Árbol de Fuego
Hace tiempo te conté otro sueño, uno recurrente. En el
sueño veía una rocosa montaña con un árbol en su cima. De lejos, el árbol parecía encorvado, delgado y castigado por el viento, su hábitat lo hacía inalcanzable, solitario. Durante muchas noches trate sin exito llegar hasta él. Al fallar, solo lo observaba, contemplando su fisica casi imposible. Eventualmente el sueño paro de regresar.
Hace poco hablamos sobre el océano, de cómo simbolicamente alude al subconsciente, a la densidad de todo aquello que queda debajo del umbral de la consciencia, todo lo obscuro.
Esta idea se quedó colgada y por varias noches antes de dormir la revivía, jugaba con ella antes de cerrar los ojos. Una de estas noches el sueño del árbol volvió. Al principio no lo parecía, pero no era el mismo sueño, comenzaba igual,
caminaba hacia la montaña rocosa, no lo recordaba pero yabhabía estado aquí. Camine como si fuera la primera vez, esta vez observe alrededor y vi como los límites de la inestable montaña los llenaba un vacío obscuro, profundo, casí
azulado. Ese vacío no se sentía como ausencia, y al tocarlo se cristianizó en lo contrario, era materia. El vacío era un líquido espeso y tibio que cubría no solamente el desfiladero de la montaña, sino todo lo que estaba dentro del sueño.
Me deboró la sensación de que yo estaba flotando dentro de este líquido, el vacío me sostenía y no yo a él, cómo habría pensado hacia un instante.
Sostenida por este líquido nadé hacia la cima de la montaña, flotaba por encima de las rocas, sentí como el viento era en realidad la corriente del fondo de este denso océano. Nadando llegue hasta el árbol hasta que lo tuve al alcance de mis dedos. Jamás lo había visto de cerca, sus flores eran lilas y sus ramas delgadas y fuertes.
Hoy no recuerdo haber tocado el árbol, desperté mientras lo contemplaba, mis ojos se aferraban de su figura.
Sabes bien cómo es aferrarte a un sueño, querer pertenecer dentro solo un poco más, lo suficiente para grabarlo en un lugar de la memoria donde sea más accesible. Un memento a dónde puedas regresar.
Ese martes desperté dibujando. El árbol delgado de flores extrañas y lilas, se llama Paulowina Tomentosa, árbol Kiri o 慈禧树. Este último significa árbol de la emperatriz, es tradición en algunas regiones del sureste de China plantar una paulowina cuando nace una niña de fuego. El vínculo entre humanos y árboles se construye lentamente, se cree que la niña y la paulowina crecen juntas unidas por un vínculo cósmico, donde la energía fluye entre ambas como si fueran una. Y la sabiduría y fuerza de la paulowina le traerá buena fortuna a la niña. Lo malo de esta tradición, es que la buena fortuna era normalmente traducida en un buen matrimonio, a la paulowina la cortan el día que la niña se casa…entonces el vínculo se rompe y la madera de la paulowina se convierte en muebles para la casa.
Otra leyenda china dice que un ave fénix solo se posará sobre una fuerte Paulowina Tomentosa. La paulowina puede sobrevivir incendios e incluso se puede regenerar hasta 5 veces después de ser quemado si sus raíces están
vírgenes, es por eso que un fénix solo se posaría en la más alta y fuerte paulowina.
No te escribo más sobre lo que pensé después de encontrar todo esto, sentí que me conocí un poco más y que hay algo dentro de mí que definitivamente no conozco en su totalidad. Ese algo encriptado en el subconsciente manda pequeños enigmas, que a su vez talvez son mapas. Algo que ya olvide y necesito recordarme.
Hace años que el ave fénix me sigue. A veces pienso-siento que no me gusta tener ese vínculo. Dentro de mi alma el ave me hace arder, me consume con mi propio fuego. Luego de la purga, debes parirte de las cenizas. Y así una y otra vez: Ave, fuego, ceniza.
De los sueños no espero significados claros, ni datos, ni “verdades”. Revivir un sueño antigüo que no entendia, y ahora sentir como se despliegan sus capas ocultas. Llegar a donde no esperaba llegar se siente como un regalo. Una ofrenda que me invita a arder sin miedo. Entonces, mientras me quemo, pongo las intenciones a que el ave me traiga buena fortuna. Como a una niña su paulowina tomentosa.
