse lo más incondicionalmente posible. Siento que la falta de amor-propio es un obstáculo mayor a la lucha contra las normas que mantienen esta sociedad desigualitaria e injusta. Si nuestro self-worth no está en juego cuando nos critican un comportamiento o una forma de pensar, estamos más dispuestxs a escuchar, reflexionar y eventualmente evolucionar. Cuando dejamos de sentirnos amenazadxs por la gente que rompe las normas y nos hace sentir incómodxs, podemos dejar de considerar que es “radical”/ “extrema” como excusa fácil para no escucharla.

Sofía Jiménez Poiré

Written by

Socióloga especialista en discriminación hacia mujeres y personas LGBT+. Feminismo interseccional, activismo, defensa de derechos humanos. CDMX