El hockey como herramienta de inclusión social

El hockey es un deporte multicultural, lo juegan desde China hasta Estados Unidos y es uno de los deportes más populares en Holanda y la India. No obstante, tiene una característica social que lo distingue en todos lados, y es que siempre fue considerado un deporte de elite. Hace tres años el hockey llegó a la Villa 31, precisamente un lugar donde las clases acomodadas no abundan. Sin embargo, fue recibido con gran aceptación y hoy, más de 50 chicas disfrutan de jugar con el palo y la bocha.

Las jugadoras no están solas, reciben un apoyo constante de todas las entrenadoras que les dan confianza para jugar

Oriana tiene 13 años, vive en la Villa 31 y le gusta jugar al fútbol. Un día vio que en la cancha multifuncional que está al costado de la autopista Illia estaban practicando hockey, la invitaron a participar y se enganchó. Su mamá Karina, la va a ver todos los sábados a los partidos. Comenta que, junto con los padrinos de Oriana, le compraron unos botines nuevos para que, a pesar de su fanatismo por Boca, vaya a probarse a River para poder seguir creciendo deportivamente. Para Oriana, que le gusta jugar de mediocampista en el equipo, su jugadora preferida es Luciana Aymar. Es seguidora de Las Leonas gracias a su abuelo Saúl, que la levanta a cualquier hora para ver los partidos, “¡tenés que hacer esa jugada, Ori!”, le dice.

El miércoles 12 de agosto, el cielo se derrumbaba, y hacía ya varios días que no paraba de llover. Bajo esa lluvia torrencial, a las 5.30 de la tarde, tres entrenadoras de hockey se juntaban en la estación Retiro Belgrano para emprender la caminata a la Villa 31. Los 15 minutos de viaje al barrio (como le dicen adentro) que hacen las entrenadoras todos los lunes y miércoles, son un collage de personas vestidas de oficina, viajeros acarreando valijas y vendedores ambulantes, rodeados de una pelea implícita por circular de ómnibus, colectivos, bicicletas, motos y camiones con conteiner.

El hockey llegó a la Villa 31 hace aproximadamente 3 años. Mucho tiempo antes, en el 2008, había desembarcado el rugby de la mano de Martín Dotras, médico clínico que brindaba atención médica gratuita a la comunidad. Martín era jugador de rugby y, junto con unos amigos, decidió llevar al barrio la práctica de ese deporte. Para el 2012, más de 50 chicos disfrutaban de jugar al rugby en la villa 31. Dada la gran convocatoria, se decidió armar un proyecto más ambicioso: formar un club exclusivamente de rugby para varones, e incorporar el hockey para las mujeres. De esta manera, a principios de 2013, nació Villa 31 Rugby y Hockey Club.

El miércoles, Oriana había faltado a la escuela porque no se sentía bien. Había estado todo el día con fiebre por un dolor de muela y, además, no paraba de sonarse la nariz. Sin embargo, a las 7 de la tarde se encontraba cambiada y lista, con el palo de hockey en la mano para entrenar. Oriana no era la única. Pese al frío y la lluvia, nueve chicas más se juntaban en la sede techada del club, un galpón frente a la cancha multifuncional, Bichito de luz, para jugar.

El banco de suplentes

Georgina Tortorelli es una de las entrenadoras, y la que comenzó teniendo a cargo el proyecto de hockey en el barrio, allá en 2012. Ser coordinadora en el club es más que simplemente organizar los entrenamientos y buscar los rivales para el partido del sábado. Georgina se ocupa de que cada jugadora se sienta integrada y habla con sus familias para que ellas se involucren acompañando a sus hijas. Cada segundo viernes del mes, se reúne junto a los entrenadores de rugby en asamblea con jugadores y padres para discutir qué cosas pueden hacer para mejorar el club.

El entrenamiento del miércoles fue especial. Ante la lluvia, generalmente la actividad se suspende. Pero el clima había estado inestable desde hace varios días y, pasado un tiempo, era necesario juntarse para no perder el ritmo. A las 6.30, cuando las chicas empezaron a llegar, a Barrilete, una de las entrenadoras, se le ocurrió jugar hockey pista, un spin off del hockey, que se practica en invierno, bajo techo y en una cancha más chica. El galpón, de 25 metros de largo por 15 de ancho, es utilizado los miércoles por chicos que practican taekwondo y boxeo. Sin embargo, generosamente se logró dividir el lugar en dos partes y por un lado entrenaron las chicas, y en el otro sector, los guerreros.

Malena Levy es entrenadora y comenzó a ir al barrio a los 15 años. Ahora, con 17, está en su último año de colegio y le gustaría estudiar derecho el año que viene. Desde chica, ya en el colegio realizaban actividades solidarias, y cuando Georgina le comentó de esta iniciativa, no dudó en sumarse. Malena y las demás entrenadoras llevan los conos y las bochas para armar la rutina de ejercicios. También juntan palos de hockey y canilleras para las chicas. Pero no se los regalan, cada accesorio tiene un módico precio. De esta manera, las chicas aprenden a valorarlo y cuidarlo.

