Mi vida con Netflix

Desde que empecé a vivir sola a los 18 años nunca he tenido televisión. Incluso en mi familia, el tiempo de televisión era muy ocasional, algún día, unos 30 minutos llegando de la escuela. Desde siempre, cuando en una reunión, el tema de conversación giraba hacia algún programa, mi cerebro automáticamente desconectaba e inauguraba un tema nuevo con el vecino de silla. Cine sí, siempre… pero a la décima vez que mi entonces novio se durmió en una sala, limité mis asistencias al cine a películas totalmente recomendadas, en salas de por si dedicadas al cine de arte. Lo mío, lo mío, siempre fue hundir la nariz en las páginas impresas de un libro de papel.

La primera vez que le entregué todo uno de mis días a Netflix fue en casa de un amigo en Nueva Zelanda. Llevaba más de 3 meses viajando, me había picado una araña venenosa y la verdad es que sólo quería estar en mi casa. Recibí una sugerencia de un amigo por Facebook de hacer lo que haría una tarde cualquiera en mi casa: comer algo familiar y ver Netflix. Eso es lo que hacía él, no yo. Como parte de mi impermanencia, incluso en casa, mis tardes eran todas muy variadas y no veía series. Pero seguí su sabio consejo: me levanté, me preparé unos huevos estrellados (me faltó la salsa para hacerlos rancheros) y prendí la televisión sintonizada a Netflix. Entonces entendí lo que es que el mundo se detenga y sentí ese descanso mental que tiene olvidarse de las cosas en lapsos de hora por hora.

Después de eso, tomar la decisión de inscribirme a Netflix la hice rápido, pero consciente de que mi ritmo de consumo cultural sería otro. Presentía, de hecho que sería seriamente modificado. Pasé de las series más estruendosas a aquellas propuestas por la misma plataforma. Vi en ellas una verdad que había sido oculta por el cine, una posibilidad creativa de ahondar en un tema sin ser demasiado llamativo y socialmente aceptado. Y aún así, vi en los diálogos el poder de las letras, en los close-ups una suerte de naturaleza muerta, en los escenarios todo el detalle del diseño, vi coreografía, poesía y desarrollo de posturas políticas. Un buen día, me sorprendí a mi misma pensando ¿son las series una obra de arte total al estilo alemán de Gesamtkunstwerk? Quizá una explosión de creatividades comerciales que no pudo anticipar Wagner.

Escena de la serie original de Netflix Easy, del episodio que reflexiona sobre el arte y la vida

Ahora no puedo evitar sentir en mi vida los mismos ritmos de una serie independiente de Netflix. Me veo entrando en escenarios cuidadosamente colocados, a tener diálogos curados por años de educación teórica y práctica, a enfocar props de accesorios de uso para la vida. Salir de la casa, caminar por la calle, ir a un concierto y cenar con un amigo. Pero básicamente entrando a lugares a decir cosas, porque como dijo Tyrion Lannister ¿qué han hecho los humanos por generaciones y generaciones si no es ir a lugares a decir cosas? Después de Netflix, paso de escena a escena, sensible a los nudos construidos y a los desenlaces de la serie de episodios de mi vida.