El arte del verano en Barcelona

El verano en Cataluña es como una religión. Es como si el mundo se detuviera y al mismo tiempo dejara que todo suceda. El verano se espera con ansias meses antes y es el sueño de cada tarde invernal. Barcelona es el corazón de la región y, como tal, su verano no es como ningún otro. Es una ciudad sostenida por su historia arquitectónica, por el glamour de las calles peatonales y el arte del buen comer y beber. En esas sagradas semanas de vacaciones, los catalanes-catalanes huyen a pueblos vecinos, mientras una manada de extranjeros turistas o guiris llegan a pasear sus pasos por una ciudad ajena.

Cada año, las playas se llenan, el vino corre y las ramblas explotan. Y así, en dos Barcelonas que parecen lugares distintos, los guiris güeros hacen shopping en el casco antiguo y las ramblas, mientras los barrios se visten de festivales hechos en casa.

Rambla de Barcelona

Mi historia con Cataluña se remonta a más de una década. Siempre me fascinó su autodeterminación y esa seguridad que da sentirte único en el mundo. Han sabido aprovechar también la economía alrededor del arte de Gaudí y Picasso, Miró y Tàpies.

Tuve la suerte de hacerme adulta en sus calles y conocer el amor en sus bares y discotecas hasta después de las 7 de la mañana. En aquellos tiempos -de los que data mi adicción al café- leí entre muchos a Schopenhauer y asistí a las clases de Fernández Porta y Victoria Cirlot, comí churros con chocolate para aliviarme la resaca, y tuve la carrera más corta y fallida de la historia de los meseros-camareros. Así pues, entenderán que debía volver.

Tuve esa sensación de encontrarme en la misma Barcelona, pero sentirla distinta. Había muchos, muchos más extranjeros. Dígase inmigrantes saltándose los muros de las vías para no pagar el tren. En mis tiempos, esos privilegios eran exclusivos de los grafiteros amigos de Diana provenientes de Sitges y demás pueblos y suburbios. Ahora el debate siempre intelectual de la ciudad, se concentraba en la bienvenida a los refugiados y el uso de hijab en público (contundente-, sorpresiva- y respectiva-mente un sí y un no rotundo). La afirmación (más que debate) de la independencia cultural, económica y política continúa.

A mis amigos catalanes que dejé de ver hace más de 8 años los encontré en los mismos bares, preocupaciones y hábitos nocturnos. Mientras, en México en el mismo lapso de tiempo, los homólogos se casaron y reprodujeron a velocidades inhóspitas. No sé: podría aludirse a la crisis laboral y de vivienda. O quizá los jóvenes occidentales de hoy no quieren trabajar para los intereses maléficos de la economía corporativa y los gobiernos; o prefieren viajar; o no creen en ritos superfluos como el matrimonio; o creen que la procreación es un acto egoísta y ambientalmente irresponsable; o les asusta el compromiso… o simplemente encontraron el elixir de la eterna juventud y no quieren compartirlo. Quizá el verano de Barcelona es demasiado bueno y toda la vida debería ser igual.

Vivir en una de las ciudades más sobrepobladas del mundo ha arruinado mi radar y ser urbano. Barcelona me pareció pequeña, casi provincial, a comparación de la ciudad inmensa y vibrante de cuando llegué ahí por primera vez -con dos maletas y para quedarme- a los 17 años. Pero eso mismo -una suerte de pueblo cosmopolita- fue lo que una vez más me cautivó.

Las Fiestas de Gracia son el evento del verano catalán. Por lo menos para mí. Cada calle, cada callejón lucían decorados reciclados hechos a mano. Los detalles eran increíbles. Este festival de artesanía urbana no es resultado de un encargo a una compañía o despacho de diseño ecológico. Se trata de innumerables héroes anónimos, vecinos, voluntarios que minuciosamente, cada día, con trabajo de hormiga recolectaron los residuos de sus casas. Organizados por comités durante meses previos se dan a la tarea de convertir cada botella de plástico, cada caja, cada bolsa en medusas, peces, cohetes y barcos de ensueño.

Todo un año de recolección y meses de trabajo seguro valen la pena, al ver a personas de todos los barrios y todos los pueblos reunidos bajo las luces de una calle convertida en acuario. Aún siendo Barcelona una de los destinos favoritos de Europa para pasar el verano, me sorprendió los pocos guiris que se animaron a llegar al final del Paseo de Gracia. Mi antigua compañera de Universidad Myriam Swanson iluminó la noche en una de las plazas de la escena barcelonesa con blues, rhythm’n’blues, rock’n’roll, jazz con todas sus notas ‘aterciopeladas y rabiosas’. En catalán se burló de los guiris y en inglés les advirtió a no romperles el corazón a las barcelonesas. No que ellas requieran ninguna defensa, la verdad.

Myriam en las fiestas de Gracia

Al día siguiente nos volvimos a encontrar a escuchar rumba catalana en un ambiente más familiar. Antes del mediodía, mientras volvía a fluir la cerveza, nos quejamos de la industria del turismo y los cruceros. Y de como los miles de personas transformarán la verdadera esencia de los barrios que colindan Parallel en un escaparate urbano de paso.