La vida en rosa

Los reunían a todos en parcelas de agua y tierra. Allí, les obligaban a enseñar sus carnes turgentes, flácidas y peludas que se rozaban entre sí hasta convertirse en una única capa de piel.
Se palpaban manos con hombros, pies con manos, barrigas con cuellos.
Muslos y urea.
La tortura más corta solo duraba una hora. La máxima podía alargarse todo el día.
Luego los condenaban a permanecer en la más soberana horizontalidad donde eran amontonados sobre calurosas telas a rayas. Solo se les permitía girar sobre si mismos de una forma rígida — casi milimétrica — al son de las agujas del reloj, mientras se dejaban azotar lentamente por el fuego sin oponerse.
Algunos conseguían una tregua escapando hacía la verticalidad, en la que permanecían sumergidos en agua con sal hasta que se formaban llagas en las palmas de las manos, los labios cambiaban de color o el temblor de mandíbula cortase la respiración. Los que no eran capaces de llegar hasta aquí, volvían resignados a su sitio. Esta vez con un poco de suerte, quizá bocabajo.
Al final del día regresaban a casa. Se les hacía caminar mojados, embadurnados en ungüentos químicos de color blanco, con rozaduras entre las rodillas, cargados de armatostes, polvo entre los dedos de los pies y la piel monocromáticamente rosa.
El castigo no era inmediato, por suerte. Las manchas marrones de diferentes tamaños iban invadiendo las esquinas de sus epidermis con disimulo. Progresivamente.
En aquel campo de concentración se vivía un exterminio paulatino.
Y a ellos les encantaba.
