
El tiempo regalado
Fragmento Andrea Köhler
En la espera algo duele. En alguna región corporal algo se agarrota, se crea una corriente como la que se filtra entre dos puertas que, en un descuido, dejamos abiertas. La espera genera temperaturas. Esperamos con el corazón tiritando, o ardiendo de deseo. Pero qué sea eso que duele, calienta el ánimo o nos llena de escarcha.
La espera es algo imaginario y concreto a la vez: una visión de algo potencialmente real que se oculta.
Si se trata de la persona amada, la espera es afán que crece hasta volverse anhelo, o incluso delirio. Pues en el amor la espera desencadena una dinámica que penetra hasta lo más profundo de la existencia. Evoca la despedida, una despedida que ya hemos vivido y viviremos.
El que ama no puede permitirse nunca llegar tarde. El anhelo se presenta indefectiblemente. Es hermano del miedo.
¿Estoy enamorado? Sí porque espero. El otro, no espera nunca. A veces quiero jugar a ser el que no espera; intento ocuparme de otras cosas, llegar tarde; pero en ese juego siempre pierdo. Haga lo que haga aunque me encuentre ocioso, llego puntual o demasiado pronto.
El que ama muestra debilidad siendo puntual. Si resulta que el otro también llega tarde, entonces se definen los papeles. El que espera es el que más ama. La ausencia del otro convierte a aquel que espera en condenado a quedarse.
El otro se encuentra en un estado de partida constante, en el estado del viaje; es el que migra, huye, siempre en pos de su determinación; yo, el que ama, soy el sedentario, inmóvil, disponible, expectante, atado a este lugar.
El que espera baraja inconscientemente la posibilidad de ser abandonado.
Esperar es algo a lo que generalmente se nos obliga, pero a veces somos nosotros los que decidimos hacerlo. Casi siempre movidos por determinadas circunstancias, razonamiento u orgullo; la espera que nosotros nos imponemos es siempre el intento de no adaptarnos a nuestro sentido del tiempo.
Asumamos que espero impaciente una señal de la persona que amo; en mi espalda ya vibra el miedo. Pero no puedo admitir que soy tan dependiente, y me digo que en cualquier momento puedo poner fin a la espera.
De esta forma nos estamos plegando al futuro y aceptamos la espera al imaginar una ruptura inevitable. Es como si la ausencia del otro ya se hubiera acomodado en nosotros. Y así entramos en la coreografía de la pérdida.
Luego nos queda la impaciencia. Alguien ha sido poco atenta/o y nos deja en la estacada. ¿Qué media entre la espera y la ira? ¿Qué distancia media entre la ira y la venganza? Enseguida aparece en el teatro del amor el escenario de la propia desesperación. Espera, solo, espera… Pronto ¡esperarás tú también!
Ya estoy imaginando mi futura ausencia.
