La casa al final de la calle

Sofía España
Sep 4, 2018 · 2 min read

Me presentaría ante ustedes como el gran héroe de esta historia, pero este no es el caso, al menos no esta vez.

Todo empezó 20 años atrás, cuando su servidor llegó al poblado, donde todo parecía ser normal y monótono.

Me mudé a una humilde casa en las afueras, llena de árboles, cubierta de moho, olor a madera vieja y secretos.

Se murmuraba en las esquinas que nadie sobrevivía a esa casa, sin embargo, yo no tenía más remedio que residir en sus aposentos.

La primera noche me sobrellevaba el miedo y la angustia, más que todo por el hecho de estar solo que por los estúpidos y extraños cuentos. Pero como dije anteriormente, la primera noche la sobrellevé.

Al día siguiente empecé a desempacar, traía un par de cosas, solo lo que podía cargar en mi espalda.

Nadie me había visto llegar, y esa era mi única meta, no ser descubierto.

Pasaron los días y el hambre empezaba a apoderarse de mi cuerpo como un maleficio y me comí todo lo que encontraba a mi alcance, desde la fruta más hermosa del jardín, hasta la alimaña más repudiada.

Todo era sumamente extraño para mí, después de todo era mi primera vez probando los manjares de la venganza.

La putrefacción era inaguantable, y el cuerpo moribundo que yacía en mi maleta pedía a gritos que me deshiciera de él ¿pero cómo alejarme de mi fiel compañero de viajes? Después de todo no era solo un cadáver más.

Era mi gran trofeo, lo que me pondría en las primeras planas de todos los diarios esa misma semana. Pero, sin saberlo en ese momento, también era mi perdición.

Ya que el que duerme entre muertos se convierte en uno, y eso lo descubrí aquella noche, y vaya noche.

La policía tocó a mi puerta a eso de las diez, cuando el negro de la noche había silenciado todo el pueblo. Supuestamente, llamadas de los vecinos, los alertaron de un sospechoso hedor, que no dejaba a nadie descansar.

Yo los dejé pasar a mi morada, sin embargo, los tuve que asesinar, era la segunda vez que incurría en esto para salvar mi vida, ¡y lo volvería a hacer!

Alisté los nuevos cadáveres en mi coche, y me volví a esconder, pasaban los días y el manejar me tenía perdido. Ya no llevaba la constancia del tiempo.

Escuchaba voces hablándome al oído, susurrándome cosas, deseándome el mal.

¿Era acaso yo malo por mi sed de matar?

Seguí manejando sin atreverme a parpadear, hasta que a un lago fuimos todos a parar.

Y así fue como 20 años atrás, su fiel servidor fue encontrado muerto con un automóvil repleto de esqueletos, y mil frascos de antipsicóticos abiertos.

    Sofía España

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    ¡Me comí la vida a mordiscos!