Creo que necesito otra mochila negra

Eso es lo que dices cada vez que te agachas al rincón de tus mochilas negras. Cuando no sabes qué decir y te toca hacer la maleta. Cosa que detestas por encima de tus posibilidades, te agria el carácter y te arruina el día.

La maleta es solo la consecuencia del viaje. El aprovisionamiento. El bikini o la bufanda, la navaja suiza o las gafas de bucear. Todo eso en 55x40x20 o en una mochila tipo peregrino del Camino de Santiago o en una bolsa cutre de rafia como las de IKEA.

Me preguntó por qué detestarás tanto hacer la maleta. Deshacerla no te cuesta nada. Hasta me atrevería a decir que lo disfrutas. Disfrutas del volver pero no del irte. Será que no te quieres ir, que no te gusta. Que prefieres quedarte como estás y mirar por la ventana lo bonito que es el ahí fuera desde el ahí dentro.

Entiendo y comprendo que hacer la maleta no es la tarea favorita del ser humano (salvo de algunas personas con tendencia al TOC). Hace años, en un viaje a Tánger con mi novio de la época, nos pararon en el control de seguridad del aeropuerto. Bueno, lo pararon a él. Fue un Guardia Civil aburrido, con ganas de joder la marrana y sin un ápice de preocupación por nuestro vuelo, al que por supuesto llegábamos bastante justos. Mientras lo cacheaba e interrogaba con sorna sobre la calidad del hachís marroquí, me llamó con la mano para que me acercase a ellos. «Ve haciéndole la maleta a tu novio, guapa» (a lo mejor no me dijo guapa, pero puso cara de llamarme guapa o algo peor). En la maleta de mi novio no había absolutamente nada que no fuese de color negro. La maleta era negra, la bolsa de aseo era negra, las camisetas, los calzoncillos, los calcetines, las sudaderas y todos los pantalones eran n-e-g-r-o-s. Yo, con la bulla de que el vuelo salía en menos de una hora y que aún teníamos que encontrar la puerta de embarque y pasar el control de pasaportes, metí todo engurruñado en la maleta negra de muy mala gana. No con mi novio (un poco sí porque íbamos a perder el vuelo por su culpa) aunque la culpa no era de él, sino del Guardia Civil franquista al que el karma había decidido poner en nuestro destino. Cuando tras una carrerita llegamos a la puerta de embarque y conseguimos ponernos en la cola, él, muy dignamente abrió su maleta negra y recolocó escrupulosamente todas sus prendas negras tal y como estaban inicialmente en su negritud.

Es muy difícil hacer la maleta de los demás.

Y deshacerlas ni te cuento.