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Me encanta viajar en colectivo. Siento que es un tiempo para mí sola, donde no pienso, ni escucho música, si no que miro todo. Miro como la gente sube al colectivo enojada, o feliz por un Whatsapp que le llegó. Miro a la gente saliendo de sus casas, cerrando o abriendo negocios. Gente caminando sola, gente que se ríe sola, miro a la gente que está comiendo en los restaurantes o tomando café en algún bar de alguna esquina. Miro como las hojas caen de los árboles y dejan las veredas pintadas de amarillo. Pero hoy no pude. Hoy no disfruté de mi viaje.
Tenía la cabeza en mil cosas, qué decisiones tomar en mi vida, qué quiero hacer cuando termine el colegio y mil cosas más. Entonces enojada y preocupada bajo del colectivo y veo a un nene de aproximadamente cinco años intentado chocarle la mano a las personas. Un hombre lo miró raro y la abuela le decía que baje la mano. El nene no se rindió y empezó a caminar para mi lado con el brazo estirado y la mano abierta de par en par.
Y fue un impulso, lo sé, pero mi mano salió del bolsillo y le chocó los cinco al nene. Obviamente que este siguió su camino, pero yo seguí caminando mis dos cuadras con una sonrisa en la cara.
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