La cancha de cemento multifuncional “Bichito de luz” donde las chicas del barrio juegan sus partidos de local

Los sábados es el día del partido. Cuando juegan de visitante, hay un micro escolar que las lleva a donde les toca jugar, las espera y las vuelve a traer al barrio. Cuando juegan de local, lo hacen en la cancha de cemento Bichito de luz. Después invitan a sus rivales a participar del tercer tiempo en el galpón del club. Cualquier alimento que no sea snack o bebida con gas, es bienvenido. A diferencia de las pizzas y gaseosas que ofrecen en otros lugares, en el club las entrenadoras prefieren que las chicas adopten una dieta saludable ya que, por lo general, en sus casas, las chicas consumen muchas comidas fritas y con harinas que no les hace bien. Georgina intenta incorporar los cereales rellenos de pasas de uva que tanto le gustan, pero todavía no ha tenido mucho éxito entre las chicas.

Belén Bianchi tiene 26 años y es actriz. Su apellido nada tiene que ver ni con Carlos Bianchi ni con la bodega ni con las bicicletas. “Soy de los Bianchis pobres”, dice con humor. Este año empezó a ser entrenadora en el barrio. Al igual que a Malena, fue Georgina la que la enganchó en esta actividad. Barrilete, como le dicen, cuenta que aprende mucho de las chicas del barrio a nivel humano y que al principio le daba intriga saber cómo era la villa. “Te abre la cabeza ir al barrio porque te ayuda a romper con todos los prejuicios. Adentro hay códigos. Para empezar, el barrio es de todos y hay mucho respeto hacia el otro. Yo me siento más segura dentro del barrio que afuera”, dice Barrilete. Comenta que hay muchos chicos que estudian y tienen trabajos dignos y que no sienten salir del barrio como una mejora, “¿a dónde van a ir, si ese es su lugar en el mundo?”, reflexiona. Con respecto al deporte, Belén dice que es importante para relacionarse y registrar al otro, “no estoy sola, soy parte de un grupo y esa es una herramienta importante lograr cualquier cosa”.

El uniforme que usan las chicas para jugar los partidos oficiales es una camiseta azul sin mangas, con una raya gruesa roja en forma de V en la parte de adelante, y el número 31 como escudo a la izquierda. La pollera es azul también, tiene dos rectángulos anchos rojos a los costados y el 31 a la derecha en la parte inferior. Los colores azul y rojo representan los colores de Coronel Suarez, la localidad de donde es oriundo Martín Dotras, el médico clínico que llevó el deporte como manera de inclusión social al barrio.

Mientas que las chicas juegan al hockey, hay una jugadora en particular que llama la atención por la manera de caminar. Candelaria sufre de poliomielitis, la misma enfermedad que le diagnosticaron a Frida Kahlo cuando tenía 6 años. Tiene una pierna más corta y más delgada que la otra. Sin embargo, eso no es excusa para no dejarla jugar, a pesar que las entrenadoras sufren en cada partido por miedo a que le rompan la pierna. Candelaria, que fuera de la cancha parece ser una chica tímida y adentro una defensora que deja todo de sí para pelear cada bocha, cuenta con el apoyo de sus padres y compañeras de equipo. Este acompañamiento es fundamental para que juegue con confianza y no se sienta excluida.

Después del partido, las jugadoras de ambos equipos disfrutan del tercer tiempo

El club, desde que se inició, es apadrinado por Botines Solidarios, una institución sin fines de lucro, formada por el ex jugador de Los Pumas, Ignacio Corleto. Si bien cuenta con esta colaboración, uno de los objetivos que tiene el club a largo plazo es el de poder autogestionarse. Por eso son importantes las asambleas que mensualmente se llevan a cabo por padres, jugadores y entrenadores. En esas reuniones, entre otras cosa, se proponen iniciativas para recaudar dinero. Cada vez que las chicas juegan de local, se intenta organizar una feria de ropa al costado de la cancha para juntar plata. Así mismo, prenden la parrilla y venden hamburguesas y choripanes. En el pasado, juntaron varios premios y organizaron un bingo, y para el mes de septiembre tienen planeado realizar una fiesta. A partir de mayo, el club también empezó a cobrar una cuota de $30 pesos por mes para cubrir gastos como el transporte, terceros tiempos y mantenimiento de la sede del club. Y si la recaudación final es exitosa, siempre existe la posibilidad de realizar alguna gira deportiva.

Todas estas actividades son importantes para construir un espíritu colectivo e integrar y acompañar al crecimiento del club. Hoy, la coordinación de hockey está a cargo de Georgina, pero la idea a futuro es que el club continúe más allá de los nombres. En rugby ya está sucediendo. Lucas Morales recuerda el miedo que tenía cuando lo llamaron por primera vez en el barrio para ir a jugar. Pensaba que lo iban a matar. A pesar de que terminó todo dolorido, desde ese momento no dejó rugby nunca más y hoy es entrenador en el club. Lucas explica que, a través del rugby, muchos chicos aprenden a ser más responsables: “cambian sus conductas, dejan de faltar al colegio y mejoran sus notas.” Si bien, en las divisiones inferiores hay bastante convocatoria, no ocurre lo mismo en las mayores donde cuesta formar un equipo: “En el barrio los procesos se aceleran, con 20 años, hay chicos que tienen que mantener una familia y no tienen tiempo para ir a jugar. Pero es cuestión de poner buena cara al mal tiempo y seguir adelante.”

El club necesita recambio para que el proyecto se mantenga más allá de los entrenadores que hoy son, los motores de Villa 31 Rugby y Hockey Club. Pareciera que en estos casi tres años de recorrido, las bases están sólidas para poder seguir con el crecimiento. Es cuestión de, como dice Lucas, seguir avanzando y que la pasión por el deporte no se pierda jamás.

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