
Desgañitarse
Me quiero casar. Siempre he querido casarme. Cuando era pequeña odiaba jugar a ser mamá. Nunca tuve carritos de bebé, no recuerdo haber abrazado a un Nenuco y me aburrían las niñas que se creían las mamás de sus hermanitos pequeños.
Sin embargo, Barbie y Ken siempre se casaban. Luego se separaban y Ken se casaba con otra Barbie, o Barbie se casaba con otro Ken y con un Action Man bien cachas que le robé a mi primo. De pequeña creía más en el poliamor que ahora.
Jamás me imaginé siendo madre. Sí me imaginé casándome. Todavía lo hago. Estas cosas se ven desde pequeña.
Me sorprende que la gente se sorprenda cuando confieso esto abiertamente. Me parecen más arcaicas sus expresiones de asombro que mi arcaico deseo de tener una puta boda. Las reacciones varían desde el “era lo último que esperaba de alguien como tú” hasta el “no sabes lo que dices”, pero lo más curioso es que, a día de hoy, absolutamente nadie, nadie, nadie, nunca, NADIE, me ha preguntado por qué me quiero casar. Por qué es algo importante para mí, qué significado tiene o qué maldito tipo de boda me gustaría tener.
Los y las que hablan de mí refiriéndose a mí como alguien como yo, me sitúan en un escalón del que, al parecer, no tengo derecho a moverme. No es propio de alguien como yo, querer casarse. Claro. Resulta obvio que, alguien como yo, que vive su vida despreocupadamente con una aparente independencia, no quiera casarse. Porque alguien como yo, que ha hecho y deshecho prácticamente lo que ha querido sin dar explicaciones, no es ese tipo de alguien que quiere casarse. Los alguien como yo del mundo; coleccionan vinilos, libros, cuadros, billetes de avión, compran vino caro, viven solos, tienen gatos y hacen buenos regalos a sus sobrinos, pero no se casan.
Hay quienes hacen puenting y hay quienes se casan. Incluso hay gente capaz de hacer las dos cosas. Yo no quiero hacer puenting, a priori no me llama mucho la atención, pero quiero casarme.
Casarse puede o no ser algo definitivo. Puedes casarte una vez y separarte y casarte otra y volverte a separar y volverte a casar o no hacerlo nunca más. Puedes casarte una vez hasta que la muerte en vida os separe y puedes, directamente, decidir no casarte nunca.
Una boda no es un anillo. No es un traje blanco ni rojo. No es un chaqué. No son gemelos, liguero y reloj. No es un festín con menú especial para celíacos. No es un cura ni una mantilla ni testigos ni ramos de flores al aire. Eso se llama negocio y no tiene nada que ver con casarse. Con unirse. Con comprometerse.
¿Hace falta casarse para comprometerse? No.
¿Hace falta una boda para unirse? No.
¿Hace falta hacer puenting par descargar adrenalina? No.
Yo quiero casarme como concepto. Con mi propia acepción de casamiento que, de momento, es solo mía. No voy a casarme conmigo misma, aunque sea una nueva práctica narcisista que esté muy de moda. No voy a casarme porque tenga treinta años, cuarenta o sesenta y seis.
Lo más probable será que no me case. Porque los alguien como yo que se casan dejan de ser alguien como yo. Y por ahí no paso. Ni mijita.
Antes me tiro por un puente.
