
El año pasado por estas fechas, hubo un lunes que no cogí el autobús para trabajar. Me crucé el puente de Brooklyn, sin banda sonora, y me planté en las Naciones Unidas. Fue un lunes molón.
Me planté allí y tras un control exhaustivo (de dónde es señorita, qué hace aquí señorita) y un bagel con queso Filadelfia me comencé el tour, lleno de historias, de reflexiones, de preguntas y de más reflexiones.
“Esas son las cabinas de los intérpretes”. Me dio un vuelco el estómago. Cuando estudiaba en la Upo algunos fantaseábamos con llegar a interpretar allí. Era una fantasía breve, o al menos en mi caso lo fue. Sin embargo, recordé los veintitrés y lo mal que lo pasé porque no tenía vocación. No es necesario tenerla, pienso a día de hoy, pero sí un lujo, una maravilla. Lo sé por los que narran las que. viven de ellas.
Conformarse no está bien, pero a veces pienso que sí, y ese día me bastó con tener el asfalto de Nueva York, muchas luces, muchos cafés, una libreta y un boli.
