Las preguntas correctas

Nos pasamos gran parte de la vida buscando respuestas, aunque tal vez no suficiente tiempo enfocados en qué preguntas hacernos.

Las preguntas son disparadores y apuntan en distintas direcciones. Con el qué, el cómo, cuándo y dónde nos cuestionamos lo que sea, la dirección cambia y el rango de posibilidades se expande, o no.

La mayoría recordará “El Principito”. Saint-Exupéry habla sobre los adultos como personas aburridas que siempre se preocupan por las mismas preguntas, cuantitativas y superficiales:
 
 “Las personas grandes aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: “¿Cómo es el timbre de su voz?, ¿Cuáles son los juegos que prefiere?, ¿Colecciona mariposas?”. En cambio os preguntan: “¿Qué edad tiene?, ¿Cuántos hermanos tiene?, ¿Cuánto pesa?, ¿Cuánto gana su padre?”; solo entonces creen conocerle.

A la hora de conocer a una persona, ayudar a una persona a conocerse, o descubrirse a uno mismo, las preguntas funcionan cuando tocan los nervios correctos. No todas inspiran a abrir el corazón, a contar historias, a hablar con honestidad sobre lo que buscamos o tememos. No todas las preguntas son las preguntas correctas.

Hay una tácita convención social sobre qué preguntas debemos responder en cada etapa de nuestras vidas: Qué nos gusta, qué carrera seguir en la universidad, qué queremos ser cuando grandes, a qué edad pensamos sentar cabeza, cuántos hijos pensamos tener. Estamos acostumbrados a ellas, las tenemos interiorizadas, y es por eso que encasillan nuestras opciones sin que nos demos cuenta. Una tras otra, marcan un camino. Respondemos las mismas preguntas, eligiendo entre el mismo rango de respuestas, y así vamos todos en la misma dirección, sin enriquecer nuestras posibilidades. Esas, las mismas preguntas de siempre, nos alejan de los demás caminos posibles a fuerza de inercia.

Escapan también a una búsqueda profunda y real de razones para hacer lo que hacemos y tomar las decisiones que tomamos. Me ha pasado de quedar helada cuando me preguntan qué me gusta, qué quiero ser, a qué quiero dedicarme durante el resto de mi vida. En su momento me torturaba el “qué carrera vas a seguir”. No es raro dar respuestas torpes, inconclusas, poco sólidas. Lo estático de esas preguntas asusta. Buscamos a toda velocidad llenar los espacios en blanco para eliminar la incertidumbre, más allá de si realmente nos sentimos identificados con lo que elegimos.

Vamos con un ejemplo: Cal Newport, en su libro “So good they can’t ignore you”, refuta la que llama la “hipótesis de la pasión”. Esta popular hipótesis, típico consejo dado a quien está tratando de decidir hacia dónde orientar su carrera profesional, nos dice que la clave para ser laboralmente felices es encontrar primero eso que nos apasiona y luego buscar un trabajo acorde a nuestra pasión. Pero la pasión no preexiste al conocimiento y la experiencia, aparece luego de cierta trayectoria, cuando somos muy buenos en lo que hacemos. Y aun así la buscamos antes, para en base a ella tomar varias de las decisiones más importantes de nuestra vida.

El panorama cambió para mi cuando salí a explorar y pedir ayuda a personas con historias distintas, que se hicieron preguntas más profundas, a veces dolorosas pero mucho más despiertas, y tuvieron respuestas que los llevaron a andar por caminos alternativos. Lo que me dieron fue, justamente, no limitarse a conocerme a través del cuestionario típico. Me dieron una lista de preguntas bastante distinta.

En qué se va mi tiempo, a quiénes admiro, qué libros leo y qué películas me gustan; qué me distrae cuando estoy ocupada. Me preguntaron qué tengo para ofrecerle al mundo, cómo ayudo a otras personas y qué problemas quiero resolver; cuáles me quitan el sueño. Me preguntaron cuál es mi historia, a qué aspiro, de dónde vienen mis motivaciones, qué caminos podría seguir para llegar a donde imagino, si tengo un plan que me guíe para dar los primeros pasos. En qué soy buena y qué necesito aprender, cuál es la forma más efectiva, y quiénes pueden ayudarme a lograrlo.

Me encontré con conversaciones que nunca había tenido, y tal vez jamás tendría, conmigo misma. Re-descubrí facetas propias, volví a adoptar unos cuantos sueños y con ayuda los fui convirtiendo en objetivos. Las respuestas que daba, se empezaron a parecer mucho más a mí.

El proceso propio de aprendizaje se acelera a montones cuando colabora con el de alguien más. El efecto es sinérgico: son preguntas y perspectivas nuevas, ideas que se fusionan, oportunidades que se ven con mayor claridad. Salir a buscarlo es ir más allá de lo conocido, un poco más allá de nuestra zona de confort. Es explorar círculos distintos: invitarle un café a una persona nueva cada semana, ir a lugares nuevos, exponerse al azar, escuchar nuevas historias y contar la nuestra desde distintos ángulos.

La inercia siempre está, pero salir en la búsqueda de una versión propia mucho más auténtica, es un viaje de ida
 
Es un gran paso dejar de buscar las mismas respuestas de siempre. Se sigue por entender que las preguntas correctas están, muchas veces, detrás de otras personas.