Emigrando al Norte: Canadá y Estados Unidos


Les decía que después de mi fallido intento de emigrar a Sudamérica, caí en la cuenta de que hubo beneficios en la experiencia. Uno fue sin duda el factor económico. Mi esposo regresó tres meses después que nosotros, con una liquidación que nos permitió adquirir nuestra primera casa. Otro beneficio, digamos, fue curricular. Haber trabajado en el extranjero aporta un plus en el currículo que es bien considerado por los empleadores. También ampliamos la visión de nuestro campo de acción, nuestros planes nunca más quedaron limitados al territorio nacional. De alguna manera, la experiencia abrió nuestros horizontes y nos hizo ser conscientes de nuestras fortalezas y debilidades. Aunque regresar fue un anhelo cumplido, después me di cuenta que imperceptiblemente el otro país había dejado huella en mis afectos. A veces me sorprendía extrañando lo que había tenido allá, si bien nunca fue tanto que me empujara a volver. Pero si fue lo suficiente para hacerme dispuesta a repetir el intento… en otro país.

Pero la oportunidad nunca pudo concretarse, sobre todo por la crianza de los hijos. Aunque pude haber vivido algunos años en Europa dado que se me ofrecieron becas para estudios, las condiciones para poder mover a la familia nunca se dieron. Sin embargo, mis continuos viajes a congresos nacionales, que después se convirtieron en internacionales, me permitieron desenvolverme en un ámbito académico globalizado que me mantenía siempre en la posibilidad de emigrar.

Pero sí yo no lo hice, mi experiencia fue decisiva para motivar a mis hijos a que probaran la vida en otro país. Aquí hago un paréntesis reflexivo. A veces escucho a la gente que dice: “Yo ya para qué le busco. Ni modo, aquí me tocó vivir”. Efectivamente, así les tocó… ¿pero también a sus hijos? Los padres siempre queremos lo mejor para nuestros hijos, sólo hay que ver a esas extraordinarias madres que exponen la vida, cruzando países con sus hijos a cuestas, en busca de un futuro mejor para ellos. Es posible que para uno ya no sea posible cruzar el Rubicón, pero se puede servir de puente para que los hijos lo crucen. Claro, siempre hay el riesgo de equivocarse. Muchos migrantes en busca del sueño americano han descubierto que también se pueden encontrar con una pesadilla.

Yo voy a contarles cómo fue impulsar a los hijos a emigrar a dos países aparentemente similares por pertenecer ambos al primer mundo, pero con características muy diferentes en el estilo de vida. Voy a narrarles dos experiencias de migración: una a Canadá y otra a Estados Unidos. ¿Les interesa?