Pretextos

Para toda la vida

Mi prima Bele, primordial y Maggie.

En plena pubertad efervescente, la habilidad para tomar decisiones y comunicarlas sin importar el día de la semana o el humor de los demás, es pasmosa.

Llegas a tu casa súper convencido y das la noticia. Las palabras salen de tu boca sin tropezar entre sí, claras y convincentes: ‘Mamá, voy a hacerme un tatuaje’.

Las reacciones varían en función de la madre; yendo del descojone absoluto, a las amenazas varias y al posterior descubrimiento de que todas las madres llevan una gran soprano dentro: ¿QUE TE VAS A HACER QUÉ?

‘Eso es para toda la vida’, nos dicen. ‘¿Y si luego te arrepientes?’. Argumentos que marcan, sin duda, más que la tinta. Y el cuerpo se te queda como una mezcla entre mal rollo, rebeldía, congoja e indecisión.

Con el tiempo y si eres de los que optó por pasar de su madre, te darás cuenta de que llevar una mancha verdosa de un objeto no identificado en tu body, no fue tan buena idea.

Es irónico, cuando menos. Uno no sabe cuanto durará su vida pero teme a que algo le dure hasta el final de sus días.

Igual, si nuestras abuelas las hubiesen advertido al recibir la noticia de sus embarazos de que éramos para toda la vida, muchos tribales en la zona lumbar se habrían podido evitar.

Gracias mamá.