
Ensayo sobre la queja
Me quejo. Me quedo
La queja es una agresión contra el otro y contra uno mismo.
Son protestas a bote pronto, en voz alta o por escrito sobre conductas, pensamientos o estilos de vida que, bajo nuestra subjetividad que es solo nuestra y que no existe, no cumplen con los patrones de lo que aceptamos. No pasan la nota de corte de nuestra moralidad autoimpuesta.
Las opiniones no son quejas y las quejas no son opiniones. La línea que las separa es fina. Casi transparente. Puede que siempre que te quejes estés manifestando una opinión, pero cuando opinas, cuando te posicionas a contra corriente de la circunstancia, no necesariamente deberías hacerlo quejándote.
La queja se asume como cotidiana. Como un conducto necesario hasta la consecución de lo buscado o anhelado. Nos hemos aferrado al derecho constitucional de reunión y manifestación convirtiéndolo en un derecho anticonstitucional contra nosotros mismos, donde entendemos anticonstitucional como una sociedad completamente anti (fuera de) de nuestra propia constitución, lo que nos constituye como individuos.
Todos somos anti. Anticapitalistas, antisistemas, antiterroristas, antipartidos, antidemocráticos, antisociales, antipáticos y antiguos. Posicionándonos siempre fuera de algo. Siendo ese algo la vida en si misma.
La queja es la frustración explícitamente verbalizada y tangible. “Quiero estar fuera de esta sociedad con la que no me identifico. Fuera de estas costumbres, de estas políticas, de estas personas, de este sistema sanitario, educativo, laboral o fuera de este país. Fuera de mi cuerpo y de mis propios pensamientos que van en contra de mí o de mis sentimientos hacia los otros. Pero no puedo. No puedo todo lo que querría. O bien porque no soy osado o capaz; o bien porque las otras alternativas tampoco cumplen mis requisitos. Y como no puedo, no soy capaz u osado, entonces me quejo. Me quejo porque quiero estar fuera de y quejarme es lo único que me permite estar fuera de, pasando así a convertirme en anti.”
Me apoltrono en la queja. Me instalo en ella y la deposito en otro sujeto físico cercano o ajeno sin empatía y sin el planteamiento, ni previo ni posterior, de solventarla. “No me gusta mi trabajo y me puedo quejar de que no me gusta mi trabajo, pero no voy a cambiar de trabajo porque no quiero dejar de quejarme de que no me gusta mi trabajo y si cambio mi trabajo por otro trabajo del que no me pueda quejar entonces, ¿de qué me quejaré?” Esto es aplicable a la familia, a la pareja, a los amigos, a uno mismo y a la salud. Entre otras variables.
No queremos soluciones. Solo queremos una montaña de protestas archivadas en cajas de cartón a la espera de que algún pirómano se haga con ellas para deshacernos de ellas. Creemos hallar la solución en la propia queja. Creemos que quejarnos será un periodo transitorio ante la solución divina de nuestra plegaria formulada como queja, pero no es verdad. Amamos la queja. Somos fieles a la queja. Nos liberamos a través de la queja.
El exceso de quejas genera pues exaltación, nerviosismo, ansiedad, depresión y abandono. De la queja, del motivo de la queja y del sujeto en si mismo. Lo cual cumpliría la finalidad última de la queja in extremis de nuestra sociedad anti; poniéndole fin a esta con altas dosis de antidepresivos.
De algo hay que quejarse.
